Vacíos

El acuerdo de Donald Trump con la empresa Carrier tiene como protagonista central a México y con ello volvimos a ser el objetivo de la retórica más agresiva del republicano.

Para cualquier efecto práctico, Donald Trump ya comenzó a ejercer como Presidente de Estados Unidos, sin aún haber tomado formalmente posesión del cargo.

Vamos, ni siquiera se ha reunido el Colegio Electoral que deberá ratificar al magnate como nuevo inquilino de la Casa Blanca, lo cual previsiblemente ocurrirá, aun cuando hay en curso trámites para el recuento de votos en algunos estados o se estén recolectando firmas para que se revierta el resultado y se entregue el cargo a quien ganó el sufragio popular, es decir, Hillary Clinton.

No estamos atestiguando una transición ordinaria, entendida ésta como el periodo que transcurre entre el día de la elección y la toma de posesión del nuevo gobernante, en el que se da un proceso natural de eclipsamiento de quien se va, mientras toda la atención se concentra en el que llega.

Lo que vimos el martes fue una asunción de facto, sin que hubiera juramento de por medio. Donald Trump viajó a Indianápolis para confirmar el acuerdo que horas antes había revelado la empresa fabricante de aire acondicionado Carrier, para mantener en ese estado un millar de puestos de trabajo que iba a mudar a México.

No recuerdo un acontecimiento similar, en el que un Presidente electo de algún país haya presumido el cumplimiento de una promesa de campaña con varias semanas de antelación al inicio formal de su gobierno. Por lo general, en esta etapa previa sólo suelen conocerse los nombres de quienes formarán parte de la futura administración y se ultiman los detalles para el cambio de estafeta.

Pero con la acción de lograr que una compañía mantenga puestos de trabajo en su país, Trump ya está actuando como quien detenta el poder real, en detrimento del actual mandatario, Barack Obama, cuyo legado parece condenado a desvanecerse con rapidez, conforme se va extinguiendo su gobierno.

Es triste admitirlo, pero duele que una figura como Obama esté pagando muy caro el haber perdido la apuesta contra alguien como Trump, su antítesis en más de un sentido, y quien ni siquiera se dignó a esperar el primer día de su administración para comenzar a desmantelar la obra de su antecesor. El vacío que poco a poco está dejando el demócrata se está llenando rápidamente con acciones como la de Carrier, que sin duda tienen con qué simpatizar a los estadunidenses que no satisficieron sus expectativas económicas en estos ocho años.

Pero la peor noticia es que este primer acto de gobierno virtual de Trump tiene como protagonista central a México (pasando incluso por encima de Cuba, que acaparó la atención global tras la muerte de Fidel Castro). No sólo por el millar de empleos que no se crearán en nuestro país por el acuerdo con Carrier, sino porque volvimos a ser el objetivo de la retórica más agresiva que ha emprendido el republicano.

Y como los simbolismos nunca llegan solos, el discurso en la fábrica de Carrier ocurrió el mismo día en que Agustín Carstens anunció su renuncia al Banco de México para ser el nuevo gerente general del Banco de Pagos Internacionales (BIS, por sus siglas en inglés), con sede en Basilea, Suiza.

La noticia debiera alegrarnos por lo que representa tomando en cuenta el contexto reciente: ahora que el futuro presidente del país más poderoso del mundo basó su campaña en la idea de que México sólo exporta criminales, un mexicano de primerísimo nivel demuestra que tiene la capacidad para dirigir el llamado “banco de los bancos centrales” justo cuando las finanzas internacionales están bajo el acecho de la incertidumbre y volatilidad (y también justo cuando esa volatilidad tiene como causa al propio Trump).

Es claro que esta distinción reconoce no sólo la preparación y conocimiento de Carstens, sino su trabajo en pro de la estabilidad de las finanzas mexicanas. Una experiencia fundamental en esta nueva encomienda para capitanear un organismo clave para la economía mundial en momentos de turbulencia.

Es un orgullo para México un funcionario que, como pocos, inspiró muchísima confianza en la población, tal y como se reflejó el jueves en las redes sociales, en las que se dejó entrever un cierto sentimiento de orfandad. Me atrevo a decir que Carstens es un personaje popular, aun cuando su labor fuera superespecializada y no de fácil comprensión para el ciudadano común. Simplemente, su sola presencia inspiró confianza, y es comprensible la inquietud que genera desde ya una ausencia que se hará efectiva a mediados de 2017.

Hace mucho tiempo no se percibía tanta confianza en el actuar de un servidor público, Carstens logró sembrarla y afianzarla durante sus gestiones en Hacienda y Banco de México, y eso se notó justo cuando anunció su salida.

¿Y ahora quién podrá ayudarnos? ¿Quién defenderá el peso? Y, ese vacío, vaya que sí será difícil de llenar.

                Twitter: @Fabiguarneros

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