Descalabros

Desespera que el Partido de la Revolución Democrática no observe aún cómo se está vaciando de los valores que le dieron sustento.

El rostro sangrante del politólogo e historiador Adolfo Gilly, víctima de las agresiones dirigidas contra Cuauhtémoc Cárdenas el pasado miércoles durante la marcha multitudinaria para exigir justicia en el caso Ayotzinapa, es el símbolo de la todavía frágil estabilidad de la democracia mexicana, sacudida hasta sus cimientos por la violencia en Guerrero.

Como no ocurría desde la marcha blanca contra la inseguridad de 2008, decenas de miles de mexicanos se unieron en el clamor por que aparezcan los 43 normalistas desaparecidos el 26 de septiembre, en un caso que genera más horror conforme se conoce información nueva de lo sucedido. El ingeniero Cárdenas, fundador del Partido de la Revolución Democrática, participó en la caminata en congruencia con su cercanía a las causas ciudadanas, aun cuando el instituto político que fundó era uno de los principales destinatarios del reclamo masivo de aquella tarde.

Con mayor razón se explicaba la presencia de Gilly, académico de respetable trayectoria y figura notable de la izquierda histórica que fue víctima de esta intolerancia inadmisible. Su herida agravia a todos quienes creemos en la manifestación ordenada y pacífica de la inconformidad ciudadana, atizada no sólo por la barbarie ocurrida a unos kilómetros de la Ciudad de México, sino por el lamentable manejo posterior de la crisis.

La fuga del alcalde de Iguala, la falta de datos y de explicaciones precisas por parte de las autoridades locales, afrenta por su insensibilidad ante el dolor y la angustia de padres de familia que aspiraban a que sus hijos tuvieran un mejor destino que el de ellos, pues eso representan todavía las normales rurales en el México que pretende ser de primer mundo. Esas escuelas no son simples aulas o “semillero de guerrilleros”, son para muchos un refugio que ayuda a aliviar la pobreza, es la esperanza de padres e hijos de acceder a un “mejor” nivel de vida.

La muerte y la desaparición de estudiantes conmueve por sí sola. Ninguna sociedad del mundo debiera permitirse un crimen múltiple con tantos componentes de irracionalidad como el que nos ha tocado atestiguar. A la saña, la deshumanización, el completo desprecio por la vida, hay que sumar la ineptitud, la corruptela, el solapamiento de autoridades que no tienen la mínima decencia para admitir su falta de capacidad para ejercer un cargo al que fueron postulados por un partido que, oh decepción, nació con un espíritu muy distinto al que le imprimieron en su origen Cárdenas y las agrupaciones sociales aglutinadas en torno a su proyecto de nación.

Desespera que el PRD no observe aún cómo se está vaciando de los valores que le dieron sustento, una sangría explicable sólo por la ambición, por el deseo inmediato de no perder capital político cuando lo que está en juego es el sentido mismo de su existencia como alternativa de gobierno. ¿Para eso se vendieron como la panacea que alejaría al país para siempre de la debacle a la que la llevaron siete décadas de priismo anquilosado y dos sexenios de ineficacia panista, según su discurso?

El hartazgo frente a tanta podredumbre junta logró aglutinar a miles de ciudadanos y organizaciones que salieron a las calles para gritar otro “Ya basta”. Ese espíritu hizo que Cuauhtémoc Cárdenas volviera a caminar al lado de gente conmovida por el drama indescriptible de los jóvenes desaparecidos. Pero ahí se hizo presente de nueva cuenta la intolerancia, el sectarismo, la irracionalidad. Ya en el día se habían efectuado las acostumbradas muestras de vandalismo oculta tras el pasamontañas del presunto anarquismo, cuya imaginación no da más que para quemar llantas y pintarrajear paredes. Pero el acoso, la agresión, el arrojar objetos y descalabrar a quien pacíficamente se expresaba sólo reflejan las fisuras de una sociedad a la que le falta todavía madurez.

No importa cuán menores o aisladas sean estas muestras de radicalismo. Es necesario desterrar la visión aniquiladora del contrario. Ya lo decíamos la semana pasada a propósito de la movilización de los jóvenes politécnicos: aprender a valorar el gesto del diálogo y dejar de lado los maximalismos es un aprendizaje que debiéramos ejercer ya, antes de que los viejos reflejos nos hagan retornar a nuestros atavismos. 

El descalabramiento no es un pequeño hilito de sangre que se pueda detener con una venda. Cicatrizar las heridas que nos deja el episodio de Iguala no será fácil, y mucho menos mientras tardemos en advertir su peligrosidad para el futuro. No se trata de un alarmismo exagerado. Detengamos la fisura antes de que la hemorragia se vuelva incontenible.

DM

Señor gobernador Ángel Aguirre su renuncia no debe ser producto de la exigencia de la opinotecnocracia, como usted bien lo señala. Su renuncia debe presentarla por vergüenza, por omisión, por haberle fallado a los guerrerenses, a los estudiantes de la Normal y a sus padres. Ni hablar de Abarca, el alcalde de Iguala prófugo.

                Twitter: @Fabiguarneros

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