Indignación

Muchas veces me he preguntado qué tendría que pasar en México para ver a miles de ciudadanos sin militancia política o afiliación sindical marchando por las calles cuando una política pública les resulta lesiva. Pienso, por ejemplo, en la corrupción y en las ...

Muchas veces me he preguntado qué tendría que pasar en México para ver a miles de ciudadanos sin militancia política o afiliación sindical marchando por las calles cuando una política pública les resulta lesiva.

Pienso, por ejemplo, en la corrupción y en las poderosas y multitudinarias movilizaciones en Brasil que antecedieron al juicio político contra la presidenta Dilma Rousseff por ese flagelo. Todos recordamos las mareas de gente tapizando las calles, exigiendo el fin de un gobierno marcado por acusaciones de malversación de fondos públicos, en un indecente ejercicio del poder.

En México, que por desgracia no es un país que se distinga por su probidad, no recuerdo una muestra de inconformidad de ese tamaño contra la corrupción. Pero quizá el escenario comience a cambiar, y un primer paso sean las acciones del pasado jueves protagonizadas por empresarios aglutinados en la Confederación Patronal de la República Mexicana (Coparmex).

Los hombres de negocios dieron un paso significativo al manifestarse en el Ángel de la Independencia para repudiar las nuevas reglas aprobadas por el Senado en materia anticorrupción y para exigir que la Cámara de Diputados las corrigiera, lo cual no ocurrió.

Al final del día se aprobó una ley 3de3 descafeinada para obligar a funcionarios a hacer públicas sus declaraciones fiscal, patrimonial y de conflicto de interés, aunque el proceso legislativo contempló que esa medida de rendición de cuentas incluya a las personas físicas y morales que tengan contratos con entidades públicas. Este último punto no sólo contraviene el espíritu de la propuesta original de crear un efectivo ojo vigilante sobre los servidores públicos, sino que anticipa toda una batalla legal y política para revertirla o anularla en los hechos.

No parece muy probable que el ejemplo de los empresarios sea secundado por otros grupos de ciudadanos, en parte porque mucha gente desconoce a detalle la propuesta original de la ley 3de3 y, por lo mismo, no es tan consciente de sus ventajas. Sin embargo, el solo hecho de que salieran a la calle representa un gesto significativo de que esta forma de expresar descontento aún tiene vigencia, a pesar del desgaste al que la han llevado organizaciones que la practican casi como rutina.

Motivos para expresar públicamente la indignación sobran, por desgracia. Y sí creo, como lo hizo la Coparmex el pasado jueves, que hay formas de hacerlo con firmeza y respeto, y sin afectar a terceros. Me parece que si los ciudadanos nos organizamos de manera ordenada y efectiva podemos hacer oír las cosas que a veces sólo decimos en voz baja.

Quisiera, por ejemplo, que muchísimos más ciudadanos hubieran expresado su indignación por las acciones vejatorias de organizaciones afines a la CNTE contra maestros que sí estaban dispuestos a ejercer su profesión, y que todos vimos porque el caso fue ampliamente difundido. Quizá hubiéramos evitado que la disidencia aumentara otras acciones inaceptables como obligar a alumnos de primaria y secundaria a marchar y bloquear calles, y extorsionar a padres de familia para multarlos si no secundan sus acciones.

Y también que, más allá de adscripciones políticas o familiares, no sea motivo de indiferencia la violación a una mujer en el interior de un autobús en una autopista que debiera ser plenamente segura. Si ni siquiera el temor de que nos pase algo semejante es capaz de movernos a la acción, ¿qué debe serlo entonces?

No quiero pensar que nuestra abulia es tal que ya nos condenó a la inmovilidad. Quiero imaginar una hipótesis distinta, sobre todo a raíz de los resultados de los comicios de hace dos semanas. Si la hipótesis correcta para explicar las derrotas del PRI es que se trató de un voto de castigo, eso significa que los ciudadanos mexicanos preferimos la intimidad de la casilla electoral al ruido de la protesta callejera. Es decir, que no nos oirán gritar ni nos verán sostener pancartas porque aún confiamos en la efectividad de ese instrumento poderoso que es el sufragio.

Puede ser, pero no estaría de más aumentarle también un poco de decibeles a la indignación.

                Twitter: @Fabiguarneros

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