Brasil o la maldición del éxito

Recostados en el diván del sicoanalista —un argentino por supuesto— México y Brasil cuentan la historia opuesta. México es un sobreviviente: tres invasiones traumáticas, guerras y territorio perdidos; cientos de miles, millones de compatriotas que no puede retener y buscan sustento y éxito atravesando la frontera. La comparación con el vecino del norte no le permite la ilusión de algún complejo de superioridad.

Es bueno para boxear, pero está en la liga de los pesos ligeros y lo sabe. Cansado de imitar la danza aérea de Cassius Clay para sobrevivir los movimientos del gigantón de al lado, se arriesgó a aprender judo para aprovechar la dependencia económica en su favor y esto le había dado algún respiro, cuando en estas elecciones el gigantón demuestra síntomas inequívocos de bipolaridad. Y en esto consiste la consulta: ¿es pesadilla o realidad?

Brasil llega inmaculado al diván: no necesita mitos fundadores de guerras y revoluciones para generar una identidad nacional. Por si acaso, busca, casi inventa, uno o dos héroes de la independencia o de la lucha contra el esclavismo para ofrecer al turista un Panteón de héroes prácticamente vacío. No ha sido invadido, él lo ha hecho una o dos veces, pero contra adversarios pequeños. No tiene la suerte de México: no puede medirse con un gigante y menos jugar al pequeño David, pues él mismo es un gigante al que el destino de gloria se le escapa. Necesita mirarse en el espejo de los otros para comprobar su grandeza. Necesita ser reconocido y serlo como el héroe bueno de la historia en comparación con el gigantón intervencionista, imperialista, injusto y arrogante que es el vecino de México.

La élite brasileña es sensible al halago y al reconocimiento. La mexicana tiene un  riesgo  mucho menor de perder el piso quizá  porque no hay mucha razón para que lleguen los halagos. Como si se hubiera aprendido de memoria el libro de Stefan Zweig, Brasil, el país del futuro, un economista de Goldman Sachs, incluye a Brasil en el acrónimo BRIC (Brasil, Rusia, India y China) que reúne a los países emergentes que para 2039 desbancarán a las mayores seis economías del mundo y para 2050 —así lo decreta— serán las nuevas potencias que sustituirán al mundo unipolar que preside Estados Unidos. Si Jim O’Neill, el ejecutivo de Goldman Sachs, hubiera incluido a México, no hubieran faltado los columnistas y analistas nacionales que con ironía preguntaran  “¿y de cuál fumó este tipo?”.  En el Brasil gobernado por el PT esto se recibió como el reconocimiento internacional que por fin llegaba y de inmediato se procedió a organizar la realidad de la diplomacia brasileña en torno a esta iniciativa de un economista aficionado al Manchester United.  A mi juicio, el último gobierno de Lula y los de Dilma Rousseff cometieron dos errores de cálculo y uno de ideología sesentera del siglo 20.

El primero, interpretar la crisis del 2008 como la señal inequívoca de la decadencia de Estados Unidos y el mundo occidental dominante, casi como si la predicción de Jim O’Neill tomara la forma de debacle financiera para abrirle paso a sus cachorros del BRIC. Se confirmaba así la justeza de apostarle mayoritariamente al desarrollo de las relaciones diplomáticas y comerciales sur-sur y la posposición de cualquier iniciativa importante con el norte. El segundo, considerar que el auge de los precios de las materias primas, incluyendo las commodities que Brasil exportaba a China, como el hierro, la soya, la carne, duraría mucho más tiempo del que duró. Este error de cálculo incluyó, también, el del precio del petróleo, que Brasil no exportaba, pero que se preparaba a explotar comercialmente en los llamados yacimientos presal, encontrados con prodigiosa tecnología a siete kilómetros bajo el mar. La abundancia de recursos no se fue en la medida necesaria a la inversión en infraestructura y sí al crecimiento del gasto gubernamental. El espejismo de los altos precios del petróleo favoreció el endeudamiento inaudito de Petrobras por casi 140 mil millones de dólares y el sometimiento de la empresa a un esquema de saqueo político y corrupción, que es hoy una de las principales causas de la salida de la presidenta Rousseff.

El error ideológico fue el de abrazar la tesis de los campeones nacionales: si a las compañías nacionales les va bien, a Brasil la irá mejor y dedicar cuantiosos recursos del Estado, incluyendo subsidios para favorecer a las compañías de los hombres más ricos de Brasil. De ahí a desarrollar relaciones peligrosas entre las compañías y la coalición de partidos en el poder, sólo hubo un paso y lo dieron. Nos encontramos en Twitter: @ceciliasotog y facebook.com/ceciliasotomx.

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