Mochos

¿Por qué nos afecta más un lío de faldas que la corrupción?

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Fabiola Guarneros Saavedra 17/08/2014 02:11
Mochos

Hace algunos años estuvo de moda denunciar la misoginia del lenguaje cotidiano, expresada en la diferencia radical que cobran algunas expresiones coloquiales dependiendo del género al que se refiera. Ejemplos: un “golfo” es un hombre desobligado, vicioso o flojo, una “golfa” es una prostituta; un “zorro” es un hombre taimado y astuto, una “zorra” es una prostituta; un “aventurero” se aplica por igual a un personaje osado o a un oportunista, pero una “aventurera” es, inequívocamente, una prostituta.

Lo mismo ocurre con la expresión “hombre público”, que de nueva cuenta aplicado al sexo masculino proyecta una mejor imagen que la frase “mujer pública”. En el segundo caso ya sabe a qué nos referimos, pero en el primero, una ironía del destino cambió esta semana la connotación positiva que aquella expresión tiene.

En su calidad de “hombres públicos” (es decir, prominentes, importantes, destacados, famosos, influyentes), un grupo de diputados del Partido Acción Nacional fueron exhibidos en un video que documenta cómo se divirtieron en enero pasado, cuando se reunieron en Puerto Vallarta para debatir la posición de su bancada respecto de la Reforma Energética. Difundidas por Reporte Índigo, las imágenes se volvieron tema de conversación obligado por la forma como uno de los legisladores manosea a una de las bailarinas de table dance con las que convivieron en una mansión del balneario jalisciense.

A estas alturas, ya dos cosas debieron haber aprendido los panistas de este episodio. La primera, que en una época en la que de todo queda registro gracias a la tecnología, la más elemental discreción obligaría a los servidores públicos a evitar cualquier tipo de conducta que dañe su imagen, máxime si se trata de congresistas que le deben su cargo al voto popular. La suma de plataformas periodísticas y redes sociales ya debieron haber enseñado a los “hombres públicos” que su honorabilidad puede revertirse en un santiamén.

Y la segunda lección es que precisamente fue su carácter de “hombres públicos” lo que volvió comentable su conducta privada. Cualquiera que sea la opinión que uno tenga sobre los table dance, no es una forma de divertirse que dé prestigio, y menos a representantes populares. Como ocurrió en el caso referido, los votantes que los eligieron, directa o indirectamente, se preguntan con razón si aquella francachela se pagó con dinero público. Y aun cuando no hubiera sido así, es probable que una buena porción de electores considere de mal gusto la afición de estos personajes y la asocie con su aptitud como legisladores y piense dos veces antes de darles de nuevo su voto.

Lo notorio es que haya sido este episodio el que le costara el puesto a Luis Alberto Villarreal, uno de los protagonistas del video de los llamados diputables, y no las denuncias de que éste le cobraba una suerte de diezmo (una mordida) a los presidentes municipales que acudían a gestionar recursos públicos. ¿Pudo más la mochez que el llamado moche?  ¿Por qué el pasado miércoles Gustavo Madero publicó en su cuenta de Twitter que “los comportamientos particulares de nuestros militantes no podrán pasar sin consecuencias cuando afecten la imagen y vida de nuestro partido?”, ¿acaso las abundantes denuncias de una práctica de corrupción afectaron menos la imagen de su partido que los gestos lascivos de unos congresistas que pagaron caro su noche de juerga con unas bailarinas?

Más allá de la respuesta que el propio dirigente podría dar, algo de culpa tiene la opinión pública, más conmocionada por unas manos recorriendo una falda que por otras manos cobrando mordidas. Aunque probablemente esto también forme parte del cálculo. Los moches no hicieron mayor mella mientras se definía el relevo en la dirigencia interna del PAN, y la actuación de la bancada era clave en la definición de varias reformas que estaban en el asador. Quienes interesadamente filtraron el video obsceno estaban conscientes de que en la sique del mexicano pesa más la moralina que la honestidad.

En todo caso, como ciudadana, lo que reprocho es la falta de decencia, y con ello me refiero, por supuesto, al manejo escrupuloso de los recursos públicos que hagan los representantes populares y no a lo que hagan con su tiempo libre. Los vicios privados me interesan menos que los públicos. El table dance no pasa de ser mera anécdota. Desterrar la corrupción es el tema que debiera estar sobre la mesa. Como en otros casos de cuestionamiento al quehacer de los “hombres públicos”, la mochez nos hace quedarnos troncos, mochos.

            Twitter: @Fabiguarneros

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