¿Tienen razón las críticas a la Reforma del DF?
Ha habido tres tipos de críticas a la Reforma Política del Distrito Federal, recién aprobada en diciembre, que hará de la Ciudad de México una entidad federativa con un congreso local y una constitución, como el resto de las entidades federativas. La primera es la utilitaria: “Una constitución no se come”. La segunda es la escéptica: “todo está mal en el país y la reforma no cambiará nada”. Y la tercera, la más retardataria, es la crítica porque en la Asamblea Constituyente podrán participar mexicanos que no son del Distrito Federal.
La crítica utilitaria cuestiona incluso la necesidad de una constitución local: “Una constitución no aumenta los ingresos de la gente y —peor— no mejora los baches”. Con ese tipo de argumentos jamás se hubieran aprobado reformas de derechos intangibles. De hecho ése fue el razonamiento de muchos países en vías de desarrollo durante los debates de 1947 y 1948 contra la aprobación en la Asamblea General de la ONU de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El representante de Irán, por ejemplo, planteaba que el derecho a la libre expresión crearía el caos en un país donde la mayoría era analfabeta. “Primero alfabeticemos a las mayorías y luego pensemos en el derecho a la libertad de expresión”, concluía. Otros países en proceso de descolonización veían los nuevos derechos como un lujo exótico comparados con las necesidades económicas urgentes de sus pueblos.
En el corto plazo, hay algo de razón en este tipo de argumentos, pero es una razón miope. Han pasado casi 60 años desde la aprobación por la Asamblea General de la ONU de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y el empoderamiento que ha generado su diseminación por todos los rincones del planeta ha liberado a millones de seres humanos de la servidumbre, ha igualado derechos, notablemente los de las mujeres y los de las minorías, ha fortalecido la lucha por los derechos civiles, ha reconocido el derecho al amor de comunidades a las que por siglos se les había negado, ha protegido a niños y niñas, en resumen, ha cambiado positivamente al mundo. La revolución en los derechos humanos también permite dar respuesta a la primera crítica: en el mediano y largo plazos la adquisición de derechos permite influir positivamente en la solución a los problemas prácticos, incluyendo los económicos, pues una ciudadanía empoderada mejora la calidad de su participación en la economía.
Sin que se pueda comparar en amplitud y trascendencia con la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la reforma política del régimen legal del Distrito Federal reconoce nuevos derechos al formidable conglomerado humano reunido en la capital de la República. La Constitución que aprobará la Asamblea Constituyente no podrá comerse, pero podrá mejorar el ambiente económico y el gobierno más cercano a la gente, a través de las alcaldías y los concejales, podrá incidir positivamente en problemas cotidianos como el tráfico, los baches y la corrupción que hoy incentiva la ineficiencia. Si con derechos incompletos los habitantes de la Ciudad de México han logrado triunfos, como el matrimonio igualitario, que han servido de modelo para reformas de vanguardia en otras ciudades y estados, sería arrogante anticipar lo que esta ciudadanía alcanzará con la reforma política aprobada.
La segunda objeción se expresa de dos maneras: primero cuestiona que la reforma aprobada en las Cámaras no sea explícita en todos los derechos que podrían ganar los capitalinos. Pero en vez de defecto, tanto en el sentido de error como de carencia, se trata de una virtud: éste será un debate de la Asamblea Constituyente y no derechos dictados desde el Congreso de la Unión. La segunda expresa un razonamiento religioso: como la Asamblea Constituyente no tendrá una composición ideal, este pecado original marcará todo lo que salga de esas deliberaciones. No hay redención para esta forma de sentir religioso: “de lo malo sólo puede salir lo malo”, expresaban los representantes de Morena y un senador del PRI. Pero la historia sugiere otra cosa: no hay destino manifiesto y sí voluntad humana que se sobrepone a limitaciones.
Finalmente, la objeción de que sólo pueden participar en la Asamblea Constituyente personas del Distrito Federal, olvida que casi el 40% de quienes vivimos y amamos esta ciudad no nacimos en ella; olvida también que, por ser la capital de la República, interesa no sólo a los capitalinos y tercero, y más importante, es un argumento que desprecia y discrimina a otros mexicanos, un argumento indigno. Saludo a todos los lectores de Excélsior y les deseo un 2016 próspero y grato.
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