Comisionitis

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Fabiola Guarneros Saavedra 23/03/2014 02:15
Comisionitis

Hoy se cumplen 20 años del asesinato de Luis Donaldo Colosio y la clase política, previsible como es, intenta honrar su memoria con la retórica habitual de este tipo de efemérides. Aunque de manera involuntaria, encontró en los hechos una forma de hacer honor a esta conmemoración más acorde con su práctica habitual de hacer como que resuelve los problemas: resucitando las comisiones especiales en el Congreso.

La comisión especial de legisladores que en el 94 dio seguimiento a las investigaciones del atentado contra el candidato presidencial no fue la primera de su tipo, pero sí fue paradigmático de una forma de abordar las crisis políticas que es, podríamos decirlo así, muy a la mexicana.

Las funciones de los integrantes del Congreso de la Unión están claramente definidas en la Constitución y entre ellas no está la de ser todólogos o ajonjolís de todos los moles. Sin embargo, es explicable dado el protagonismo y la exposición pública inherentes a su cargo: diputado o senador que no tiene pretexto para hablar, no es visto. Y como dice el refrán, santo que no es visto no es adorado... ni tiene oportunidad de impulsar su carrera política.

Aún concediendo que su creación estuvo motivada por la buena fe de vigilar el avance de las indagatorias en un hecho que conmovió a la nación, las comisiones que se instalaron en ambas cámaras para el caso Colosio significaron un festín para los periodistas, porque todos los días daban nota: un clásico de la época era preguntar a cualquiera de sus integrantes si se citaría a declarar a Carlos Salinas de Gortari, con la presunción de que como ex Presidente de la República tendría “información privilegiada” . La respuesta, palabras más, palabras menos, iba siempre: “Citaremos a todos aquellos que puedan aportar elementos a la investigación”. Ya con eso los editores tenían pretexto para cabecear: “El Congreso citará a Carlos Salinas”.

Con una actitud detectivesca, los representantes populares fungieron como una suerte de Ministerio Público paralelo, revisando los expedientes, entrevistando a los personajes involucrados, contradiciendo (¡faltaba más!) las versiones oficiales y elaborando sus propias hipótesis y elucubraciones, que solían ser más bien especulaciones. Por supuesto, no se trataba de llegar a la verdad, sino de comprobar hasta donde fuera posible la hipótesis de que se trató de un crimen de Estado (el famoso complot) y refutar hasta aniquilar la versión del “asesino solitario”.

Porque de lo que se trataba en la comisión era “hacer justicia” y eso significaba necesariamente “ajusticiar” (políticamente hablando, por supuesto) a algún personaje, encontrar el nombre del culpable (sobre todo si ese nombre coincidía con el que proclamaba la vox pópuli) y hacerle pagar por el crimen. De ahí que otra declaración sumamente agradecida por los reporteros era la que, pronunciada por algunos de aquellos fiscales de ocasión, resumía el sentir popular con estas palabras (léanse con toda solemnidad): “Nadie estará por encima de la ley”.

¿Fue útil o no su trabajo para esclarecer esa y otras polémicas (hubo hasta “Comisión del Caso Conasupo”, uno de los tantos escándalos relacionados con Raúl Salinas de Gortari destapados después de que se le acusara de otro crimen político de 1994, el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu)? ¡Por supuesto que no!

Hasta donde recuerdo, las comisiones no aportaron un solo dato que modificara el fondo de los asuntos indagados. Sus resoluciones e “informes” ni siquiera tenían el valor de una recomendación y, dado el poco prestigio que desde entonces arrastraban, tampoco servían para erigirse como una especie de tribunal moral. Máxime si todo el tiempo sus integrantes, provenientes de todos los partidos, utilizaban esos foros para acusar a los adversarios de “falta de voluntad política” para avanzar en la investigación. Y, desde luego, el tiempo y dinero que se consumieron en esos argüendes jamás se tradujeron al menos en leyes que mejoraran la investigación de casos delicados en México. 

Pero también vale la pena recordar en qué contexto surgieron estas comisiones: eran los últimos años del dominio absoluto del Revolucionario Institucional en el Poder Legislativo. En las elecciones de 1994 el PRI aún retuvo la mayoría en el Congreso de la Unión, en el que la oposición (la histórica del PAN sumada a la del recién creado PRD) tuvo una creciente presencia, pero ni siquiera unida contaba todavía con los suficientes votos para resistir la aplanadora priista. En esos años de la transición democrática, las comisiones especiales eran altavoces de la oposición para ofrecer visiones distintas a la oficial. Varios de sus integrantes genuinamente investigaron y encontraron datos que sirvieron para provocar un debate público que hasta ese entonces era mínimo. Se volvieron un contrapeso, de mucho ruido y pocas nueces, pero necesario en las últimas horas de aquella entonces invencible mayoría tricolor.

La situación cambió a partir de 1997, cuando el PRI perdió la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados y desde entonces ninguna fuerza política la ha vuelto a tener. Tres años después, el PAN llegó a la Presidencia de la República. Aparejado a la alternancia, las comisiones especiales perdieron mucho de su valor de contrapeso político y no volvimos a saber de ellas sino hasta ahora, con motivo de los escándalos en Oceanografía y la Línea 12 del Metro. Llama la atención que surgen ahora que el PRI recuperó la Presidencia, y el PAN y PRD viven complejos procesos internos para renovar sus dirigencias nacionales y ambos escándalos afectan a alguno de sus contendientes (el del proveedor de Pemex en el caso del calderonismo, representado por Ernesto Cordero, y el del transporte político en lo que respecta a las aspiraciones de Marcelo Ebrard).

Sea como fuere, las nuevas comisiones seguramente volverán a ser una fuente rica en declaraciones estridentes y nutriente natural de encabezados periodísticos, pero nada más. Si la clase política quisiera verdaderamente honrar la memoria de Colosio, debería darse cuenta de que aquel mítico discurso donde el candidato veía un México de pobreza sigue vigente en nuestros días, igual que la corrupción y la inseguridad. Lo menos que podrían hacer es dejar de seguir desperdiciando el tiempo y el dinero en infiernillos.

                Twitter: @Fabiguarneros

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