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La percepción externa, y mucha de la interna, sobre cómo vamos en la mayoría de las comparaciones no es de lo más esperanzadora.
Uno de los temas que se ha puesto de moda no sólo en los organismos multilaterales, sino también en algunas universidades y empresas privadas, principalmente medios de comunicación impresos, es el de elaborar y publicar comparaciones, índices o rankings sobre países o diversos asuntos. En muchos casos, como el de las universidades, se han convertido en un jugoso negocio de algunos medios de comunicación, que ya ha llevado a algunas instituciones educativas al hartazgo, de tal manera que han optado por no participar, porque a cambio se les pide un anuncio.
Otros rankings los realizan algunas empresas con base en sus particulares puntos de vista y se van acreditando por la información que recopilan. Uno de ellos es el denominado The legatum prosperity index, elaborado desde hace varios años por un fondo de inversiones neozelandés que, además, realiza acciones en contra de la esclavitud moderna a través de un denominado “fondo de libertad” en el que están reuniendo, junto con otras empresas, 100 millones de dólares para la protección de las personas sometidas a este fenómeno.
El objetivo de este “Índice de prosperidad”, según sus patrocinadores, es que tomando en cuenta que la historia de la humanidad va más allá de la cuestión económica, aspectos como la salud, la educación, el empleo y las libertades cívicas son fundamentales para que una nación pueda prosperar.
El índice para 2015 considera la situación en 142 países del orbe y los clasifica según las calificaciones que hayan recibido en ocho temas, a su juicio los importantes, a saber: economía, oportunidades empresariales, gobernabilidad, educación, salud, seguridad, libertades personales y capital social.
Para elaborar el índice aplican una metodología desarrollada por ellos en cada uno de los temas o subíndices, combinando los elementos teóricos con la investigación empírica y utilizando 89 variables econométricas repartidas entre los temas.
El resultado obtenido en el índice de 2015 arroja que, para no variar, en la mayoría de los rankings los países mejor clasificados son los de Europa del norte, denominados por ellos los “países vikingos”. El primer lugar corresponde a Noruega y dentro de los 10 primeros están todos los demás de dicha región. El segundo lugar, por cierto, le corresponde a Suiza.
Nuestro país está clasificado en el lugar 67 y encontramos mejor ubicados a varios países de la región, como son los casos de Uruguay, que está en el lugar 32, Chile en el 33 y Costa Rica en el 34. También están por arriba de nosotros Panamá, Argentina, Brasil y Belice. Por abajo está el resto de los países centroamericanos considerados en la lista, así como Perú y Venezuela, entre otros.
Más o menos estamos en la mitad de la tabla, pero que se coloquen muy por encima algunos de América Latina dice algo de lo que nos está pasando. No sólo empresas, sino organismos multilaterales comentan también sobre el famoso Mexican moment, que no surtió, por lo menos, el efecto deseado.
La clasificación destaca que en materia de seguridad estamos en el lugar 103 de los 142 considerados, así como que en educación nos ubicamos en el 87 y en el tema de oportunidades empresariales en el lugar 81. El documento registra que Estados Unidos ocupa la posición 11, pero que en el subíndice de seguridad, un asunto de llamar la atención es que baja hasta el 33 debido al incremento de las acciones violentas; es más, dicen en el comentario sobre el tema, que Amnistía Internacional considera el nivel de violencia de nuestro vecino del norte similar al de Arabia Saudita.
Desde que esta empresa inició con este índice en 2009, año con año hemos ido descendiendo de posición; en el primer informe estábamos en el lugar 49, ya para 2012 en el 61, el año pasado en el 64 y ahora, como hemos dicho, en el 67.
Podremos coincidir o no con la metodología, pero la realidad es que la percepción externa, y mucha de la interna, sobre cómo vamos en la mayoría de las comparaciones no es de lo más esperanzadora, por lo que las autoridades tendrían que escuchar más para avanzar mejor.
