A la Junta de Gobierno de la UNAM
Estimados 13 varones y dos mujeres que conforman la Junta de Gobierno de la UNAM.
Sabemos que, independientemente de quiénes son y cuáles serán los criterios de la evaluación que ya los ocupa, la designación de la persona que asumirá el cargo de mayor jerarquía de esta máxima casa de estudios, el modo en que aplicarán los criterios y cómo evaluarán y gestionarán los resultados serán una fuente potencial de sesgos y desigualdades, si no ponen atención a éstas y otras consideraciones.
De antemano, la incomodidad que pueden sentir por meditar acerca del género en torno a esta importante decisión, sugiere la necesidad de una mayor comprensión de los aspectos relevantes de esta perspectiva para la Universidad, más allá de temas como las cuotas o el lenguaje no sexista, que permitiría a la institución abordar estas cuestiones con mayor efectividad. Recuerden que la matrícula se compone más de mujeres que de hombres, y eso obliga, aún más, a buscar formas de actuar que promuevan la igualdad. Y que, como dicen Mingo y Moreno, académicas de esta casa de estudios, en “el ocioso intento de tapar el sol con un dedo: la violencia de género en la UNAM”, no utilicen el “derecho a no saber” o la “ignorancia cultivada” para evadir el tema.
Dicen personas expertas que “el efecto de un cierto modo de organización social, tiene consecuencias sobre la manera en que se relacionan las personas y sobre la configuración de sus capacidades, habilidades, expectativas, modos de estar y hacer en el mundo. Un efecto de poder que se apuntala en diferencias anatómicas y fisiológicas, las cuales funcionan a modo de marca que permite identificar a las personas y, por ello, facilita su inscripción social”. Es decir, “en automático” clasificamos a las mujeres como capaces para ciertas actividades, y a los hombres los señalamos como “idóneos” para otras, sin base racional alguna y, por tanto, con prejuicios.
Uno de los aspectos más destacados en los estudios sobre las instituciones universitarias desde una perspectiva de género es su masculinización, en especial, de las categorías profesionales superiores. (GESES, 2004; Grañeras et al., 2001; CIDE, 2004, Sánchez Moreno, 2005; Guil, 2005; VVAA, 2005; Buquet, 2006). Tomando en consideración las abrumadoras evidencias disponibles sobre la desigualdad social entre mujeres y hombres en variados ámbitos de la vida, determinar la objetividad de los criterios de evaluación para elegir a quien debe ocupar el cargo de máxima autoridad es, especialmente, peliaguda.
Para empezar, el ejercicio del poder es una actividad caracterizada como típicamente masculina dentro de la división sexual del trabajo. El hecho de que los cargos sean ocupados mayoritariamente por hombres refleja lo muy bien instalado de dicha división, incluso en una institución que cuenta entre sus principios de actuación la libertad, democracia, justicia, igualdad y solidaridad. Sin embargo, esta misma división nos lleva a preguntas importantes en la relación entre el poder y el sexismo. ¿Existe un diferente ejercicio del poder si lo detenta un hombre o una mujer? ¿Son particulares las mujeres que acceden a un cargo de poder? Ya sabemos que no por ser una u otro, la agenda de la igualdad cobrará importancia.
El sexismo es un modo de organización jerárquica de la sociedad y, por tanto, sus consecuencias la atraviesan en todas sus dimensiones. En una organización sexista, las características físicas de las personas facilitan el sistema de clasificación y asignación de posiciones sociales. Esto hace que su identificación nos lleve a usar estereotipos de género. Aún más, en casi todos los espacios en que hoy está en juego una posición de poder, las personas que están compitiendo son todas hombres (líderes de bancadas, de partidos, candidaturas a la Suprema Corte, etc.). Lo anterior se traduce en un trato discriminatorio que perjudica a las mujeres. Por ser hombres quienes ocupan los cargos directivos, no es de extrañar que entre ellos se promuevan. Las redes masculinas han sido muy eficaces para seguir controlando todos los espacios, aduciendo siempre el número de votos, o la reiteración de la postulación de un determinado candidato, o la mayor capacidad. Para las mujeres, atravesar esta férrea defensa de privilegios ha sido una tarea titánica.
La Universidad pocas veces reflexiona sobre el impacto que tienen muchas de sus prácticas, como la ceguera en la reproducción de los estereotipos de género, y no valora el modo en que el ámbito familiar favorece/dificulta las trayectorias de hombres y mujeres.
