Pragmatismo

Son conocidas de sobra las diferencias irreconciliables que históricamente 
han frustrado las coaliciones opositoras 
en el Estado de México.

Los partidos políticos tienen en la mira al Estado de México. La oposición evalúa la probabilidad de integrar una alianza contra el Revolucionario Institucional, cuya eventual derrota constituiría una herida casi fatal con miras a la sucesión presidencial.

Desde ahora, PAN, PRD y Morena se relamen el bigote saboreando por anticipado el triunfo en 2018 para llegar

a Los Pinos. Las encuestas que ya se han estado publicando ponen a los posibles aspirantes de estos partidos a la cabeza de la carrera o con un buen nivel competitivo, ya sea individualmente o en diversas combinaciones

de alianzas.

Para concretar este sueño, el año que entra falta librar la aduana de la gubernatura mexiquense, que el tricolor ha sabido retener aun en los tiempos de la alternancia presidencial, y considerando que varios de los municipios más importantes y poblados de la entidad ya han estado en poder de Acción Nacional y de la izquierda.

Desde el punto de vista del pragmatismo, una alianza estaría casi cantada porque a todos les conviene. Nunca como antes, sumar esfuerzos les redituaría un beneficio perdurable. Son conocidas de sobra las diferencias irreconciliables que históricamente han frustrado las coaliciones opositoras en esa entidad, pero si en verdad aprendieran de su experiencia, PAN, PRD y Morena ya deberían haber puesto sobre la mesa en qué puntos estarían dispuestos a ceder para integrar una planilla común y arrebatarle al PRI esa joya de la corona.

No esperaría que ese mismo pragmatismo prevaleciera para definir también un candidato presidencial común, habida cuenta de que estos institutos políticos calculan individualmente que podrían llegar a la Presidencia con su propio emblema, si acaso allegándose solamente el apoyo de los partidos pequeños.

Pero sí me gustaría que ese ánimo por intentar acercamientos se viera en otros ámbitos que rebasan la coyuntura electoral. El más inmediato, a mi juicio, es consolidar un frente común de acciones para enfrentar las implicaciones que tendrán las decisiones del futuro presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

Si fuera yo un observador extranjero, me asombraría la tranquilidad con la que la clase política mexicana parece estarse tomando lo que ocurre en el vecino país. Como si no bastara el efecto que tuvo el triunfo de Trump para agravar la volatilidad monetaria, la amenaza del magnate neoyorquino de cancelar el Tratado de Libre Comercio tendría un efecto funesto contra nuestra economía, lo que implicaría el diseño urgente de un programa de emergencia que contuviera el alza del dólar, evitara el colapso de nuestras exportaciones y atajara un repunte de la inflación que nos volviera a los años setenta y ochenta.

Bien visto, a todas nuestras fuerzas políticas les conviene que la población las vea como realmente interesadas en proteger al país. Así, frente a las largamente anunciadas políticas antiinmigrantes que llevará a cabo Trump, sería deseable una alianza en la que, deponiendo sus diferencias, la oposición e incluso el PRI podrían enunciar un pronunciamiento conjunto contra el muro y diseñar un programa que se anticipe a la posible deportación de miles de paisanos que están en Estados Unidos, de tal manera que se les proteja hasta donde sea posible y se alce la voz ante el mundo por la violación de sus derechos individuales a cargo de la máxima potencia del mundo.

¿No quedarían bien frente a todos los electores mexicanos por demostrar un poco de visión? Aun con el riesgo de que se les llamara demagogos u oportunistas, ¿no sería ésta la ocasión ideal para presentarse frente a los ciudadanos mexicanos como organizaciones genuinamente preocupadas por responder ante amenazas inminentes?

Y su oportunidad no sólo es ante los amagos externos. Como documentó Excélsior el pasado jueves, las universidades públicas del país están bajo agobio financiero por el peso que les representan sus sistemas de pensiones y los recortes presupuestales que les impiden cubrir sus adeudos, situación que tiene a estas instituciones públicas al borde de la insolvencia.

¿Cuántos jóvenes, cuyo futuro depende en buena parte de una sólida formación profesional, no agradecerían que los partidos tomaran en serio esta crisis? ¿No sería una forma sana, saludable y legítima de allegarse nuevos simpatizantes que los vieran como una opción de gobierno deseable?

No se haga ilusiones, amigo lector. Volviendo a lo que realmente les interesa, que es el proceso mexiquense, PAN y Morena ya han dado a entender que juntos no van ni a la esquina, y el PRD esperará para ir hacia donde sople el viento, siempre y cuando sus grillas internas se lo permitan. Si no son capaces de sentarse a acordar para aquello a lo que podrían sacarle rédito político, tampoco podemos imaginarlos, por una vez, renunciando a la defensa acérrima de su parcela en beneficio de los intereses más altos y prioritarios de la nación. A éstos no los junta ni el amor ni el espanto.

                Twitter: @Fabiguarneros

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