Demonios

La detención del asesino material Daniel Aguilar Treviño llevó a la implicación de Manuel Muñoz Rocha y de Raúl Salinas de Gortari.

Con mucho, puede decirse que 1994 definió políticamente al México que vivimos hoy. Por eso no son casuales los paralelismos políticos entre los acontecimientos de nuestros días y los de hace 20 años. El Tratado de Libre Comercio arrancó en medio de augurios extremadamente esperanzadores y catastróficos, como ocurre ahora con las reformas estructurales. La reivindicación del tema indígena habría sido impensable sin la rebelión del Ejército Zapatista, más allá del derrotero político que siguió aquella guerrilla o de la falta de solución a sus problemas más urgentes. Y, desde luego, los magnicidios evidenciaron la vulnerabilidad de la propia clase política frente a una violencia que a partir de ahí no encuentra límites.

Hoy se cumple el vigésimo aniversario del asesinato de José Francisco Ruiz Massieu, y no es exagerado decir que su trascendencia como hecho histórico es comparable con el crimen cometido meses antes contra el candidato presidencial Luis Donaldo Colosio. Sobre todo porque aceleró el resquebrajamiento del régimen priista, cuyos fundamentos eran ya insostenibles aun cuando el triunfo de Ernesto Zedillo fue mucho menos impugnado que el de Carlos Salinas en 1988.

Como apunte personal, el caso Ruiz Massieu coincidió con mis primeros años de reportera y recuerdo su intensidad por la cantidad de casos que desató y sus respectivas secuelas. Políticamente se reveló la fisura interna en el interior del Revolucionario Instititucional el día que Mario Ruiz Massieu renunció como subprocurador y primer encargado de investigar el caso, y quien al momento de anunciar su dimisión lanzó su célebre frase “Los demonios andan sueltos” (posteriormente él sería protagonista de su propio caso cuando fue detenido en Newark, el proceso que se le siguió y su muerte).

Antes de tomar posesión, el presidente Zedillo sorprendió al nombrar como procurador general a un militante de otro partido, el abogado Antonio Lozano Gracia, lo que constituiría el primer caso de responsabilidad compartida entre el partido gobernante y la oposición, y que desgraciadamente se vio marcado por las derivaciones que tuvo la investigación del caso Ruiz Massieu.

Y es que las indagaciones llevaron a una feria de escándalos que hicieron el festín de los periodistas, que durante años tuvimos notas de ocho columnas relacionadas con este caso. La detención del asesino material Daniel Aguilar Treviño llevó a la implicación de Manuel Muñoz Rocha y de Raúl Salinas de Gortari. La desaparición del primero, hasta la fecha no aclarada, hizo que el caso tomara tintes de comedia negra cuando fueron exhumados unos restos humanos supuestamente suyos, en un rancho del hermano del expresidente Carlos Salinas, a sugerencia de una vidente, Francisca Zetina, La Paca. La farsa le costó la chamba al entonces fiscal Pablo Chapa, quien pasó de investigador a procesado (por no hablar de todos los casos que el propio Raúl volvió parte de la vorágine: la huelga de hambre de su hermano Carlos, los depósitos millonarios en Suiza, la compra de leche radiactiva cuando encabezó Conasupo, y todo el proceso judicial que culminó con su liberación al no comprobarse que fuera autor intelectual del atentado).

Nunca otro caso volvió a destapar tantos escándalos. Y eso puede explicarse en el contexto de un sexenio de transición que demolió viejas estructuras autoritarias y que culminó con el tránsito pacífico a un gobierno emanado de un partido distinto al PRI. Subrayo lo de pacífico, porque transiciones semejantes en otras partes del mundo implicaron rupturas violentas y abruptas. En México, aun en los momentos de mayor tensión, las instituciones demostraron la fortaleza de una sociedad entera, no exenta de conflictos y con pendientes acuciantes, pero madura.

Por eso, no debemos pasar por alto las perturbadoras implicaciones del asesinato en Jalisco del diputado federal priista Gabriel Gómez Michel, secuestrado y calcinado al más puro estilo de la delincuencia organizada, que floreció en los últimos sexenios y que sigue siendo una de las más fuertes amenazas a esa institucionalidad que mucho nos ha costado a los mexicanos mantener sólida. Una empresa nada sencilla, como se está viendo en Michoacán, que tanto trabajo está costando recuperar y donde la tarea aún parece lejos de estar concluida.

A reserva de que se conozcan los móviles del asesinato de Gómez Michel, como sociedad no podemos permitirnos una nueva etapa de barbarie, de demonios sueltos otra vez.

                Twitter: @Fabiguarneros

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