A propósito de Boko Haram y las niñas secuestradas

El secuestro de niñas en Nigeria muestra la discriminación contra las mujeres.

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Esther Shabot 25/05/2014 00:31
A propósito de Boko Haram y las niñas secuestradas

La indignación por el secuestro de las niñas nigerianas a manos de Boko Haram ha cobrado proporciones gigantescas al representar una de las más indignantes y atroces muestras de la opresión y desigualdad de género que reinan en gran parte de nuestro mundo. No es que sean una novedad los maltratos e injusticias sin fin contra multitud de mujeres en el planeta, pero lo que ha ocurrido en Nigeria ha vuelto a poner en evidencia de una manera brutal lo mucho que aún queda por cambiar en cuanto a esta lacra que avergüenza al género humano. A pesar de avances importantes en el último siglo, sigue siendo evidente que persisten poderes políticos, modelos culturales ancestrales y religiones interpretadas a modo, obsesionados con mantener la sumisión y la desigualdad femenina a toda costa. Sobre todo el resurgimiento de fundamentalismos religiosos altamente fanatizados ha sido el motor para pretender meter reversa en las mejorías relativas registradas en cuanto a la condición femenina.

En este contexto y haciendo un poco de historia para ilustrar la resistencia a los cambios, vale la pena recordar lo ocurrido en la Magna Conferencia Internacional sobre las Mujeres, celebrada en Copenhague en 1980. En aquella ocasión, estaba planeada la participación de Jehan Sadat, esposa del entonces presidente egipcio Anwar Sadat, quien se caracterizó por su denodado esfuerzo encaminado a cambiar el estatus de las mujeres en las sociedades árabes e islámicas. De hecho, ella fue un personaje clave para la promulgación en Egipto de las llamadas “leyes Jehan”, en pro de mayores derechos para las mujeres, siendo además fundadora de la Liga Árabe-Africana de Mujeres.

El discurso programado de Jehan Sadat en Copenhague se encontró sin embargo con serias dificultades. Varios gobiernos árabes ordenaron a sus delegadas abandonar la sala para boicotear así la comparecencia de la esposa del Presidente egipcio, bajo la consideración de que había que rechazar de antemano lo que se sabía que ella iba a decir. Y poniendo en una cápsula lo que dijo, complementado con otras intervenciones, fue simplemente que era imperioso mejorar el papel de las mujeres en sus sociedades mediante más derechos, más educación, más participación económica, política y cultural en sus entornos y mayor reconocimiento y respeto a su contribución general a la vida colectiva, a la paz y al combate al racismo y la discriminación.

Las delegadas de Arabia Saudita, Omán y los Emiratos Árabes, obligadas por las órdenes de sus respectivos gobiernos, no tuvieron más remedio que retirarse de la sala cuando se anunció que la señora Sadat iba a tomar la palabra. La postura oficial de sus países se revelaba así con claridad: no había disposición alguna ni siquiera de escuchar un programa de acción tan general como ése, en la medida en que atentaba contra el orden jerárquico imperante en esas regiones, donde la pretensión de obtener tales derechos era anatema. Sin embargo, fue altamente significativo que antes de abandonar el recinto, las delegadas se acercaron a Jehan Sadat, estrecharon su mano y la abrazaron, en un gesto elocuente y conmovedor de su postura real, a contracorriente sin duda de las disposiciones ferozmente misóginas provenientes de regímenes liderados única y exclusivamente por hombres para los cuales las mujeres son menos seres humanos que ellos. La ordalía actual de las niñas de Nigeria, si bien con características y matices distintos, no es sino una mutación de esa misma veta de discriminación y crueldad contra las mujeres asentada sobre interpretaciones religiosas mañosas y aberrantes.

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