Compartir y no poseer
De esta manera a todos les sale más barato y cumplen con sus deseos.
Un fenómeno que está moviendo el piso a los principios de la economía como actualmente la conocemos es lo que se ha denominado “economía colaborativa” y está presente en casi todos los países del mundo, en algunos con gran éxito y en otros apenas iniciando.
Sin duda ataca uno de los principios básicos del sistema capitalista: la posesión de bienes como el objetivo primordial de vida, que es promovido por todos los medios de comunicación como la medida del éxito: cuantos más coches y más caros, cuantos más bienes inmuebles y cuanto mayor dinero se posea mayor es, supuestamente, la satisfacción personal.
Ante este panorama, se está alzando otra propuesta que plantea como lo más apropiado para esta época el compartir, en vez de poseer. Lo anterior, en virtud de que las actuales condiciones económicas de millones de personas les impiden poseer lo que, gracias a la publicidad desmedida, desean o lo que realmente necesitan, y la única manera de acceder a ello es compartiéndolo.
Los ejemplos son muy claros y de sentido común. Algunos de ellos se utilizan desde hace mucho tiempo, como es el caso de las cuidadoras de niños mientras los padres van a alguna fiesta o simplemente a cenar, o aquellos que cobran por cuidar perros a domicilio, mientras los dueños están de vacaciones.
Pero ahora el planteamiento es, por ejemplo ¿por qué comprar un taladro que vamos a utilizar media hora, dos o tres veces al año, cuando resulta mucho mejor alquilarlo o intercambiarlo con el dueño por otro objeto también alquilado? —Según los medios, en Estados Unidos hay 80 millones de taladros—. ¿Por qué no compartir el coche, si está parado por muchas horas, o por qué no compartir las habitaciones libres de las casas, si ya no se usan porque los hijos se han ido?
De esta manera a todos les sale más barato y cumplen con sus deseos. Según el MIT, esta economía colaborativa puede llegar a tener un potencial de 110 mil millones de dólares, muchos de los cuales no entran, ni entrarán, al mercado.
En estos días, en varios países se ha generado una controversia entre los taxistas por lo que ellos llaman competencia desleal. Lo que sucede es que han surgido algunas empresas que, haciendo uso de la tecnología, se dedican a poner de acuerdo a propietarios de coches con usuarios que requieren trasladarse. En España esto ya ha ocasionado una huelga de taxistas en Barcelona, que es la primera población de dicho país que tiene el servicio de coches compartidos, al margen de los taxis.
Otra acción colaborativa es la referente al alquiler de cuartos. Como ejemplo podemos mencionar a una empresa denominada Airbnb, creada en 2007, la cual ha conseguido habitaciones para cerca de diez millones de personas en casas particulares, a precios mucho más reducidos que los de un hotel.
Estas acciones colaborativas se extienden a diversos rubros, como son las bicicletas, el intercambio de casas por semanas o meses, ropa usada, juguetes, comida, películas, etcétera.
Hasta ahora, las autoridades no han sabido qué hacer con este fenómeno que, por un lado, facilita a muchos obtener, por el tiempo que requieran, los bienes o servicios a precios accesibles, pero por el otro, afrenta a sectores constituidos, como la hotelería o el servicio de taxis. Además, bajo este esquema colaborativo se han creado algunos gigantes, como la empresa Uber, que opera en 132 países, México incluido, y está valorada en 18 mil millones de dólares, dedicándose únicamente al ramo del automóvil compartido.
Se mencionan muchas razones sociales para el éxito de este esquema; como que el aumento en la población conectada logra reducir los precios y que, supuestamente, se genera una mayor conciencia ambiental, pues la reutilización, el mantenimiento y, sobre todo, la maximización del uso y la vida útil de los bienes cambia nuestros hábitos de consumo en favor de una mejor utilización de ellos, con menos derroche.
El mensaje es claro: no es necesario acumular, es mejor intercambiar.
