“Con tres heridas”
Como bien dijo Antonio Skármeta en la maravillosa película El cartero de Neruda, “la poesía es de quien la necesita”, y yo vivo urgida de ella. En estos días de reforma electoral, aún más. Siento el muy pesado fardo de mis ancestras, aquellas madres simbólicas ...
Como bien dijo Antonio Skármeta en la maravillosa película El cartero de Neruda, “la poesía es de quien la necesita”, y yo vivo urgida de ella. En estos días de reforma electoral, aún más. Siento el muy pesado fardo de mis ancestras, aquellas madres simbólicas que encendieron en mí la pasión por la justicia. La justicia que nos deben los sistemas democráticos a las mujeres. Una deuda que les cuesta mucho pagar, por más que nosotras hemos cumplido uno a uno, los múltiples requisitos exigidos, a fin de demostrar algo totalmente absurdo: somos personas, tan personas como cualquier hombre. El poder y sus necedades han hecho que nuestra lucha parezca a veces, hasta banal.
Esa deuda que tengo con las muchas mujeres que me antecedieron, por las que pude estudiar, ingresar en la Universidad Nacional Autónoma de México, trabajar en oficinas públicas y privadas, ejercer el derecho a votar. Escribir en un periódico, elegir al compañero de mi vida, viajar a donde la imaginación y mis recursos me alcancen. Pero la deuda no la olvido e intento, por todos los medios democráticos a mi alcance, saldarla.
La primera cuestión que se me hizo evidente, fue que solas no podemos, no nos oyen, no nos ven. Ven un cuerpo, y como nos dice Laureana Wrigth desde 1874, por mucho que sea genio el intelecto femenino, ¡no vale nada si no va bien peinada! O sea, si no nos presentamos cual maniquí estilo Barbie, ni siquiera cuerpo somos. Y si vamos como dicen que debemos ir, no pasamos de ser un cuerpo y juzgadas según cánones de belleza bastante cuestionables. Pero de nuestra palabra, de nuestra voz, nada de nada.
Grave, muy grave es lo que en México hemos tenido que vivir para tener la fuerza para llegar a una de nuestras metas: paridad en los puestos de representación popular. Nuestro derecho: ni más, ni menos. Pero no olvidemos las heridas, que aún son deudas pendientes: Una. Las mujeres de los pueblos originarios de México. Con ellas, que han sido objeto de todos los agravios imaginables e inimaginables: dos, las mujeres asesinadas en toda la República, por el simple hecho de ser mujeres y que sólo las madres de Ciudad Juárez han encontrado los resquicios para alzar un grito desesperado, escuchado en todo el territorio y hasta el último confín del planeta. Aun así, sigue pendiente la justicia. El campo algodonero y su sentencia. Tres. Las personas víctimas de trata, entre las que son mayoría las mujeres y las niñas.
Tres heridas: la de la vida, la de la muerte y la del amor. Llegamos a este momento con el profundo dolor de saber que la cultura está modificando lenta y pausadamente sus estatutos, sus mandatos de género y sabemos que el camino aún es muy largo para que las mujeres seamos reconocidas con la dignidad que merecen las personas. Ni duda que la sentencia 12 mil 624 nos abrió espacios.
A las mujeres que hoy ocupan esos puestos, les recordamos que no pueden hacer como si no lo supieran, como si a ellas no las interpelaran las mujeres heridas, como si su muerte hubiera sido en vano. Hoy esas mujeres congresistas deben estudiar y fijar posición en todos los temas, considerando siempre las consecuencias en la vida de nosotras. No hay reforma energética o fiscal que no nos afecte de manera diferencial que a los hombres. Urge saber cómo legislar estos temas con perspectiva de género.
Queremos que una palabra sea parte de la Constitución: paridad. Me alegra saber que hay esperanza para que en las elecciones siguientes este país siga cambiando, la democracia ampliándose y fortaleciéndose. Nos urgen los aliados, las ideas y la voluntad firme de aplicar la ley. No olvido el dolor y la deuda.
*Licenciada en pedagogía y especialista en estudios de género
