Mitos

Tiene razón el presidente Enrique Peña Nieto cuando señala que la imagen de nuestro país en Estados Unidos está basada en información escasa, inexacta y distorsionada, un vacío que se ha llenado con mitos, imprecisiones y prejuicios. Estos conceptos fueron expuestos ...

Tiene razón el presidente Enrique Peña Nieto cuando señala que la imagen de nuestro país en Estados Unidos está basada en información escasa, inexacta y distorsionada, un vacío que se ha llenado con mitos, imprecisiones y prejuicios.

Estos conceptos fueron expuestos por el mandatario en Nueva York al recibir el Premio al Estadista que otorga la Foreign Policy Association y, desde luego, tenían como objetivo revertir la imagen negativa y estereotipada que sobre nuestro país ha propalado el candidato republicano Donald Trump.

Entendido el contexto en el que las palabras fueron pronunciadas, creo que es válido aplicarlas a nuestra propia realidad, en la que cuenta más la percepción que los mexicanos tenemos de ella, aun cuando no sea del todo precisa la información en la que se basa.

La realidad que más fuerte nos golpeó esta semana fue la cotización del dólar, que rebasó los 20 pesos y cuyo impacto va más allá del meramente sicológico. Cierto, las variables económicas no son las de hace 20 o 30 años, cuando la sola palabra “devaluación” traía consigo inflación, carestía, depresión económica... y depresión a secas. Pero es inevitable que la depreciación de la moneda tenga efecto en las empresas que importan sus materias primas y por lo mismo se ven obligadas a cargar el incremento en el consumidor final. Y están, por supuesto, quienes reetiquetan a río revuelto, en porcentajes que superan al aumento de la divisa estadunidense.

Y quiérase que no, y por más que nos hablen de la volatilidad o del “efecto Trump”, el alza del dólar siempre estará vista como consecuencia del ejercicio gubernamental. Es una de las materias a evaluar, y es inevitable relacionarla con el desempeño de las autoridades económicas. Ahora, éstas se proponen meter orden al gasto para reducir deuda y conseguir más con menos. Loable objetivo, pero siempre quedará la pregunta: ¿por qué no se hizo antes de que el agua nos llegara al cuello?

A la contingencia económica, hay que sumar el incremento en la inseguridad. Aquí la percepción está alimentada por hechos muy concretos y coyunturales, pero que en su conjunto han logrado que la gente sienta de nuevo zozobra y desánimo. Independientemente de que se sepa en qué circunstancias murió la ciudadana española presuntamente plagiada en un taxi en Patio Santa Fe, su caso logró una resonancia internacional que, de nuevo, nos hace quedar muy mal parados y que en los próximos meses ahuyentará al turismo y la inversión extranjera. E internamente logró que salieran a la luz las historias de terror de quienes son atrapados en automóviles de alquiler para ser saqueados en sus bienes materiales, con una secuela aún más dolorosa: el sentimiento de vulnerabilidad, de que estamos solos sin que nadie nos proteja.

Súmese, para documentar nuestro pesimismo, la denuncia de los escritores Héctor de Mauleón y Rafael Pérez Gay sobre lo que está ocurriendo en la colonia Condesa de la Ciudad de México, y que urge a que se tomen acciones efectivas e inmediatas. Y fuera de la capital del país, están los asesinatos de sacerdotes en Veracruz (y el presunto secuestro de uno de ellos en Michoacán), que incrementan la sensación de que nadie está a salvo de esta nueva ola de criminalidad.

Y para colmo de los males, la proximidad del segundo aniversario de la desaparición de normalistas de Ayotzinapa vuelve a colocar el reflector sobre el caso que mayores déficits de credibilidad ha causado en el gobierno.

El famoso lema de los activistas, “Fue el Estado”, en relación con la autoría de los hechos, es discutible, por decir lo menos. Puede ser considerado un mito, tomando en cuenta los datos de la investigación, que no dejan lugar a duda del contexto de penetración del crimen organizado en la región donde ocurrieron los hechos.

Aun cuando consideráramos que la percepción pública del caso Ayotzinapa ha sido manipulada mediáticamente para hacer ver al propio gobierno como autor de las desapariciones, lo cierto es que el propio manejo que se le ha dado a la investigación tampoco ha ayudado mucho. El amparo otorgado a Sidronio Casarrubias, líder de los Guerreros Unidos, ya arrojó una mancha de duda sobre la forma como se le responsabilizó del caso. Y el resurgimiento de la violencia a unos días de que se cumpla el segundo aniversario seguirá pesando como un factor de descrédito en la imagen internacional.

Y sí, es posible que mucho de lo que se dice y se piensa y se ve de estos casos sea tan sólo un mito. Aunque, por desgracia, tampoco se ve la información contundente que contrarreste y llene estos vacíos.

                Twitter: @Fabiguarneros

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