Reinvención

Nada hay de malo en que los informes sean un espacio para comunicar masivamente acciones de gobierno. Pero... ¿y los contrapesos?

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Fabiola Guarneros Saavedra 31/08/2014 01:15
Reinvención

La evolución de un ritual: del Día del Presidente pasó al de los gritos y sombrerazos en el Congreso y de ahí, al de la auténtica “separación de Poderes”.

Mañana, tal y como lo ordena la Constitución, Enrique Peña Nieto presentará un informe por escrito del estado general que guarda la administración pública del país. Cada una de las cámaras, como señala el artículo 69 de la Carta Magna, “realizará el análisis del informe y podrá solicitar al Presidente de la República ampliar la información mediante pregunta por escrito y citar a los secretarios de Estado y a los directores de las entidades paraestatales, quienes comparecerán y rendirán informes bajo protesta de decir verdad”.

Se trata de un ejercicio fundamentado en la necesidad de un equilibro entre los Poderes, un mecanismo de control que vacuna contra tentaciones absolutistas y establece un sano contrapeso entre quienes diseñan el andamiaje legal que da sustento al Estado (el Legislativo) y quien lleva a cabo las públicas públicas (el Ejecutivo).

La fórmula pretendía exorcizar el fantasma del porfiriato, pero terminó por transformarse a las peculiares condiciones del autoritarismo a la mexicana. En la época del PRI como partido hegemónico, el 1 de septiembre se convirtió en un día de culto a la figura presidencial, de escuchar durante horas un discurso que lejos estaba de representar una rendición de cuentas, entre otras cosas, porque quienes lo escuchaban se asumían como súbditos y no como representantes del pueblo que en teoría los había elegido.

Con el paulatino avance de la oposición, el Congreso terminó con el besamanos y dio un giro al otro extremo. El Congreso se volvió escenario de interpelaciones, interrupciones, mantas, máscaras de puerco y otros espectáculos poco dignos de uno de los Poderes de la Unión, pero explicables en la medida que el autoritarismo priista de aquellos años no daba muchos márgenes de acción. Lamentablemente, lo que debió ser una explosión pasajera se convirtió en rutina, y aun cuando se dio la alternancia en el poder presidencial, esto no abrió un espacio a la civilidad. El encono partidista provocó que en 2006 se llegara al extremo de que el presidente Vicente Fox se viera impedido de entrar al Congreso, por lo que se limitó a entregar su sexto y último informe, que es a lo único que obliga la Constitución, y el guanajuatense dio su mensaje... por televisión.

Desde entonces, hemos atestiguado una situación que no deja ser anómala: el espacio de encuentro por excelencia entre dos de los Poderes se ha limitado al cumplimiento de una mera formalidad. El Presidente no se presenta ante el Congreso y emite un mensaje en una ceremonia por separado. Las fuerzas políticas representadas en el Congreso fijan sus posturas y el diálogo se da días después, en las glosas en las que participan los funcionarios del gabinete, que rara vez revelan algo más de sustancia sobre lo realizado por el gobierno en el año y suelen ser más bien el espacio para el desahogo de opositores que añoran la era de las interpelaciones.

En esta mecánica no se ha violado ninguna ley, pero está ausente, al menos ante los ojos de los ciudadanos, el espíritu de correlación entre dos Poderes elegidos por votación popular, y cuya acción debiera tener como meta el bienestar de la población. De hecho, el único punto de consenso en relación con los informes es que, sobre todo en el caso de las entidades federativas, abren la puerta a los gobernadores de todos los partidos para publicitarse a escala nacional (lo cual se entiende porque pueden aspirar, legítimamente, a contender por cargos federales). Nada hay de malo en que los informes sean un espacio para comunicar masivamente acciones de gobierno. Pero... ¿y los contrapesos?

Todos estos años de polarización política han derivado en situaciones absurdas que no debieran prolongarse más. Es necesario que en los años por venir, la clase política dé durante el Informe un mensaje diferente. Y con la palabra “mensaje” no me refiero a un discurso: me refiero a un signo, al símbolo de que el cumplimiento del mandato constitucional represente un diálogo realmente constructivo entre los Poderes en torno a las políticas públicas realizadas y las que estén por venir.

Necesitamos un formato moderno para el Informe y la glosa, acorde con una sociedad más activa, dinámica y reflexiva, que se expresa por redes sociales, que no se conforma con discursos, sino que exige a los gobernantes y a los legisladores capacidad para comunicar las acciones de gobierno, por un lado, y de disección, análisis y exigencia, por el otro. Un formato ágil, que brinde a los ciudadanos la facilidad de acceder a los datos duros para evaluar la utilidad de las políticas y distinguirlas claramente de la propaganda.

La concreción de 11 reformas de gran calado demostró que si partidos y gobierno se concentran en una negociación seria, sí pueden lograrse una nueva correlación de poderes que compartan el mismo espacio sin avasallamientos, gritos ni sombrerazos. Reinventar el informe presidencial sería un gran signo de que los Poderes pueden ponerse de acuerdo como una práctica cotidiana, y no como hasta ahora, que cada quien jala por su lado.

                Twitter: @Fabiguarneros

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