Tradición o fatalidad

La palabra Chiapas arrojó al mundo la imagen de la miseria e injusticia ancestrales. Pero, paradójicamente, los alzados se levantaban en contra del cambio, en defensa de la tradición como fuente inagotable de sabiduría. Dos realidades muy distantes, nada nuevo, cristalizaron.

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Federico Reyes Heroles 31/12/2013 00:00
Tradición o fatalidad

Año Nuevo de 1994, las copas sonaron. Las esperanzas de cierta élite mexicana volaban hacia nuevos horizontes. Llegaba el tramo final de una gestión encaminada al cambio anunciado, a la búsqueda racional de prosperidad. Pero exactamente en esos mismos minutos otros mexicanos se levantaban en armas, revivían una trasnochada versión revolucionaria y declaraban la “guerra” al Estado mexicano. Hubo disparos y muertos. La palabra Chiapas arrojó al mundo la imagen de la miseria e injusticia ancestrales. Pero, paradójicamente, los alzados se levantaban en contra del cambio, en defensa de la tradición como fuente inagotable de sabiduría. Dos realidades muy distantes, nada nuevo, cristalizaron. Pero sobre todo dos perspectivas diametralmente opuestas se confrontaron: el futuro como aceptación de los desafíos enormes, pero también de oportunidades fantásticas, o el pasado, la tradición, el origen como destino. Mismo instante y país, Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), dos cosmovisiones irreconciliables.

El zapatismo sacudió a la nación. No todos miraban esperanzados hacia el norte, hacia la apertura y asociación de beneficio mutuo. Modernizar era (es) impopular. Allí estaba ese otro México, el del sur, recordando agravios muy remotos y también recientes, un México que reclamaba un mejor presente, eso sí, siempre inscrito en los cánones de la tradición. Han pasado 20 años. El referente obligado es la vida misma, el comercio es sólo un instrumento. Con el tan temido TLC un México ingresó a la vorágine de conquistar el mercado más grande del orbe. El otro México, el de la justicia sin cambios, sigue atrapado en la contradicción, allí las raíces de la pobreza han crecido. Pero somos el mismo país. Nadie que quiera dormir tranquilo puede dar vuelta a la hoja.

Tercer socio comercial de EU; más de mil mdd. en exportaciones cotidianas; gran productor de automóviles desplazando a países industrializados; pantallas de última tecnología como punta de lanza; industria aéreoespacial que nunca soñamos. El sector exportador recibe salarios muy por arriba de las industrias no exportadoras. Varias entidades y regiones —sobre todo en el centro y el norte— viven un torbellino de buenas noticias y se encaminan a erradicar la pobreza extrema. Nuevos tratados comerciales están en el horizonte. Decenas de millones de consumidores han mejorado su forma de vida. Ese México es real e innegable.

No todo es viento a favor: el ingreso laboral de los pobres compra cada vez menos. Los precios de la canasta básica galopan y los salarios se comprimen. La productividad no crece, tampoco el ingreso. Hay un núcleo de pobreza extrema que no cede, básicamente en el sur, en las mismas entidades que siempre presentan los peores indicadores socioeconómicos. De regreso a la misma piedra, son aquellas con mayor población indígena. Ese México también es real. El reclamo del EZLN está vigente, la creciente prosperidad no abraza a todos.

Pero hay algo aún más grave, las consecuencias concretas del zapatismo. Un amplio reportaje (La Razón, 18 y 19 del 12, 2013) demuestra cómo, justo en las zonas controladas por el movimiento, la pobreza ha aumentado dolorosamente, la alimentaria en San Andrés Larráinzar creció 12 puntos en 20 años, hoy es 81.3 por ciento. Las típicas divisiones y la endogamia social y política ahogan a las comunidades. Vergonzoso. Allí priva el rechazo a las autoridades de todos los órdenes y de todos los partidos; escuelas vacías y sin planes de estudio; bloqueos a las actividades sanitarias, no a la apertura de caminos, qué decir de comercios o industrias. En pocas palabras, le dan la espalda al Estado mexicano, pero aún peor, le dan la espalda a la terca realidad. Si la decisión es seguir viviendo de la agricultura de subsistencia, su futuro está condenado. Los niños vendiendo llaveros con el rostro de Marcos son una vergüenza. Hay responsables.

Los que migran a las ciudades son traidores, los que se ocupan en algo diferente, también. Pero, ¿a quién traicionan? Buscan salud y prosperidad para sus familias. Nada que fomente la vida puede ser una traición. Cuando las tradiciones se oponen a la vida misma, algo está podrido. La tradición se convirtió en prisión, en fatalidad inhumana. Aceptar las mejores formas para combatir la miseria es la prioridad. En los años setenta el estado de Hidalgo estaba hundido en la marginación, siempre con los peores números: mortalidad infantil y materna, desnutrición, alcoholismo, cortísima esperanza de vida, etcétera. El Valle del Mezquital era símbolo de oprobio. Hoy Hidalgo se sitúa en la parte media en casi todos los indicadores. A diferencia de Chiapas, Hidalgo es pobre en recursos, con población indígena, los ñañus. Pero la intervención del Estado y una actitud realista hacia las inexorables reglas del bienestar lo han transformado. Lo mismo está ocurriendo en Puebla o Veracruz. Hay fórmulas para propiciar la vida que es la primera obligación de todos.

Hoy un México más amplio festejará por un horizonte de prosperidad creciente. Otro seguirá en la prisión del dogma disfrazado de tradición, de la fatalidad como resultado de la demagogia.

                *Escritor

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