A destiempo

Todo apuntaba a un círculo virtuoso de crecimiento en lo externo y también en lo interno, derivado este último del aumento del gasto público en un año electoral.

Mucho se ha dicho con respecto a la aprobación de las reformas estructurales, principalmente en telecomunicaciones y energética: que llegan tarde, o que son insuficientes como para detonar el crecimiento económico que el país requiere urgentemente. Y es que la mala suerte de estar, casi siempre, desfasados del entorno internacional, es otra de las razones por las cuales la frustración de la ciudadanía se agudiza ante la falta de resultados concretos en el corto plazo.

Durante la recesión de 2009 países como Brasil y otros, consiguieron librar el temporal por su estrecha conexión con la economía china, lo que les permitió mantener niveles altos de crecimiento en un entorno de alto consumo en esa potencia asiática. Mientras tanto México, atado para bien y para mal con el mercado de Estados Unidos, corrió la suerte del gigante del norte y quedó atorado durante el largo periodo de recuperación mundial de la llamada “crisis de las hipotecas”. La expansión económica estadunidense de los últimos dos años, generó un boom de exportaciones manufactureras —principalmente en el sector automotriz— nunca antes visto en nuestro país.

Todo apuntaba a un círculo virtuoso de crecimiento en lo externo y también en lo interno, derivado este último del aumento del gasto público en un año electoral. Pero de un momento a otro el escenario económico internacional se descompuso. La aprobación de las grandes reformas y de la mayoría de sus leyes reglamentarias, coincidió con el desplome brutal de los precios del petróleo y otras materias primas, la parálisis de la economía china y la devaluación de su moneda que afecta nuestras exportaciones a Estados Unidos, y la inminente alza en las tasas de interés por parte de la Reserva Federal estadunidense con un dólar ya fortalecido y que amenaza con seguir subiendo frente a las demás monedas del mundo.

Así, el temor ante la posibilidad de otro bajón abrupto en el ritmo de crecimiento de la mayoría de las economías del planeta ha golpeado fuertemente la expectativa de éxito de un México reformado y abierto a la inversión de todo tipo. Nuestra expansión del mercado interno no alcanza a compensar la tormenta externa, y la llegada de capitales al sector energético como consecuencias de la reforma se ha detenido, a la espera de nuevas señales que confirmen o no la posible rentabilidad en la exploración de pozos petroleros en aguas profundas.

Y aunque tenemos los niveles más bajos de inflación de la historia, el fantasma de un repunte en precios a consecuencia de la devaluación del peso sigue rondando la mente de los responsables de controlarla en el Banco de México. Subir las tasas de interés antes de que lo hagan en Estados Unidos podría bajar la presión cambiaria, pero reduciría el ya de por sí magro crecimiento económico e, incluso, podría provocar la necesidad de un nuevo aumento en el costo del dinero una vez que la autoridad monetaria estadunidense eleve el costo del mismo.

Una vez más perdimos la oportunidad. Los tiempos económicos no coinciden con el reloj mexicano, el cual luce sin sincronización alguna frente a los cambios mundiales. La Reforma Energética tardía hoy tiene que enfrentar bajos precios del petróleo, y los cambios estructurales de fondo se enfrentan a un escenario internacional adverso. 

El atraso de, al menos, diez años en la realización de las modificaciones profundas aprobadas recientemente en México, nos aleja de nuevo del gran salto prometido por la alternancia panista y el retorno priista. Hoy estamos pagando con menor inversión y crecimiento el no haber podido acelerar medidas que eran urgentes entonces, y que hoy se ven desfasadas. Ni modo, llegar tarde cuesta y cuesta mucho.

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