César Chávez

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Fabiola Guarneros Saavedra 27/04/2014 00:00
César Chávez

Tuve el privilegio de asistir a la premier de la película César Chávez, dirigida por Diego Luna y que relata la vida de un mexicano-estadunidense que luchó por los derechos de los trabajadores agrarios en Estados Unidos y que, además, el pasado miércoles cumplió 11 años de su fallecimiento. La cinta motivó en mí reflexiones que comparto con ustedes.

Estoy consciente de que se trata de una obra de ficción que debe recurrir a recursos dramáticos para captar la atención del espectador y brindar un aura de héroe al personaje.

Desde ese punto de vista, considero que la de Luna es una narración honesta que privilegia las motivaciones políticas de Chávez, sin dejar de retratar al hombre que, en algún momento, enfrentó un dilema por el reclamo de su hijo Fernando, quien se sintió desplazado por culpa del movimiento de su padre.

Sobre la vida de Chávez se conoce poco y no tengo mayores elementos para avalar o contradecir la fidelidad a los hechos históricos reales. Sin embargo, este proyecto contó con la colaboración de Dolores Huerta, quien luchó al lado del activista, y considero que su presencia en la premier que ofreció el embajador de Estados Unidos en México, Anthony Wayne, es una garantía de que la mirada de Diego Luna reflejó con el mayor apego posible los ideales del movimiento por los derechos de los campesinos.

La cinta nos muestra a un líder que supo que la palabra convence, pero el ejemplo arrastra, por eso regresó a los campos para ensuciarse las manos, vivir los maltratos, mal comer y mal dormir junto con miles de campesinos que cumplían jornadas intensas por unos cuantos dólares. Con ellos, desde las entrañas de los cultivos, Chávez los convenció de que debían luchar por mejores condiciones laborales, por un trato digno y una paga justa.

Su familia se involucró en esa tarea, al igual que su amiga y compañera de lucha Dolores Huerta, con quien fundó la Unión de Trabajadores Campesinos (UFW) y una caja de ahorro. Organizar a los jornaleros llevó tiempo, desgaste, tuvo que enfrentar el poder de los dueños del dinero, de las tierras, de los cultivos y hasta de las autoridades del condado de Delano, California, coludidas con los agricultores.

En los sembradíos trabajaban mexicanos, filipinos, árabes, y unirse les costó vencer su individualismo y el miedo a perder el empleo y la poca paga. Los agricultores le apostaron al “divide y vencerás” y llevaron mexicanos indocumentados a trabajar a los campos. Y en eso Chávez no estuvo de acuerdo, no los quería, incluso los combatió.

Logró, en una primera etapa, que los campesinos dejaran de laborar en los campos y su segundo paso fue promover un boicot contra la uva, la cultivada y procesada en los viñedos de California. Organizó grupos de apoyo para recorrer otros estados y en las tiendas o supermercados donde vendían uvas hubo protestas, campesinos que contaron su historia, las condiciones en las que trabajaban y la mala paga que recibían. Chávez logró la simpatía de familias estadunidenses que se sumaron al boicot y dejaron de consumir esos productos.

Mientras veía esa historia —que Diego Luna cuenta mezclando la ficción con escenas tomadas de la vida real, pues utilizó videos, discursos y fotografías de esa época—, pensé en los trabajadores del campo mexicano. Vino a mi mente la imagen de mexicanos, salvadoreños, guatemaltecos y hondureños amontonados en las cajas de carga de los camiones de redilas, porque así son trasladados a los campos de cultivo. Me acordé de las señoras con sus rostros cansados, sosteniendo a sus hijos menores en sus rebozos, y de los niños con sus pies resecos, descalzos y con hambre.

Sentí vergüenza, impotencia, porque aquí no hemos hecho nada, no sabemos organizarnos, no nos comprometemos con una causa.

La historia de César Chávez se ubica en el año 65, él no tuvo todas las herramientas de comunicación que hoy existen. Utilizó su voz, sus caminatas y a Don Sotaco, la caricatura de un trabajador agrícola que publicaba en el periódico de su organización, El Malcriado.

Hoy, con teléfonos, celulares, satélites, internet y redes sociales, no logramos cerrar filas en torno a una causa social. ¿Será que aquí la palabra “movimiento social” no está lo suficientemente acreditada entre la población como para motivar un cambio en muchos de los problemas que siguen pendientes?

Pienso, por ejemplo, en la última gran movilización que unió a todos los sectores de la sociedad en torno a una lucha común, la marcha contra la violencia e inseguridad del 30 de agosto de 2008, en cuya cobertura trabajé para esta casa editorial, pero en la que también participé como ciudadana indignada por el sentimiento de vulnerabilidad que dejó en muchos el secuestro y posterior asesinato del joven Fernando Martí.

¿Sirvió de algo? Estoy segura que sí. No resolvió el problema de fondo, pero puso el tema sobre la agenda y movió a las autoridades, gobierno y legisladores a diseñar leyes y aplicar políticas que en otras épocas simplemente no hubieran existido. No era la primera marcha ni fue la última de este tipo (años después, el poeta Javier Sicilia encabezó una amplia movilización tras el asesinato de su hijo), pero sí estoy segura que aquella tarde, miles de personas vestidas de blanco y armadas con el poder de su caminar silencioso cambiaron la forma de enfrentar a la criminalidad en México.

Después de conocer la epopeya de Chávez, estoy convencida de que hacen falta en México más movilizaciones sociales en favor de cambios significativos. Lamentablemente, los grupos que tienen monopolizadas las calles con marchas y bloqueos cotidianos tampoco representan al mexicano más desprotegido, pero creo que bien vale la pena darles la vuelta.

                Twitter: @Fabiguarneros

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