Trump, el Ahmadinejad de EU
Comparar a Donald Trump con Silvio Berlusconi, como lo han hecho algunos analistas, es apenas tocar el betún de espectáculo del que se recubre su campaña. Argumentar que, de triunfar como Presidente de Estados Unidos, la veta de pragmatismo empresarial que le ha permitido continuar con el ciclo de quiebras y ganancias multimillonarias se fortalecerá y le dará algo de racionalidad, es creer en Santa Claus. De triunfar, Trump habrá empequeñecido el universo mentalde millones de norteamericanos, los habrá hecho prisioneros de su retórica para ingenuos tontos y a la vez será prisionero de ésta y del mandato de sus electores.
Su decisión de aceptar el apoyo de David Duke, el líder histórico del Ku Klux Klan (time.com/4240268/donald-trump-kkk-david-duke/), que no es un movimiento neoconservador ni un simple grupo de derecha ni un movimiento cristiano radical ni una corriente dura del ala derecha del Partido Republicano, sino un movimiento abiertamente xenófobo, que sostiene la tesis de la “supremacía blanca” y que la historia oficial norteamericana narrada en los textos y películas que leen y ven sus estudiantes de secundaria condena como enemigo de los derechos humanos y de gigantes como Martin Luther King, nos da la clave. Trump se parece mucho, demasiado, a Mahmoud Ahmadinejad, el presidente iraní de 2005 a 2013.
Ahmadinejad se hizo famoso, entre otras cosas, por negar el Holocausto —en lo que coincide con Duke—, al plantear que éste fue apenas una operación de propaganda de Israel y que nada puede probar la existencia de la maquinaria de muerte que resultó en el exterminio de seis millones de judíos y otros cientos de miles de gitanos, albinos, comunistas, socialistas, intelectuales, homosexuales y más, montada en los campos de exterminio del Tercer Reich de Hitler. Un negacionista como Ahmadinejad es, ante todo, un ferviente seguidor de las teorías conspirativas: no importa cuán robusta sea la evidencia de la Shoah, no importa cuántos testimonios pudiera oír de sobrevivientes de los campos, ni una visita a los restos de las cámaras de gas y los hornos crematorios de Auschwitz-Birkenau, todo podría explicarse como una conspiración de Israel.
Aceptar el apoyo del Ku Klux Klan es compartir el núcleo de la ideología nazi: la idea de que el color de la piel da superioridad o inferioridad a un grupo étnico y justifica, en este último caso, no sólo la disminución de los derechos de los “diferentes”, sino también el uso de la violencia de Estado o de civiles organizados contra ellos. Tener una posición ambivalente hacia el Klan, como lo ha hecho Trump, bien entrado el siglo XXI y consagrados en la Constitución leyes y festividades de los Estados Unidos, los principios de defensa de los derechos civiles y humanos, la condena del racismo y la inclusión de la figura del doctor King a la altura de la de los padres fundadores de esa nación, equivale a un nuevo negacionismo, esta vez, del papel criminal del Ku Klux Klan contra la población negra y contra el movimiento pro derechos civiles. Uno se pregunta: ¿si los mexicanos fuéramos rubios habría tanto encono de Trump contra nosotros?
Bajo la presidencia de Mahmoud Ahmadinejad el fermento renovador y reformista a que había dado lugar la presidencia de Mohammad Jatamí, de 1997 a 2005, expresado en multitud de movimientos y expresiones libertarias, incluyendo las de las mujeres, fue reprimido; intelectuales y opositores tuvieron que exiliarse, sufrir cárcel o guardarse de participar políticamente. Las expresiones negacionistas de Ahmadinejad y su propósito de “destruir Israel” ratificaron la desconfianza internacional hacia el programa nuclear iraní.
Aunque los ocho años de la presidencia de Barack Obama han coincidido con los peores momentos de la crisis económica que estalló en 2008, no cabe duda que su gobierno dejará una huella indeleble no sólo en un manejo económico que permitió una mejor recuperación que en Europa, sino también en otros campos fundamentales: la reforma al sistema de salud, las negociaciones con Irán como reivindicación de la diplomacia; su propuesta hacia los dreamers y muchas otras iniciativas de avanzada, varias de ellas frustradas las más de las veces por la mezquindad y cerrazón de las bancadas republicanas en el Congreso.
A diferencia de Irán, un gobierno como el de Obama no tiene que ser sucedido por un oscurantismo comparable al de Ahmadinejad. No es bueno para Estados Unidos ni para el mundo. Sobra decir que sería una amenaza para el bienestar de México y de los millones de mexicanos en Estados Unidos. Por ello, estoy convencida de que no hay tarea más importante de la diplomacia mexicana, tanto la gubernamental como la de organizaciones civiles, que influir en la campaña presidencial norteamericana para incidir en contra de Trump en el voto latino y en el de todos aquellos grupos que nos quieran escuchar. La iniciativa de Jorge Castañeda Proud to be Mexican (jorgecastaneda.org) es excelente, pero hay espacio para influir de muchas maneras: yo me apunto. Nos vemos en Twitter: @ceciliasotog, y en Facebook: facebook.com/ceciliasotomx
