La suerte de tener dos abuelas y tantito más

Aprendí que la mejor manera de vivir es estar pegadita a un libro y que todo el universal ruido puede esperar hasta que yo conozca el desenlace de Los tres mosqueteros.

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Clara Scherer 22/08/2014 00:55
La suerte de tener dos abuelas y tantito más

El dolor, la tristeza, la felicidad y muchos otros profundos sentimientos me atravesaron al saber del hallazgo del nieto de Estela de Carlotto, abuela de la Plaza de Mayo en Argentina. Tuve la inmensa fortuna no sólo de tener a mis dos abuelas vivas al momento de nacer, sino también a dos bisabuelas. Y como dice Skármeta en El cartero de Neruda, la poesía no es de quien la escribe, sino de quien la necesita, me urge decirle al mundo que el precioso recuerdo que guardo de estas cuatro mujeres, gracias a la generosidad de mis padres, quienes siempre las procuraron, me impulsó a tomar prestados los versos de Efraín Huerta para honrar su memoria. 

Éste es un amor rodeado de jardines y de luces/ y de la nieve de una montaña de febrero/ y del ansia que uno respira bajo el crepúsculo de San Ángel.

Y de todo lo que no se sabe, porque nunca se sabe/ por qué llega el amor y luego las manos/ —esas terribles manos delgadas como el pensamiento—.

Mi muy querida y admirada abuela Paz, quien me enseñó a leer a Salgari, a Julio Verne, a Louisa May Alcott, a Karl May, y con ella aprendí que la mejor manera de vivir es estar pegadita a un libro, y que todo el universal ruido, con peleas a muerte por unas briznas de felicidad, puede esperar hasta que yo conozca el desenlace de las complicadas proezas de Los tres mosqueteros. Sus delgadas manos y su penetrante pensamiento, soportaron mi infancia cargada de presagios, precisamente en San Ángel.

Y yo veía que todo estaba en sus ojos —otra vez ese mar —,/ ese mal, esa peligrosa bondad,/ ese crimen, ese profundo espíritu que todo lo sabe/ y que ya ha adivinado que estoy con el amor/ hasta los hombros, hasta el alma y hasta los mustios labios.

Elena había de llamarse mi otra abuela, bella como la de Troya, ardiente e inspirada para armarnos escenas de “pudor y liviandad” a cada rato, cuyos ojos azules destellaban chispas el día que anuncié que me iba a Guanajuato a estudiar. “Mejor cásala”, le aconsejó a mi madre. Pero no hubo modo. Mi amor a la tierra de mi abuela Paz fue superior a las muy bien representadas comedias de mi otra abuela, mi amada Elena.

Esta es la historia de un amor con oscuros y tiernos orígenes:/ vino como unas alas de paloma y la paloma no tenía ojos/ y nosotros nos veíamos a lo largo de los ríos/ y a lo ancho de los países.

La fortaleza enorme de la bisabuela Julia, cuya vida se forjó en insufribles tormentos y cuyos ojos sólo adivinaban nuestros pasos; y la bondad sin límite de mi bisabuela Margarita, quien no tuvo sosiego para andar detrás de hijas/os y nietas/os, nos hacían soñar, sentadas con un plato de dulce de zapote negro, en pueblos tan lejanos y sonoros como Calimaya, Torreón, Salvatierra. Los amores, oscuros y tiernos de ellas dos, nos trajeron a este mundo para vivir a la sombra de su amparo.

Difícil y muy injusta historia la que vive Estela y su nieto, Ignacio Guido, por causa de hombres muy perversos, entre otros, Videla, que trastocaron biografías desde lo más profundo y sagrado de la dignidad de las personas. Ella y él dirán, quizá:

y que hemos de morirnos toda la vida para no rompernos el alma/ y no llorar de amor.

                *Licenciada en pedagogía y especialista en estudios de género

                clarasch18@hotmail.com

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