Relumbrante oscuridad
Por paradójico que suene, hay mucho que ver en la oscuridad. Eso lo saben mejor los pintores, que trabajan con luz y con la ausencia de luz. En su Tratado de la pintura, Leonardo da Vinci se refirió a la sombra, “... llamada por su propio vocablo, habría de ser llamada ausencia de luz, aplicada a la superficie de los cuerpos; su principio está en el fin de la luz y su fin está en las tinieblas”. El maestro renacentista también estableció una diferencia: “La sombra es disminución de luz y tinieblas es la ausencia integral de esa luz”
Por Fernando Islas
Restan algunas horas de estas vacaciones de inicio de año, por lo que una buena opción es visitar el siempre espléndido Museo Nacional de San Carlos (MNSC) y recorrer Relumbrante Oscuridad, la exposición del pintor Juan Carlos del Valle, que se propuso dialogar pictóricamente con algunas obras de grandes maestros de la colección del recinto como Goya, autor, entre su vasta producción, de las Pinturas negras, o Durero, de quien se exhibe en esta ocasión su muy famosa imagen El caballero, la muerte y el diablo, de 1513. Frente a ellos o al lado de ellos, Del Valle asume una tradición. Departe con trabajos previos, se mira en el espejo de los clásicos y toma una estafeta que sus contemporáneos suelen pasar por alto.
En el proceso de selección de piezas para esta muestra, Del Valle tuvo la decidida colaboración de la curadora Blanca González Rosas, también crítica de arte de la revista Proceso, quien desarrolló un eje temático que dio la pauta para escoger las obras de los artistas directamente de la bodega del museo y establecer una museografía, digamos, “cerrada”. De ahí que se haya comentado que se trata de una exposición “íntima, de gabinete”, que tiene una “confluencia genuina de almas” a partir del marco teórico del Romanticismo Oscuro, el cual, aseguran Del Valle y González Rosas, nunca antes se había trabajado en México en un espacio museístico.
Hablar de la oscuridad en el arte es, muchas veces, hablar de la imaginación. En ese sentido, el color se ha utilizado simbólicamente en todas las civilizaciones. El negro, asociado a las tinieblas, funge como emblema del luto, la penitencia y la muerte. “Es un color negativo que denota las cualidades negativas del mal, de la muerte y del inframundo”, explica la historiadora Gertrude Grace Sill (A Handbook of Symbols in Christian Art, Simon & Schuster, 1975) En ese sentido, Relumbrante Oscuridad muestra escenas de fantasía, muerte, infierno y noche. Mucha noche.
En el texto de sala, González Rosas escribe que “al igual que el Romanticismo Oscuro que se desarrolló entre la segunda mitad del siglo XVIII y la primera del XIX, la obra de Juan Carlos del Valle se impone con estéticas sublimes en las que lo fantástico, terrorífico y místico borra los límites entre la realidad y la fantasía. En su obra, la oscuridad desestabiliza lo misterioso, manteniendo una sutil tensión entre lo real, la realidad y la ficción”.
La obra de los pintores habla casi todo de ellos, pero para conocerla a cabalidad no está de más, si es posible, echar un vistazo a sus talleres. El espacio de trabajo de Juan Carlos del Valle, ordenado y pulcro, tiene aspecto de una galería. En él dispone de varias ventanitas con sus respectivas puertas con las que se auxilia para pintar con diversas luminosidades. Asegura que el principio rector de su obra es el estudio abstracto de la luz, la oscuridad y la interacción entre ambas. Las pequeñas ventanas referidas le permiten modular la luz y generar distintas atmósferas. Por ejemplo, si las cierra todas advierte que, a partir de la oscuridad se expande su visión y puede acceder a ámbitos que trascienden lo visible.
En las pinturas que presenta en el MNSC, cuya producción es reciente, Del Valle, más allá de una obvia dualidad, invita a contemplar la unión entre la luz y la oscuridad. De las horas de trabajo en su estudio surgieron quimeras como Volando II, El camino, Las ánimas, Procesión o Nueva era, todos óleos sobre tela de pequeños formatos con pinceladas ligeras y controladas, pero también voraces. Se diría que de las penumbras de su taller encontró la fantasía y los seres que protagonizan Relumbrante Oscuridad.
Pero el tête à tête visual de la obra de Del Valle con las piezas elegidas de las bodegas de San Carlos es un encuentro del potencial pictórico y conceptual que surge desde la oscuridad. De ahí que la exposición guarde afinidades y semejanzas. Acaso esta muestra abra de nuevo la discusión de que en la historia del arte la oscuridad no es un fin sino un canal de creación, una alternativa para ver la luz y generar ficciones que escapan, felizmente, a la razón.
