Del laicismo ‘jacobino’ a una laicidad positiva…
Ante la clase política y empresarial, el Papa explicó que hoy se busca “el beneficio de unos pocos en detrimento del bien de todos”.
Unos minutos apenas bastaron a Francisco y al presidente Enrique Peña Nieto para sepultar, o encaminar hacia la tumba al menos, al rancio laicismo jacobino propio de nuestro “viejo” sistema político, y para dar paso a una laicidad positiva que no sólo respeta y reconoce a los diversos credos en un entorno de auténtica libertad, sino que suma en favor del desarrollo y construcción del bien común —“ese bien que en este siglo XXI no goza de buen mercado”, diría el Papa—, principios y valores de la religión, del catolicismo en particular.
Sólo unos minutos fueron suficientes para que, ante lo más selecto de nuestra clase política y empresarial, en el mismísimo patio central de Palacio Nacional, el Pontífice (que sabía con quiénes hablaba) explicitara que cada vez que se busca “el camino del privilegio o beneficio de unos pocos en detrimento del bien de todos, tarde o temprano, la vida en sociedad se vuelve un terreno fértil para la corrupción, el narcotráfico, la exclusión de las culturas diferentes, la violencia e incluso el tráfico de personas, el secuestro y la muerte, causando sufrimiento y frenando el desarrollo”.
Luego, explicitó su convicción de que a los dirigentes de la vida social, cultural y política (del país), muchos ahí presentes, corresponde de modo especial “trabajar para ofrecer a todos los ciudadanos la oportunidad de ser dignos actores de su propio destino, en su familia y en todos los círculos en los que se desarrolla la sociabilidad humana, ayudándoles a un acceso efectivo a los bienes materiales y espirituales indispensables: vivienda adecuada, trabajo digno, alimento, justicia real, seguridad efectiva, un ambiente sano y de paz”…
Antes, en su mensaje de bienvenida, el presidente Peña había reconocido en él no sólo al jefe de Estado a quien “el gobierno de México reconoce con honores” sino, también —a nombre del Estado, se entiende— “al líder sensible y visionario que está acercando a una institución milenaria a las nuevas generaciones, al Papa reformador que está llevando a la Iglesia católica al encuentro con la gente… Su Santidad, México lo quiere; México quiere al papa Francisco por su sencillez, por su bondad, por su calidez. Usted tiene un hogar en el corazón de millones de mexicanos”.
Y por si algo faltara: “… de ahí la importancia de tener un Estado laico, como lo es el Estado mexicano, que al velar por la libertad religiosa, protege la diversidad y la dignidad humana” primero y, luego, la personal presencia y comunión eucarística del propio Ejecutivo —primera de un Presidente priista— en el marco de la misa solemne que en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe presidió el propio Obispo de Roma.
A la vista de lo ocurrido en el patio central de Palacio Nacional entonces, al margen incluso de lo ocurrido en la recepción oficial previa, es dable sostener que, se quiera o no, México transita cada vez de manera más acelerada hacia la asunción de una laicidad positiva que, en palabras del ahora emérito Benedicto XVI contribuye mejor, de manera más efectiva al desarrollo de las comunidades y a la construcción del bien común que la carencia de diálogo y encuentro entre el Estado y las iglesias.
Ayer sí, se lanzó una palada más a la tumba del laicismo jacobino antirreligioso e intolerante que por décadas, poco más de siete hasta antes de 2000, caracterizó al sistema…
ASTERISCOS
*Minutos los mencionados que, si bien fueron pocos, bastaron para exhibir la incongruencia de no pocos de nuestros políticos que, lejos de su tradicional discurso ajeno, cuando no abiertamente opuesto a la doctrina de la Iglesia de Francisco, a quien aplaudieron, intercambiaron empujones y codazos ante al presidente Peña buscando acercarse a aquél. Ahí, entre otros, los Graco, Navarrete, Robles, Anaya, Mancera y más, muchos más…
Veámonos aquí mañana, con otro asunto De Naturaleza Política.
