El zika y la hora de la verdad
A diferencia de los astrónomos que pueden predecir con exactitud el regreso de un cometa con siglos de anticipación, epidemiólogos y expertos en salud pública sólo saben que ciertos virus regresarán aunque no saben cuándo ni dónde ni con qué fuerza y frecuentemente son sorprendidos por nuevos protagonistas de epidemias y amenazas globales a la salud pública.
En mayo del año pasado, en una conferencia internacional, me tocó escuchar un panel de expertos en salud que concluía que era inevitable el regreso del virus AH1N1. Antes de que su tesis haya sido puesta a prueba, el virus del zika ha atacado con fuerza a varios países de América del Sur y sin pasaporte sanitario, llega a México vía la frontera sur. Lo que preocupa del zika son sus posibles complicaciones en adultos como el Síndrome de Guillain-Barré y en mujeres embarazadas por el nacimiento de bebés con microcefalia y otras alteraciones neurológicas.
Olvídese del Producto Interno Bruto, PIB, no hay mejor indicador del éxito o fracaso de un gobierno que la salud pública: el aumento en la esperanza de vida; la estatura y peso promedio de sus niños; la rapidez y eficacia con la que responde a una epidemia. Por la aparición del zika, la prestigiosa publicación médica The Lancet publicó una editorial sobre las posibles lecciones del manejo de una epidemia. Pongo en cursivas las lecciones enunciadas por la revista y agrego mis comentarios.
Las epidemias cambian a los gobiernos. Y a las políticas públicas asociadas al combate de una epidemia. Un ejemplo importante es el de Brasil. Brasil cambió positivamente las políticas públicas hacia el combate del sida a nivel mundial con su propuesta de atención gubernamental y medicamentos a todos los enfermos de sida y obligó a las compañías farmacéuticas a un abaratamiento significativo del famoso coctel antisida. El motor de este cambio fue el impacto en el gobierno de un movimiento urbano, educado y culturalmente avanzado centrado en las ONG de defensa de los derechos de los gays.
En contraste, expertos en salud pública de ese país acusaron desde 2011 un fracaso en el combate al dengue, que prolifera en regiones pobres, con bajo nivel educativo, presencia débil de la sociedad civil organizada y alejadas de los grandes centros económicos. La proliferación del virus del zika, propagada por el mismo vector del dengue, el mosquito Aedes Aegypti, se ha dado naturalmente en las mismas regiones afectadas por el dengue. Agregaría que las epidemias no sólo pueden cambiar a los gobiernos sino también pueden derrotarlos electoralmente.
Las epidemias cambian la relación entre los médicos y el Estado. Desafortunadamente, éste es un efecto que sólo permanece mientras dura el susto. En México, la epidemia de influenza de 2009 cambió positivamente esta relación, creó nuevas instancias de vigilancia y prevención epidemiológica y dio mayor peso a la opinión y voz a los expertos en esta materia. Pero una vez pasado el susto, los presupuestos en salud disminuyen, como sucedió con el presupuesto para 2016. La llegada a la Secretaría de Salud del doctor José Narro, sanitarista por vocación, deberá remediar este “olvido” y tener presentes las lecciones de 2009.
Las epidemias cambian la percepción pública de las enfermedades. Permiten la educación masiva del público sobre reglas básicas de salud e higiene. Incentivan el surgimiento de iniciativas públicas y sociales para el lanzamiento de innovaciones en políticas públicas. Tal es el caso, por ejemplo, del impuesto a los alimentos y bebidas con exceso de calorías o, más trascendente, las políticas públicas para empoderar a las mujeres en cuanto al derecho a decidir sobre su cuerpo. Como en el caso anterior, el estado de alerta social disminuye en cuanto se regresa a cierta normalidad.
Las epidemias revolucionan el conocimiento. Incentivan la investigación no sólo sobre las causas de una epidemia, también sobre la creación de vacunas, sobre los complejos sistemas logísticos de su distribución, sobre la sociología de las enfermedades, sobre la racionalidad o falta de ella en la sociedad para aceptar las medidas extraordinarias para combatir una epidemia.
Agregaría que las epidemias pueden cambiar la historia. Recientemente se publicaron las cartas del médico personal del presidente estadunidense Woodrow Wilson, que confirman las sospechas de que en 1919, en medio de las negociaciones del Tratado de Versalles que daría término a la Primera Guerra Mundial, Wilson cambió radical e inexplicablemente su posición en las negociaciones afectado por las secuelas de un grave ataque de influenza. Mientras que Wilson había favorecido una rendición alemana que le permitiera a ese país reconstruirse económicamente, al regresar a las negociaciones después de una interrupción debida a su enfermedad, favoreció la posición vengativa francesa, con tales costos de reparación y pérdida de territorios que hicieron imposible la recuperación económica alemana y le abrieron el camino a Hitler, tal como lo vaticinó brillantemente John Maynard Keynes. Las epidemias no son extraordinarias, sino naturales, así debe de ser nuestro estado de alerta. Nos vemos en Twitter: @ceciliasotog y en Facebook: ceciliasotomx.
