La primavera nuclear

Se expande y se organiza el terrorismo y no podemos estar seguros de que no podrá obtener armas nucleares de una u otra forma.

Por Luiz Filipe de Macedo Soares*

Hay en el aire una sensación de inseguridad en lo que respecta a la situación internacional. La idea de que el fin de la Guerra Fría sería el fin de la historia, abriendo un mundo sonriente de paz se ha probado ingenua. No voy aquí a ocuparme de los conflictos que desde los años 90 han ocupado las portadas y noticieros. Se han multiplicado, expandido y agravado. El terrorismo no es cosa nueva, pero hoy es más fuerte y organizado.

Las armas nucleares que se encontraban en Ucrania, Bielorrusia y Kazajistán, países antes partes del bloque soviético, fueron eliminadas. Pero Rusia misma guardó su arsenal, comparable al de su antiguo enemigo.

Ese cuadro ha sido razón suficiente para mantener el instrumento estratégico principal de la Guerra Fría del lado occidental: la Alianza del Atlántico Norte, conocida por la sigla OTAN.

Con altos y bajos, en gran parte debido a la acomodación de Rusia a su nueva realidad y también a los conflictos mencionados, pudo hacerse un acercamiento entre las dos superpotencias ya no paritarias. En 2010 llegaron a firmar un importante acuerdo que ampliaba uno anterior, el de reducción de armas estratégicas (por la sigla en inglés START III). Pero en los últimos años es público el deterioro del entendimiento y de la comunicación entre los dos países.

Tienen cada uno de ellos algo como siete mil armas nucleares  de las cuales cerca de mil 700 están emplazadas para lanzamiento en cuestión de minutos.

Otros siete países también poseen armas nucleares. Tres —Gran Bretaña, Francia y China— con arsenales entre 200 y 300 armas. Los dos primeros, hay que recordar, pertenecen a la OTAN. Israel, India y Pakistán tienen arsenales menores. Finalmente, Corea del Norte apenas empieza su carrera nuclear.

Todos esos siete países tienen sus armas con la finalidad de defenderse en sus contextos básicamente regionales. Francia y Gran Bretaña, sin embargo, se incluyen en la estrategia de la OTAN, mientras que China tiene intereses e influencia cada vez más amplios, que sobrepasan su cuadro regional.

Tengamos presente que los principales poseedores están empeñados en enormes programas de modernización de sus bombas para hacerlas más eficientes, livianas, penetrantes, pero no menos destructoras y aterrorizantes.

Las potencias nucleares casi todas publican políticas específicas en que buscan definir las condiciones de posible uso de sus armas. Esas políticas no son todas iguales y presentan variaciones en el tiempo. Ninguno de esos textos o discursos nos puede tranquilizar. Convengamos que si tuviéramos total garantía el problema perdería mucho de su importancia. Hace mucho tiempo, por cierto, que los países que no tienen armas nucleares piden que los poseedores firmen un tratado garantizando que no usarán sus armas en contra de los que no las tienen. Las potencias nucleares declaran tal garantía, mas no aceptan firmar un contrato.

Hay una creciente preocupación con la seguridad nuclear. Libros y artículos nos cuentan cada vez más acerca de ocurrencias, errores y accidentes que, varias veces, casi llevaron al mundo al temido Armagedón nuclear. Por otro lado, se expande y se organiza el terrorismo y no podemos estar seguros de que no podrá obtener armas nucleares de una u otra forma.

 Desde mucho tiempo atrás conocemos las teorías estratégicas entorno al concepto de disuasión, que es el centro de la argumentación de las potencias nucleares y sus aliados. Libros, documentos de trabajo, artículos, toda una biblioteca producida por sofisticados intelectuales y técnicos debían de convencernos, pero no lo logran.

 El 23 de diciembre, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó una Resolución que convoca, para 2017, una conferencia de las Naciones Unidas para negociar un tratado de prohibición de las armas nucleares. Si son prohibidas, como ya es el caso de las armas biológicas y químicas, también   clasificadas como armas de destrucción masiva, las nucleares pasan a ser ilegales. Hasta hoy no lo son.

Es interesante notar que cuatro de los países poseedores de armas nucleares no votaran contra la mencionada resolución de la Asamblea General. Aun así no seremos ingenuos de pensar que las potencias nucleares van todas inmediatamente a aceptar la prohibición. Pero no les será agradable que entre en vigor tal norma de derecho internacional y sus poblaciones se darán cuenta del problema.

La prohibición no será el fin del camino, pero abrirá la vía para la eliminación de las armas nucleares.

El Caribe y América Latina están festejando los 50 años desde que, contra vientos y mareas, tomaron la decisión, por el Tratado de Tlatelolco, de prohibir en nuestra región y mares adyacentes cualquier arma nuclear. Los cinco países que en ese entonces tenían armas nucleares firmaron protocolos por los cuales se comprometen a respetar el tratado. Hemos sido pioneros en la prohibición de las armas nucleares. Tlatelolco ha funcionado sin falla en esas cinco décadas y así ha de seguir.

El científico estadunidense Carl Sagan describió lo que sería el resultado de una guerra nuclear como “el invierno nuclear”.

Estamos hoy viviendo, gracias a la gran mayoría de la comunidad internacional, una “primavera nuclear”.

Embajador, secretario general del Organismo

para la Proscripción de las Armas Nucleares

en la América Latina y el Caribe (Opanal).

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