Ad Limina tricolor…

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Enrique Aranda 02/05/2014 01:05
Ad Limina tricolor…

Apenas al concluir, hoy, la última sesión de su XCVII plenaria en la que, por cierto, tendrán al presidente Enrique Peña Nieto como invitado especial, los poco más de un centenar de cardenales, arzobispos y obispos mexicanos deberán viajar a Roma para, en tres grupos, reunirse con el papa Francisco y presentar ante él un informe detallado de la situación en que se encuentran las diócesis que gobiernan y, eventualmente, diseñar alternativas de acción para el futuro.

En los próximos días, efectivamente, encabezados por el cardenal Francisco Robles Ortega, presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, y bajo la coordinación de Ramón Castro Castro, obispo de Cuernavaca, los jerarcas católicos cumplirán, durante todo mayo y como cada cinco años, la obligación canónica de realizar la denominada Visita ad Limina Apostolorum para dar cuenta del estado moral, espiritual y estructural de sus diócesis.

Por ello, entre otras cosas, es que a no pocos llamó la atención el contenido del mensaje que, bajo el sugestivo título de “Por México ¡actuemos!” y en un tono inusualmente duro, los prelados asumen “las inquietudes de nuestro pueblo” y, de cara a las recién aprobadas reformas constitucionales, se preguntan “de qué manera (éstas) serán benéficas sobre todo para los que han estado permanentemente desfavorecidos, o si (sólo) serán una nueva oportunidad para aquellos acostumbrados a depredar los bienes del país” para, luego, urgir a la participación social conscientes de que “el país es de todos y entre todos debemos sacarlo adelante…”.

Ello, no sin advertir sobre el riesgo de que, en el caso de la Reforma Educativa, por ejemplo, se deje de lado aquello de que “¡sin educación de calidad no hay personas ni pueblos libres!” y sí, en contraste, la misma no haga más que “alimentar (el surgimiento de) una nueva estructura burocrática que sólo defienda sus intereses” o, en otro caso, que los cambios en materia política, no sólo no garanticen la consolidación de una auténtica democracia y una real participación ciudadana sino que, ante la ausencia de un verdadero amor al prójimo y vocación de servicio por parte de los políticos, se dé paso a “una búsqueda ambiciosa de pedazos de poder”.

O bien, el cuestionamiento que aseguran ellos mismos se hacen sobre ¿qué garantizará que la Reforma Fiscal fomente una contribución verdaderamente justa, equitativa, corresponsable, clara, sin complejos y que sea utilizada con honestidad y transparencia para construir un país con menos desigualdades, que favorezca el empleo digno y bien remunerado y las inversiones?” o, en contrario, ¿qué garantizará (que la misma) no sea “una maraña en la que puedan evadirse o esconderse quienes se benefician de los recursos del pueblo de México?”.

Revelador texto, éste, pues, en el que, amén exponer sus propias e indiscutiblemente generalizadas inquietudes, la jerarquía mexicana pareció alinear su mensaje con el del obispo de Roma con quien, coincidentemente, pronto deberá encontrarse…

Veámonos el domingo, con otro asunto De naturaleza política.

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