¿Dónde están los principios?

El desconocimiento de cómo funcionan los organismos internacionales y de los países del área le está costando a nuestros funcionarios que llevan la diplomacia.

Durante esta semana han ocurrido dos hechos importantes que, si bien no están relacionados, demuestran en qué estado se encuentra la sociedad mexicana. El primero de ellos se refiere a la reunión de la Organización de Estados Americanos (OEA), efectuada en la ciudad de Cancún, cuyo tema central fue lo que sucede en el país hermano Venezuela, y en donde inusitadamente la novel diplomacia mexicana demostró que le falta mucho para ser lo que era: un orgullo del país.

Sin duda, la actual administración venezolana es un desastre, la situación es caótica y sin visos de resolverse al corto plazo, y los inaceptables y ofensivos comentarios de la canciller venezolana lo demuestran, pero de ahí a pretender inmiscuirse en sus asuntos internos, como lo ha intentado el gobierno mexicano, es romper una tradición que tenía reconocimiento mundial.

Da la impresión de que estamos al servicio del lamentable gobierno del señor Trump, quien es el más interesado en derrocar al presidente Maduro. Sorprendió la ausencia del principal responsable de la política exterior estadunidense, quien adujo un pretexto banal para enviar a un subsecretario en su lugar.

Como nuestros funcionarios están aprendiendo, acorde con sus propias palabras, el desconocimiento de cómo funcionan los organismos internacionales y de los países del área les está costando. Se dice que antes de entrar a la votación la delegación mexicana estaba exultante, garantizando los votos necesarios para respaldar la declaración preparada previamente. Sin embargo, el resultado fue un fracaso rotundo, al no reunir los votos necesarios.

Quién iba a decir que un área de la administración pública que gozaba de un prestigio de décadas no supo hacer su trabajo. El siglo pasado fue testigo de grandes acciones de México en política exterior. Por mencionar algunos, tuvimos la defensa del derecho de asilo, se recibió con los brazos abiertos a exilados de diferentes dictaduras, desde la del siniestro Franco, hasta las de los gorilas militares que gobernaron parte de América del Sur; vivimos la honrosa posición de nuestro país dentro de la OEA al ser el único que no rompió relaciones con Cuba y el digno papel que jugamos en Nicaragua durante la Revolución Sandinista. Todas estas acciones nos enorgullecieron, a pesar de las presiones habidas, sobre todo del vecino del norte.

¿Por qué ahora nos estamos involucrando innecesariamente? La única respuesta es que se debe a la falta de conocimiento y al no entender qué ha sido México en materia de política exterior. Habría que recordar que hubo grandes mexicanos a cargo de las relaciones exteriores en momentos más difíciles, como por ejemplo Luis Padilla Nervo, Jaime Torres Bodet, Manuel Tello, Jorge Castañeda y Álvarez de la Rosa y Fernando Solana, entre otros.

El otro tema, sin relación con el anterior, es el referente a la bronca habida entre estudiantes de dos instituciones pertenecientes a la, con razón, mal afamada organización de los Legionarios de Cristo.

El pleito, que produjo heridos, fue protagonizado por jóvenes que pertenecen a la alta burguesía mexicana (recordemos que las colegiaturas anuales rebasan los 100 mil pesos), quienes tienen la vida resuelta y, a pesar de ello, se comportan como delincuentes.

Qué tipo de educación ética reciben los alumnos de estas escuelas que aparecen muy publicitadas en revistas de sociales, que van de fiesta en fiesta luciendo sus mejores trajes, pero el traje principal, que es el de la moral, lo tienen en el clóset de sus casas y escuelas. Aunado a ello, están los elementos de seguridad que los protegen y que, según los medios, también participaron en la gresca.

Estos dos hechos denotan que algo grave está pasando en varios de los sectores de nuestra sociedad y, dada la situación del país, donde supuestamente todo se puede hacer: olvidar el pasado honroso de nuestra política exterior y no ver la pobre educación cívica que se imparte en muchas escuelas particulares, varias de ellas a cargo de organizaciones religiosas.

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