Alusivo, no elusivo, el mensaje papal
Es verdad que existen temas que pudieran suscitar cierto resquemor y malestar, tirantez incluso, en algunos niveles de gobierno.
Al margen, más allá del inútil, intrascendente debate promovido (por los menos) sobre el carácter político o eminentemente pastoral de su visita, nunca antes como ahora queda claro si el papa Francisco viene a México, como definió él mismo, no con la intención de “tapar nada…” —al gobierno o a cualquiera otro actor social—, sino que, “al contrario, (su propósito) es exhortarlos a la lucha de todos los días contra la corrupción, el tráfico (de drogas), la guerra, la desunión, el crimen organizado y la trata de personas”.
Hablamos, para decirlo pronto, de un mensaje que se anuncia “no elusivo sino alusivo…”; es decir, una propuesta enderezada a responder a las múltiples dudas e inquietudes existentes a nivel social, respecto de una realidad caracterizada por el hecho innegable de que más de la mitad de la población nacional vive en condiciones de pobreza, el exponencial crecimiento de la violencia en amplias zonas del territorio o, por sólo citar otro elemento, la vergonzosa discrecionalidad imperante en lo referente a impartición de justicia.
Por ello entonces es que, insistamos, los temas de Francisco no pueden ser otros que los que han hecho de su pontificado un referente a nivel internacional y que, de alguna manera, se prefiguran en la agenda a cumplir desde el momento de su arribo, hoy mismo al filo de las 19:30 horas aquí, hasta su despedida el miércoles a una hora similar: justicia social, respeto a los derechos de indígenas y migrantes, atención a las víctimas de la violencia, salvaguarda de la juventud y, tan importante como los anteriores, la necesaria defensa de la vida y la familia.
Y esto, la mencionada “prefiguración de temas”, en virtud de que fue el propio sucesor de Pedro quien definió con qué universos de la población mexicana se iba a entrevistar.
Fue él, se sabe bien al más alto nivel gubernamental y de la jerarquía católica, quien eligió viajar a San Cristóbal de las Casas, centro neurálgico del indigenismo y paso obligado de la migración centroamericana a Estados Unidos, como lo es también Ciudad Juárez en el norte; a Tuxtla Gutiérrez, para encontrase con representantes de las familias y defensores de la vida y de los niños; a Morelia, asiento de la arquidiócesis de su amigo, el cardenal Alberto Suárez Inda, para encontrarse con jóvenes y religiosos(as) o, en la capital, que eligió la Catedral para reunirse ahí con todos los obispos, arzobispos y cardenales.
Es verdad que existen temas que, merced al tratamiento que de ellos haga el papa Francisco y la interpretación que de sus palabras se haga, pudieran suscitar cierto resquemor y malestar, tirantez incluso en algunos niveles de gobierno. Ello, sin embargo, no parece suficiente para minimizar el beneficio que a nivel social, sin duda, derivará de su presencia en México y, menos, de cara a un eventual relanzamiento de la relación bilateral que, no sobra recordar, cumplirá el próximo año 25 años de su normalización.
ASTERISCOS
* Tal como adelantamos aquí mismo el pasado lunes, el presidente Enrique Peña Nieto y su familia concurrirán, en cuanto que ciudadanos, a la magna celebración eucarística que en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe encabezará, la tarde del sábado, el Pontífice. Antes, lo sabemos, el jefe del Ejecutivo y su homólogo del Estado Vaticano se habrán encontrado y conversado ya, en privado, en Palacio Nacional.
* Sin desperdicio, representativo del “nuevo México”, la descripción que del Papa realizó ayer Manlio Fabio Beltrones. Es, dijo, “un promotor de diversos temas de la agenda global: la paz, la defensa del ambiente, la protección de quienes escapan de la guerra, la lucha contra la violencia, el daño causado por las adicciones y el tráfico de drogas, el combate de pobreza y desigualdad, así como la defensa y protección de menores y mujeres”.
Veámonos el domingo, con otro asunto De naturaleza política.
