Phumzile Mlambo-Ngcuka
Un nombre para decirse lentamente. Ella es la nueva dirigente de ONUMujeres, sustituye en el cargo a Michelle Bachelet. Es sudafricana y fue viceministra en aquel lejano país, con una larga y cruenta historia de discriminación, que hoy parece increíble que haya podido ...
Un nombre para decirse lentamente. Ella es la nueva dirigente de ONU-Mujeres, sustituye en el cargo a Michelle Bachelet. Es sudafricana y fue viceministra en aquel lejano país, con una larga y cruenta historia de discriminación, que hoy parece increíble que haya podido ser. El famoso apartheid, de agraviante memoria.
Como sabemos, siempre es mejor empezar por el principio, y esa ha sido su decisión. Su mandato inicia con un llamado a favor de la educación de las niñas, ya que aún en muchas partes del mundo se les niega este elemental derecho (recordemos a Malala). Consciente de que no basta ingresar a un aula, exige que sea de calidad. Las y los mexicanos sabemos de qué habla y también, el porqué.
La parte más novedosa es su llamado a que se incluya la perspectiva de género, como clave para una base firme a la democracia, al empoderamiento de las mujeres y a dotar de contenido, finalmente, al principio de igualdad.
Una de las primeras demandas en todo el mundo por parte de las mujeres fue el acceso a la educación. Y tardamos varios siglos en lograrlo, pero ya el mundo se dio cuenta de que en este derecho no hay reversa. Sabemos de regiones en las que están intentando volver a la época de las cavernas, pero afortunadamente son los menos y su ejemplo no ha cundido.
Las mujeres entramos a la escuela, ya de manera masiva y formal, en las primeras décadas del siglo XX. Mucho se discutió entonces sobre la escuela segregada, sólo para niñas y otras sólo para niños, pero finalmente triunfó la escuela mixta. Los debates en el Congreso fueron de lo más simpático: unos decían que de ninguna manera debían convivir las niñas con los niños, por los riesgos a su integridad y, otros, al contrario, argumentando la realidad de la vida social.
La escuela mixta se tornó costumbre en el México de los setenta, terminando el famoso Plan de Once Años de Torres Bodet. Pero en esa versión de escuela mixta, los saberes y haceres de las mujeres quedaron en la puerta. Sólo era conocimiento importante y valioso el que aportaban los hombres. Y las mujeres fuimos consideradas como hombres de segunda.
La desigualdad sexual se marcó a través de los reglamentos, de manera explícita. Los uniformes establecían el género de quien lo portaba. A las niñas, el delantal, prenda que debían usar para conservar “impecable” el uniforme. La pulcritud ha sido uno de los valores primordiales para considerar a las mujeres “buenas” y, por supuesto, tenía connotaciones de sumisión, al significar que en todo momento estaban prestas a servir a los demás.
Todas y todos recordamos los talleres, claramente diferenciados: a ellas, corte y confección, decoración de interiores y taquimecanografía; a ellos, carpintería, soldadura, electricidad, encuadernación. Por supuesto, los deportes también eran diferentes, dando claro valor de superioridad al futbol, basquetbol y beisbol (hasta en los espacios requeridos); para las niñas, el voleibol.
Las experiencias de la señora Phumzile Mlambo-Ngcuka son de diferente manifestación y muy dolorosas, pero lo importante es que haya puesto en la mira del mundo de la educación, la exigencia de la igualdad. Esperamos que su gestión sea muy exitosa, por el bien de la sufrida humanidad.
*Licenciada en pedagogía y especialista en estudios de género
