CDMX, el lugar de la utopía
Es una conciencia auspiciosa que la Asamblea Constituyente que, por primera vez, dotará a la Ciudad de México de una Constitución a partir del 15 de septiembre, coincidacon la celebración de los 500 años de la publicación de La utopía de Tomás Moro. La obra de Moro se publicó en Lovaina, hoy Bélgica, en 1516, teniendo como editor a un tal Erasmode Rotterdam.
Cinco siglos después de publicada, La utopía de Moro sigue siendo objeto de polémica. Inauguró una nueva forma de literatura dedicada a imaginar, idealmente, el futuro; nutrió a las corrientes que dieron lugar al socialismo, pues Moro habla de una sociedad sin propiedad privada, que desprecia la acumulación excesiva de riquezas; imagina, por primera vez, un lugar igualitario para mujeres y hombres y tanta es su influencia que la palabra que él inventó para dar título a su libro, utopía, quedó registrada como equivalente a aquello que podría ser ideal, pero inalcanzable. Y lo contrario, también, es cierto. Distopía es el ejercicio de imaginación en literatura y cine que lleva a un extremo las peores tendencias del ser humano y las proyecta hacia el futuro.
Aunque ha habido algunos experimentos utópicos a pequeña escala —en México tuvimos, por lo menos, dos, uno en Michoacán y otro en Topolobampo— es claro que la humanidad ha conocido sobre todo distopías, verdaderas pesadillas a gran escala, como el llamado socialismo real, con los millones de muertos atribuibles a Stalin, Mao y el Khmer Rouge, así como los millones de vidas sin libertades básicas sojuzgadas bajo la dictadura de partidos únicos o líderes providenciales.
Y, sin embargo, la propuesta de una utopía sigue siendo inspiradora. Ya no bajo la idea de un experimento territorial, la isla de la que habla Moro, en la que privan leyes y costumbres totalmente diferentes de las que rigen fuera de sus muros, sino por el contrario nuevos paradigmas humanistas emanados de consensos mundiales. Toda la doctrina en torno a los derechos humanos ¿no es el resultado implícito de un ideal en el que toda persona podrá gozar del respeto a sus derechos básicos así como de los nuevos derechos que la evolución de la sociedad genere?
Desde 1997, año del primer triunfo de la izquierda en la Ciudad de México, la utopía le viene ganado terreno a la realidad tantas veces distópica que vive la ciudadanía cotidianamente. Me refiero a derechos elementales de los que debería gozar todo ser humano: amar a quien decida, sin que el Estado se lo prohíba, lo castigue, lo convierta en objeto de persecución o burla o de sufrimiento íntimo indecible; imbuir esa decisión personalísima de las características institucionales y legales que la protejan ante la sociedad. De eso trata, precisamente, el matrimonio igualitario respetado en la Ciudad de México. Lo mismo para el caso de la defensa y protección de la mujer frente a la violencia incluyendo la violencia de obligarla a llevar a término una maternidad no deseada, conflictiva o no posible. De eso trata el derecho a la Interrupción Legal del Embarazo en la CDMX. O el derecho a un ingreso mínimo universal para la tercera edad. O la preparatoria garantizada. O el acceso a la salud aún para los que no pueden acudir al médico o a la clínica.
La Asamblea Constituyente de la Ciudad de México deberá elevar a rango constitucional local los derechos que ya ejercen los capitalinos y otros nuevos: derechos universales que van calibrándose con la edad, incluyendo posibilidades de voto a los 14 y 16 años y modalidades de democracia participativa como el referéndum, la consulta ciudadana con efectos vinculatorios, la revocación de mandato, el ejercicio de una democracia semiparlamentaria, la exploración de la segunda vuelta electoral. Derechos para los pueblos originarios que garanticen la interculturalidad.
¿Esos nuevos derechos garantizarán que terminen las pesadillas distópicas del tráfico, la contaminación, la pérdida de espacios públicos y el mal uso de suelo? No o, por lo menos, no en forma automática. Pero si lo hacemos bien y legislamos con el ciudadano como el centro de nuestro interés, la primera Constitución empoderará a los capitalinos, los acercará a la labor de gobernar a través de las alcaldías y la utopía podrá derrotar un presente insatisfactorio.
Tomás Moro inventó la palabra utopía a partir de las raíces griegas ou que quiere decir no y topos, lugar, es decir “no lugar” o “ningún lugar”. Pero si legislamos con amor a la Ciudad de México, una utopía humanista habrá encontrado su residencia en el hermoso Valle de Anáhuac. Nos encontramos en Twitter: @ceciliasotog y fb.com/ cecilisotomx
