La emocionante vida de un balón

El empate se vive como triunfo. Así sentimos que será la paridad en los congresos, un anhelo cien años perseguido.

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Clara Scherer 20/06/2014 01:10
La emocionante vida de un balón

Rodar a la menor provocación y seguir puntualmente las leyes de la física es su, ¿cómodo?, destino. Si tuviera examen, merecería diez de calificación. Pero el acoso de aquellos compañeros que no atinan ni a poner el acento en su lugar no lo dejaría disfrutar tranquilamente de su éxito. Dicen que así es la vida y nada que hacer.

¿Sabrá que de él depende el ánimo nacional? Una enorme responsabilidad, y más, en tiempos de apuros económicos. Toda su preocupación es ir a dar contra una red. Fácil, pero no tanto. Veintidós piernas musculosas intentarán impedírselo. Muchas más se apuntan para impedir que más mujeres ocupen cargos de elección popular en los municipios. De ellas depende que haya mejor calidad de vida para todas y todos. No será fácil.

Once pares de piernas de una nación, contra once de otra. Adversarios que, fuera de la cancha, tan amigos. Muchas más voces por la Reforma Energética, que las que se oponen en un Congreso “democrático”. Hay que jugar a perder el tiempo para lograr que pierdan la paciencia. Los improperios dejan su huella más allá del recinto. Se declaran enemigos jurados. No saber perder.

Las pasiones cruzadas. En medio del enojo por la anulación de dos golazos, la nación hace responsable de sus extravíos a las adolescencias mal vividas. Las consignas familiares desde pequeñitos. “No te dejes, dale duro”, han sobrepasado el límite. ¿Necesitamos más leyes, comisiones y reglamentos? Ya se creó una en el Senado, para “proteger a la familia”. ¿A ésa?

Toda la esperanza de 100 millones de almas encerradas en un balón, corriendo por los pastos brasileños. Extraña fiesta, donde hasta la respiración queda suspendida si hay penal o tiro de esquina, y nadie espera nada más que celebrar el triunfo, si se da. Nada que ver con la desesperanza de 35 millones de iraquíes o 45 millones de ucranianos. El mundo, como el balón, sigue rodando.

Como siempre, los árbitros son la parte lamentable del espectáculo. Igual que quienes pretenden erigirse en jueces del quehacer de las y los demás. Miles de niños y niñas caminando por los senderos para encontrar una esperanza al otro lado del río y lo que hallan es a los “polleros” o a la patrulla fronteriza. Tragedias que no importan a esos “defensores de la vida”. ¿Será que su vida no tiene el mismo valor que la del Piojo?

El inoportuno silbato, cuando ya nos habíamos encarrerado. Suena y hay que suspender toda actividad. No como la Línea 12 del Metro, en donde, aun después de la alarma por tanto desperfecto, siguen escarbando papeles para ver quién pagará los daños. Al final, la fiesta, los abrazos, yo sabía. Y a empezar con la intranquilidad del próximo partido. Tenemos que ganar. ¿Por qué?

Fortaleza contagió su virtud. El empate se vive como triunfo. Así sentimos que será la paridad en los congresos, un anhelo cien años perseguido. 

Las sinrazones de la humanidad. El amor a la vida, que cobra sentido cuando nos encontramos con las y los otros, en el Zócalo, en el parque, en cualquier lugar, abrazados por las intensas ganas de ser reconocidas/os, de mirarnos en sus ojos para constatar que sí importamos. Ya lo dijo el sabio Salomón: “Vanidad de vanidades y todo es vanidad”. Pero en torno al balón, mucho sufrimiento inútil. De cualquier modo, gracias a la selección por esos maravillosos momentos.

                *Licenciada en pedagogía y especialista en estudios de género

                clarasch18@hotmail.com

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