Otra mirada a Boyhood
En Boyhood se narra una historia sobre lo cotidiano: la historia de la educación familiar, centrada en hacer del niño un hombre fuerte porque así es y ni siquiera cabe la pregunta de ¿podría ser de otra manera? Al pasear por la infancia y adolescencia de Mason, el ...
En Boyhood se narra una historia sobre lo cotidiano: la historia de la educación familiar, centrada en hacer del niño un hombre (fuerte) porque así es y ni siquiera cabe la pregunta de ¿podría ser de otra manera? Al pasear por la infancia y adolescencia de Mason, el contenido presenta una breve historia social de Estados Unidos y, por consecuencia, de su hegemonía y de toda nuestra cultura. Y esto es lo preocupante.
El costo, para las hermanas, es demasiado alto y además, invisible. Todo mundo dice: “Así es” y punto. La hermana del protagonista, niña despierta simpática, discutidora, va apagándose cual velita a través de los años, para terminar siendo una mujer (débil) que sólo puede decir el día de la graduación de su hermano y felicidades, palabra que, por cierto, expresa con mucho trabajo.
¿Qué pasó mientras su hermano transcurría por su infancia y adolescencia, sin una figura masculina a su lado? Ella tuvo a su madre todo el tiempo, pero… ¿en realidad la tuvo? El padre biológico, simpático y parrandero, no la engaña con cuentos y hace que pasen momentos agradables, buscando una comunicación efectiva, acaso sin darse cuenta de que su propia forma de ser lo impide. De cualquier forma, no parece haber ningún conflicto en la relación padre e hija. Con la madre, la historia es otra.
Dice mi colega Alonso Díaz de la Vega que “Boyhood es evidencia de una vida y de muchas vidas; refugio de una presencia que nos define pero que nos es invisible: el pasado”. Visto así, el espanto es mayúsculo: ¿el pasado de todas las mujeres es ir desapareciendo para ser una sombra de sí misma en el presente?
Lorelei Linklater, la hermana del protagonista, dice: “Fue realmente duro para mí rodar la película, incluso doloroso. Llegué a pedir a mi padre que matara a mi personaje porque, a medida que crecía, me veía menos capaz de hacerlo”. Una cultura que no considera a las mujeres, que las tiene como simples espectadoras de los “trepidantes, emocionantes, increíbles pasajes masculinos” por la vida. Ellas no cuentan como personas, sólo como testigos de esa otra vida: la del hermano.
La historia de las hermanas habla por ellas. Madres y padres preocupados porque ellas no destaquen y opaquen a su vástago, aunque éste sea un desastre ¿recuerdan a las hermanas Brontë y al pobre alcohólico que nunca “levantó cabeza”? Y como dicen, allá tal como aquí, los resonantes versos de Griselda Álvarez: “Nacer mujer es un inmenso reto/ circunstancia toral, dura la vida/ la hembra viene en pecado concebida/ y el hombre nace lleno de respeto”.
Ana María Martínez de la Escalera, filósofa, brillante, tiene entre sus proyectos de seminarios, uno fascinante: la indocilidad de la hermana. Y sí, las ha habido, pero han sido tragadas por esa misoginia oculta tras cualquier pliegue de la historia. Una de ellas, que por más intentos que hizo, no pudo escapar al silencio, Nannerl Mozart (1751- 1829) escribió a un amigo: “No sabe usted lo que es tener talento y no poder ejercerlo”.
“En todas las edades del mundo en que la mujer ha sido la bestia de los bárbaros y la esclava de los civilizados, cuánta inteligencia perdida en la oscuridad de su sexo, cuántos genios habrán vivido en la esclavitud vil, inexplorados, ignorados. Instrúyase a la mujer, no hay nada en ella que le haga ser colocada en un lugar más bajo que el hombre” dijo, una y otra vez, Gabriela Mistral. Pero, al parecer, hay algunas que, aunque Boyhood no las ve, existen y se mueven del lugar asignado: las mujeres que ejercen sus derechos.
*Licenciada en pedagogía y especialista en estudios de género
