¿Cuánto vale la palabra del Presidente?

La Reforma Política del Distrito Federal, que convertiría a la capital de la República en una entidad federativa con plenos derechos y autonomía, está nuevamente en manos del Senado de la República y, en especial, del grupo parlamentario del partido del Presidente, el Partido Revolucionario Institucional (PRI).

En la Cámara de Diputados sólo se hicieron cambios de forma, específicamente de fechas, pues el documento enviado por el Senado el 28 de abril pasado preveía para este diciembre el inicio del calendario electoral necesario para la elección de una Asamblea Constituyente el próximo junio de 2016. Con todo y que apenas se trataba de recorrer brevemente el calendario, tiene que ser enviado al Senado para su ratificación. Independientemente de que se apruebe el dictamen, como ha sido el compromiso político, o que por enésima vez se maltrate y desprecie  a los ciudadanos de la capital de la República, el desaseo y politiquería barata con que se ha tratado esta reforma ha dañado el elemento infaltable en una negociación política legítima: el valor de la palabra.

La Reforma Política del DF —o de la Ciudad de México, como debe ser su nuevo nombre— es resultado de la serie de acuerdos o compromisos políticos para llevar a cabo reformas que interesaban de forma diferente pero coincidente en algunos temas al PRI, al PAN y al PRD y que sin el concurso de las tres fuerzas eran imposibles de realizar porque afortunadamente ninguno de los tres partidos tenía (ni tiene) las dos terceras partes que se necesitan en cada una de las Cámaras para realizar una reforma constitucional.

Si no interpreto mal, al PRD le interesaba una reforma contra la excesiva concentración en telecomunicaciones, otra que paliara la peligrosa debilidad de la capacidad de recaudación fiscal del Estado mexicano, así como iniciara la corrección de la desigualdad en la distribución del ingreso y, de manera prominente, la reforma política de la capital, que equipara los derechos políticos de los capitalinos con los del resto de la República.

Durante 2013, año en el que transcurrieron las negociaciones en el Congreso, el precio promedio del barril de petróleo era de alrededor de 93 dólares, cuatro dólares más que en el año anterior, pero el petróleo Brent llegó a los 108 dólares. Quiero hacer énfasis en que los debates sobre la Reforma Fiscal no tenían como trasfondo allegarle recursos al fisco por una inminente y previsible caída en los precios petroleros. El meollo del debate, desde  el punto de vista del PRD, era el de mejorar la proporción Ingresos Fiscales/PIB, que es la más baja entre los países de la OECD y también la peor en América Latina, precisamente como efecto de nuestra dependencia crónica de los ingresos provenientes de las exportaciones petroleras. Como estaban las cosas, el Estado mexicano recaudaba poco y mal. Perdonaba y hacía exenciones a sectores privilegiados que no invertían lo suficiente y en el Impuesto Sobre la Renta unificaba en un solo sector a la clase media con los hipermillonarios. Ya lo he dicho: 39 familias ganaban 130 millones mensuales y pagaban el mismo ISR que usted y yo.

Es posible que la coincidencia de la Reforma Fiscal con un entorno internacional muy inestable e incierto haya acentuado el bajo crecimiento de la economía, un primer efecto esperado y temporal frente a cualquier reforma que aumente impuestos. Pero también es cierto que sin los ingresos extras que se obtuvieron por la reforma, que sólo fue posible aprobar gracias a la participación del PRD, el Estado mexicano no hubiera podido absorber en forma no traumática el desplome de los petroprecios y la baja en nuestras exportaciones, tanto por la disminución de la plataforma petrolera como por la disminución de la demanda en Estados Unidos. Ante la súbita pérdida de la mitad de los ingresos petroleros es posible que el Estado mexicano no hubiera podido hacer frente a algunos compromisos, como deudas o pensiones, o que lo hubiera hecho a costa de un presupuesto no austero sino draconiano para 2016.

Todo partido con intenciones serias de gobernar debería favorecer una mayor fortaleza fiscal del Estado y todo partido con posibilidades de competencia preferiría una Ciudad de México con mayores derechos y una mejor democracia. Y, sin embargo, los personeros del Presidente en ambas Cámaras han querido someter a la Reforma Política del DF a un cambalache de espejitos y piedritas tan devaluadas como su palabra. Allá ellos.

Nos vemos en Twitter, pero hasta después de las fiestas. A mis queridos lectores les deseo Feliz Navidad y un mejor 2016: @ceciliasotog

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