Desazón

Decepciona que, en medio de su marasmo, los políticos tampoco atinen siquiera a dar la cara y asumir su responsabilidad.

Ni el fuego destructor ni el fuego de la ira ayudarán a reconstruir el tejido social de nuestro México.

Me rehúso a pensar que ese cuadro espantoso que se ha dibujado en las últimas semanas sea el del país en el que vivo.

Cada nueva revelación de lo ocurrido hace ya casi un mes en Iguala pareciera desafiar nuestra capacidad de asombro, más que de análisis. Imposible la frialdad o la distancia. Quizá en otro momento haya espacio para la reflexión reposada, para el pensamiento desapasionado, para la mesura que se le exige a quien trata de explicar la realidad a los lectores como si el alma fuera insensible frente al desgarramiento de mi tierra, de mi gente. Esta vez quiero dejar el manifiesto de mi desazón.

No podemos permitir que 43 familias sigan sufriendo cada minuto la angustia y la incertidumbre de no saber dónde están sus hijos, jóvenes víctimas de que el Estado dejara de funcionar en una región del país en la que la delincuencia impuso su ley.

No deseo un país en el que nos acostumbremos a que aparezcan fosas de cadáveres por doquier, con muertos que también debieron ser considerados en algún momento como desaparecidos y de los que nadie pregunta, como si a nadie importaran, sólo a sus familias que los buscan muchas veces en silencio por el miedo a correr con la misma suerte.

Sus existencias no tendrían por qué ser menos relevantes que otras. Sus vidas truncas también merecen que se haga justicia. 

No quiero siquiera imaginar cuántos depósitos clandestinos de muertos haya ocultos por la hierba de la impunidad, del olvido, del desprecio por la vida.

Rechazo definitivamente el fuego destructor. Aquel que terminó con las ilusiones de las personas halladas en infaustos tiraderos. Pero tampoco quiero seguir viendo cómo el fuego de una ira mal encauzada consume edificios que son importantes porque quienes lo ocupan debieran estar al servicio de la gente, y no de sus propias ambiciones políticas, como el palacio de Gobierno de Chilpancingo.

Por más que duela la ausencia de los normalistas, me rehúso a avalar el sinsentido de una violencia antiinstitucional producto de la ira. Siendo entendible la furia de los normalistas que exigen la devolución de sus compañeros, no es en la provocación donde encontrarán el eco buscado. Por el contrario, tenderán a oírse más las voces que reprochan a los estudiantes conductas pasadas completamente condenables —como el secuestro de camiones—, como si éstas justificaran la barbarie cometida contra ellos por grupos criminales que hacen gala de su crueldad.

Decepciona también que, en medio de su marasmo, los políticos tampoco atinen siquiera a dar la cara y asumir su responsabilidad. El dirigente nacional del PRD, Carlos Navarrete, declara que para ellos es más prioritario encontrar a los 43 desaparecidos que definir, de una vez por todas, qué harán con el funcionario que gobierna bajo sus siglas, Ángel Aguirre. Lo que equivale a decir que no harán nada. ¿O acaso el líder nacional, el CEN, los responsables de las principales carteras partidistas, están buscando pueblo por pueblo, casa por casa? ¿No sería más digno poner orden en casa que formular declaraciones que irritan más por su calculada ambigüedad?

Ahora está en curso una solicitud para que se declare la desaparición de poderes en Guerrero. La sola petición de esta figura formal simboliza la carencia de orden, de cualquier mínima estructura sólida institucional en aquella entidad. Siendo pertinente la discusión de si se aplica o no, en realidad el debate está en otro lado. En la reconstrucción de ese lugar común llamado “tejido social”, un concepto del que se abusa en el discurso pero que nunca como antes ilustra el desgarramiento profundo de una sociedad a la que acontecimientos así le cancelan la esperanza.  

Frente a la fuerza de la decepción, no hay más remedio que recuperar el aliento. Continuar la búsqueda de los jóvenes desaparecidos, rastrear a los culpables y hacer que paguen ante la ley, devolverle sentido a una entidad federativa cuya realidad nos despierta de escenarios idílicos de progreso que no hemos alcanzado, y ofrecerle un futuro a una juventud atrapada entre la delincuencia y la falta de oportunidades, son reclamos ineludibles, no cantaletas ociosas ni proclamas de banqueta. No importa cuántas veces haya que repetirlas. No hay cansancio que valga cuando de lo que se trata es de garantizarnos un futuro. Uno que valga la pena.

DM

Las autoridades mexicanas mostraron firmeza y actuaron con prudencia al no dejar que el crucero Carnival Magic atracara el viernes en Cozumel y bajaran sus pasajeros, pues abordo iba una enfermera que tuvo contacto con muestras de ébola del paciente que murió en Texas. En ese estado de la Unión Americana ya hay dos enfermeras contagiadas. Si el miedo no anda en burro…

                Twitter: @Fabiguarneros

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