Nigeria: la educación como pecado

Boko Haram condena cualquier actividad que sea parte de la cultura occidental.

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Esther Shabot 09/03/2014 00:00
Nigeria: la educación como pecado

Graves y múltiples crisis en el escenario internacional concentran actualmente la atención: Ucrania, Siria, Venezuela e Irán son, por estos días, los principales focos de atención de los medios encargados de informar qué pasa en el mundo. La importancia geoestratégica y económica de los conflictos asociados a los citados países hace que otros acontecimientos, también graves en extremo, no capturen más que un reducido y esporádico espacio en los medios informativos, ya que sus implicaciones se juzgan como de trascendencia sólo local y sin demasiados efectos para la economía o la política global.

Uno de estos casos radica sin duda en la repetición, una y otra vez, de atroces matanzas en Nigeria por parte de la organización islamista Boko Haram, cuyos blancos de ataque han sido iglesias cristianas, escuelas, mercados o espacios donde se observa alguna competencia deportiva. Tan sólo la semana pasada, 90 personas murieron en un ataque contra los asistentes a una boda y los espectadores de un partido de futbol al interior de un cine. Boko Haram se traduce como “la educación occidental es pecado”, de tal suerte que cualquier actividad considerada como parte de la cultura occidental, al ser esencialmente pecaminosa, exige, según estos islamistas, la eliminación física de quienes la practican.

Las confrontaciones religiosas han sido comunes en Nigeria, pero cada vez se exacerban más. Nigeria es el país más poblado de África con 170 millones de habitantes, los cuales se dividen casi por partes iguales en cristianos y musulmanes. Su región norte es predominantemente musulmana —de hecho, en sus 12 estados norteños prevalece la Sharía o ley islámica desde 1999—, mientras que el sur es mayoritariamente cristiano. Boko Haram constituye una rama del Al Qaeda africano y sus acciones violentas se han concentrado en la norteña ciudad de Jos, de un millón de habitantes, donde habitan conjuntamente miembros de ambas religiones. De hecho, las matanzas comenzaron ahí desde hace 11 años y han cobrado millares de víctimas mortales con el consecuente clima de pánico y desconfianza mutua entre sus habitantes, cuyas experiencias incluyen también macabros operativos de venganza de los cristianos que, en ocasiones, luego de asesinar a sus rivales, han cometido actos de canibalismo contra sus víctimas. Y ni qué decir de las campañas de secuestro de mujeres adolescentes cristianas por parte de bandas musulmanas, cuyo propósito es explotar de diversas formas a sus víctimas luego de convertirlas forzadamente al Islam.

El gobierno central no ha conseguido hasta ahora detener esta aterrorizante espiral de violencia que ha sobrepasado sus capacidades de control. Tampoco la comunidad internacional ha intervenido de algún modo para ello. Nigeria constituye, hoy por hoy, un escenario que recuerda a Irlanda del Norte en el siglo pasado o peor aún, a Europa durante el siglo XVI, cuando las guerras de religión tras la Reforma diezmaron a la población del continente. La idea de una partición de Nigeria, como en su tiempo operó la secesión de Pakistán de India, no se contempla como viable por ahora, pero por otra parte, la creciente frecuencia de los ataques y la descomposición que imprimen en el tejido social nigeriano hacen prever un futuro cada vez más sombrío para esta gigantesca nación africana a la que, paradójicamente, los grandes
actores de la política internacional, lo mismo que los altos dirigentes de la cristiandad y del Islam, siguen ignorando irresponsablemente.

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