Entre el INE y el IFE
Nuestro país está urgido de una ley de partidos políticos, que les exija transparencia y democracia.
No, no es una discusión sólo por las instituciones, aunque lo parece. En el centro del debate está la experiencia de la historia mexicana. Desde la Independencia nuestro deseo es el federalismo, pero nuestra tremenda realidad, es el más ¿puro? centralismo.
A estas alturas, globalizados, en recesión económica y con muchas turbulencias provocadas por fenómenos naturales y ambiciones humanas, los partidos políticos, que más debiéramos llamar “pandillas políticas”, pues sólo unos cuantos —y subrayo el masculino, porque en este caso, tampoco se incluye a las mujeres— deciden qué hacer de eso, que parece botín, llamado recursos públicos.
Una pandilla, según el diccionario, es un grupo de personas que se reúnen habitualmente para divertirse o para realizar una actividad determinada en común. Y eso es exactamente lo que hacen estos señores. Además de divertirse, la actividad en común es, simplemente, pensar y negociar cómo beneficiarse ellos y sus allegados. Pero no, nos olvidemos de las otras pandillas, las que habitan en las casas de gobierno de muchos estados. Por supuesto, espero que haya excepciones.
Acapulco es la más penosa muestra, casi espejo de nuestra situación. Penosa, tanto por las personas afectadas, como por la vergüenza de ver cómo se han aprovechado unos pillos de una de las más bellas bahías del mundo. Y lo hacen sin pudor alguno. Del gobernador ni hablar puro desasosiego causa el señor a su alrededor.
En medio de esta lamentable exhibición, el PAN y el PRD quieren desaparecer al Instituto Federal Electoral y centralizar decisiones. Pero señores, ¿cómo se les fue a ocurrir esta barbaridad? El remedio es mucho peor que la enfermedad. Gastarán muchísimos recursos para desaparecer institutos locales y quisiera saber ¿qué saben ustedes de lo que sucede en San Felipe Torres Mochas? ¿O es que las pandillas locales ya les parecen amenazantes?
Si algo no funciona bien, la sabiduría popular dice: ¡Hay que repararlo! Y eso es lo que hay que sugerirles a los señores congresistas (y a las señoras congresistas, también). No cometan la tontería de regresar los calendarios, porque, en el papel, eso es sencillo y muy barato, en la realidad, imposible y carísimo. Eliminen normas que hacen fácil presa de los gobernadores a los institutos estatales, generen contrapesos a los poderes locales y hagan de la transparencia, una virtud.
No nos digan que el Instituto Federal Electoral se convertirá en el monstruo de las 32 cabezas, porque hasta miedo da el poder que le quieren otorgar. Y hagan lo mismo con los recursos federales que dan a esos gobernadores: ¡cuiden nuestro dinero, que no estamos para andar despilfarrando!
En el fondo, la discusión es la autonomía. En un sistema clientelar, patrimonialista y con fuertes destellos de nepotismo, la autonomía de personas, instituciones es, en verdad, casi imposible de obtener. Según afirman que dijo el general Obregón: ¡No hay quien se resista a un cañonazo de 20 mil pesos! Y al parecer, no se equivocó.
Nuestro país está urgido de una ley de partidos políticos, que les exija transparencia y democracia; de personas autónomas que puedan tomar decisiones según su conciencia; de gobernadores que cumplan puntualmente, con la transparencia, y de institutos autónomos en lo electoral, que no sean el dedo meñique del gobernador.
Un federalismo que apoye el desarrollo y la autonomía, no que se entrampe permitiendo la multiplicación de las pandillas.
*Licenciada em pedagogía y especialista en estudios de género
