El 2006 de Brasil

Brasil vive su 2006: petistas que no pueden entrar a ciertos restaurantes en Sao Paulo porque se arma pelea; insultos a gritos en el transporte público; manifestaciones fuera de las casas de personajes políticos; familias divididas, amistades rotas por el debate en cuanto a si hubo o no golpe de Estado en ese país, a raíz de la aprobación en la Cámara de diputados de la procedencia de un juicio político que puede llevar a la destitución de la Presidente.

Para llegar a asomarnos a las causas de la crisis podemos comparar el nivel altamente técnico del delito del que se le acusa a la Presidente: haber alterado las cuentas públicas a fin de simular que se cumplía con el superávit primario al que obligaba la ley y la impopularidad de la Presidenta. ¿Entiende esa compleja contabilidad ese 65% de la población que quiere que deje la Presidencia? ¿Por qué sus niveles de aprobación han llegado a 10%? ¿Son capaces los medios de comunicación de cambiar radicalmente la percepción de los votantes sólo basados en trucos de marketing?

Durante la campaña para la reelección de la presidente Dilma Rousseff en 2014, uno de los spots en tv más impactantes era el de una familia que se disponía a cenar cuando los alimentos comenzaban a desaparecer de la mesa: eso sucedería si el votante no reelegía a la candidata del Partido de los Trabajadores. Dos estudios de 2014 del Instituto de Investigación Económica Aplicada (IPEA por sus siglas en portugués) alertaban de una situación contrastante con la exhibida por el anuncio. Uno de ellos encontraba que durante 2012 y 2013 había aumentado el número de pobres extremos en 450 mil. Como se acercaban las elecciones y el IPEA, depende del gobierno federal, los directivos prohibieron que se diera a conocer.

Un segundo estudio, motivado por los aportes de Thomas Piketty a la investigación de la desigualdad, aplicó los datos de las encuestas de ingresos en los hogares realizadas por el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE) y los datos fiscales de 2006 a 2012. Los investigadores provenían de la Universidad de Brasilia, del IPEA y del equivalente al SAT. Al igual que en México, las encuestas sobre ingresos de los hogares que realizan el Inegi o el IBGE, subestiman al 10% más rico. Por simple probabilidad estadística es muy difícil que un encuestador acceda a las casas del 10% más rico y menos probable que llegue a 1% de ese decil más próspero. En México, el reglamento del SAT se modificó para que el Inegi y otros investigadores puedan tener acceso al vaciado de datos de las declaraciones de renta de las personas físicas, sin tener acceso a los microdatos para mantener la confidencialidad. Esta posibilidad de acceso a los datos fiscales existe desde hace décadas en países del sector avanzado.

Los resultados encontrados por los investigadores Marcelo Medeiros, Pedro Ferreira de Souza y Fábio Ávila de Castro tampoco fueron del agrado del IPEA que censuró la publicación de la investigación en fecha cercana a las elecciones.

La investigación encontró que de 2006 a 2012 la desigualdad no sólo no disminuyó en Brasil sino que además la porción de riqueza apropiada por el cinco por ciento y el uno por ciento y el 0.1 por ciento era mucho más concentrada que la información arrojada anteriormente por el IBGE y sus encuestas. Aunque hubo una importante disminución de la desigualdad en el extremo pobre de la población por el aumento de ingresos y empleo formal, la desigualdad total no disminuyó y se mantuvo tercamente estable por la desproporcionada concentración de la riqueza en el extremo más rico. El cinco por ciento más rico concentra el 44% del ingreso nacional, el 1% el 25% y el 0.1% el 11 por ciento.

En Brasil como en México la desigualdad tan extrema y la riqueza tan concentrada son de las causas de la ineficiencia de la economía. Riqueza tan concentrada y tan estable a lo largo de los años habla de áreas de la economía controladas por sólo unos cuantos, incentivando prácticas predatorias y de ganancia fácil, limitando la competencia sana y la entrada de nuevos protagonistas.

Una de las razones de la polarización política tan aguda tiene que ver con qué partes importantes de la población —como lo había detectado el IPEA— ya vivían el deterioro en sus ingresos y en su empleo, creyeron en el discurso electoral y se sintieron profundamente decepcionados con la agudización de la recesión económica y los escándalos de corrupción en Petrobras. No se trata de las maniobras contables sino del desvanecimiento de la confianza y de las características de un sistema presidencialista con 35 partidos políticos registrados y 25 en el Congreso que en vez de recurrir a un voto de no confianza como en el sistema parlamentario, tiene que pasar por el trago amargo de un juicio a la titular de su Ejecutivo.

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