Agobio
No sabemos si algún día se aprobará
en el Congreso federal la propuesta
de la denominada Ley de Seguridad Interior, pero en muchos lugares, como
se sabe, ya actúan las Fuerzas Armadas
y la situación no parece mejorar.
Cada día que pasa el agobio es mayor para muchos mexicanos, no sólo los que están sufriendo directamente el embate del loco señor Trump, sino de los que vivimos en México.
Los medios de comunicación en su gran mayoría, ya sea impresos, radio, televisión y las redes, dan cuenta de la situación de ingobernabilidad en la cual se encuentran varias partes del país y, por más esfuerzos que hace el gobierno para evitarlo, con policía e incluso ejército, y presentar otra imagen de la realidad, lo que prevalece conduce a un mayor hartazgo, miedo e inseguridad día a día.
El dominio de los cárteles de la droga sobre grandes extensiones del país es un hecho innegable, las luchas entre unos y otros por el control del territorio está a la orden del día, con muertes donde antes era impensable, como son los casos de los estados de Colima, Baja California Sur y Quintana Roo, por no mencionar a los tradicionales de Guerrero, Michoacán, Oaxaca, Sinaloa y Veracruz, entre otros. En varios de éstos la principal fuente de ingresos es el turismo.
No sabemos si algún día se aprobará en el Congreso federal la propuesta de la denominada Ley de Seguridad Interior, pero en muchos lugares, como se sabe, ya actúan las Fuerzas Armadas y la situación no parece mejorar, lo cual es un indicativo del nivel de desprecio y prepotencia de los cárteles y demás fauna que hace de las suyas en varias entidades federativas.
Sin embargo, no sólo son las bandas criminales las que están derrotando a las autoridades, también lo hacen simples grupos de vándalos que agobian a la población con asaltos, secuestros y desprecio a la ley. Los medios de comunicación, principalmente las redes sociales, dan cuenta de ello.
En la capital del país, la gran estrenada Ciudad de México, la impunidad de estos grupos es pan de todos los días y la incapacidad de las autoridades muchas veces es manifiesta, a pesar de las declaraciones o las supuestas disposiciones para evitar la violación de las leyes.
Estoy seguro de que se hace todo el esfuerzo para evitarlo, pero hasta ahora están ganando los malos y ésta es la impresión generalizada. No me refiero únicamente a las acciones más violentas, sino también a aquéllas en las que uno creería que la autoridad es autoridad cuando emite una disposición que difunde por todos los medios.
Un ejemplo de lo anterior, que no tiene nada que ver con la violencia de los cárteles, sino con cosas que se suponen más sencillas de controlar, es el que supuestamente ahora todos los automóviles de escoltas de funcionarios o particulares deben estar balizados, es decir, traer impreso algún mensaje que diga que es automóvil de escolta. Sin embargo, uno los ve circular tan orondos y sólo un pequeño grupo lo cumple. ¿Ha hecho algo la autoridad para obligarlos a cumplirlo? Lo desconozco, pero si es así, poco caso le han hecho.
Otro ejemplo que pareciera no tener importancia es cuando subieron el precio del boleto del Metro, y de nuevo muy severos dijeron que, entre otras ventajas, serviría para eliminar el ambulantaje en este tipo de transporte. Ya han pasado más de dos años. Los primeros días había policías en las estaciones y en los vagones, pero hoy nos encontramos con más ambulantes que antes, sin que la policía ni las autoridades hagan algo. Yo quisiera saber con qué cara van a querer aumentar el precio del boleto, si no han cumplido con lo que dijeron, publicaron y presumieron. Lo peor de este ejemplo es que estamos hablando de la principal ciudad del país, en un área totalmente confinada y que, supuestamente, sería fácil de controlar y ni así pueden.
Sirvan estos ejemplos para que las autoridades federales y locales también comprendan el porqué del llamado humor social, el porqué del agobio, el porqué del miedo, el porqué del hartazgo, el porqué de que la población, violando la ley en actos totalmente reprobables, realice acciones brutales que implican incluso el asesinato de personas supuestamente delincuentes, es decir, ¡Fuenteovejuna, señor!, ante la ineficacia y lo que muchos ven como indolencia gubernamental.
