La saga de Agustín Basave
Toda la vida adulta de Agustín Basave, el nuevo presidente del Partido de la Revolución Democrática, PRD, ha sido la de un ir y venir entre las armas y las letras. O más bien, entre las letras y las armas. Lo conocí hace casi un cuarto de siglo cuando ambos coincidimos en la LV Legislatura (1991-1994), él en el Partido Revolucionario Institucional, PRI, y yo en el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana, PARM.
Él en la corriente colosista que creía posible una renovación del priismo y yo con los partidos que aglutinados en el Frente Democrático Nacional habíamos dinamitado en 1988, a fuerza de votos, el viejo arreglo político mexicano de partido casi único. Nos hicimos amigos desde entonces.
Su candidatura a presidir el PRD ha funcionado como un poderoso reactivo: ha destapado resabios racistas entre demócratas que uno hubiera pensado impolutos al referirse a él como un nuevo Maximiliano por ser rubio, de ojos azules y llegar “de fuera del PRD”. Ha hecho que los medios, a falta de mejores hipótesis sobre el significado de su arribo al sol azteca, recurran a calificarlo en todas sus notas como “expriista”, calificativo que tendría que agregarse no sólo a él, sino también a cientos de protagonistas de la política actual. Ha provocado, también, una pérdida de memoria selectiva: los medios no pueden olvidar su militancia priista, pero en cambio olvidan casi una década de cercanía con el PRD, formalizada con una candidatura a diputado federal en 2006 y su pertenencia al consejo consultivo de la candidatura presidencial de ese partido en 2006.
La razón de ese abanico de reacciones tan disímbolas es el desconcierto y la sorpresa ante un cambio de claves políticas. La debacle electoral del PRD en las elecciones pasadas, especialmente, en su bastión capitalino, auguraba un día de campo para sus adversarios políticos. Parecía que bastaba tener un poco más de paciencia para que una dinámica interna entrópica mandara al PRD a la categoría de partido testimonial. Pero la renuncia de los dirigentes Carlos Navarrete y Héctor Bautista y su empeño en buscar una salida “fuera de la caja”, cambiaron el escenario. No se trata de un simple cambio de rostros, sino también del papel de Agustín Basave como catalizador de una energía adormecida, pero potente y presente en las filas del PRD. Y de hacer que el motor de ese partido sea la preocupación por lo que sucede Allá Afuera —así tituló su discurso de toma de posesión— y no las pequeñas batallas de las corrientes internas por rebanadas de poder.
¿Hay una línea de continuidad en los ires y venires entre las armas y las letras en el desarrollo político de Basave? ¿Hay congruencia en alguien que fue priista, colosista, colaborador con Andrés Manuel López Obrador, diputado del PRD? ¿Le debemos agregar etiquetas?
La línea que une cada uno de los puntos que marcan las experiencias políticas de Agustín es su convencimiento de la socialdemocracia como alternativa para México. Primero pensó que era posible la “reforma del poder” desde el poder mismo. Después del asesinato de Colosio, continuó en el PRI hasta que al plantear en una Asamblea Nacional la necesidad de una nueva Constitución y la evolución de nuestro sistema presidencialista a uno parlamentario, precipitó su salida de ese partido. Se refugió en la academia —las letras— y la diplomacia hasta que la campaña de 2006 del PRD lo sacó de la comodidad del cubículo para participar en una campaña que auguraba el triunfo de la izquierda. Fue uno de los pocos que argumentaron abiertamente en contra de la toma de Reforma. Participó activamente en las discusiones para la Reforma del Estado siempre con la idea de una nueva Constitución y la transición hacia un sistema parlamentarista.
Volvió a las letras: al ITESM, a la Ibero, a publicar varios libros hasta que aceptó nuevamente una candidatura del PRD a una diputación federal. Aunque un puesto legislativo es una forma de ejercer las armas de la política, se trata de una arena relativamente segura. Las letras, su capital intelectual aderezado por un sentido del humor irreverente, le facilitarían el camino para brillar como parlamentario. Agustín presentó su licencia hace dos días como diputado para aceptar el mayor reto político de su carrera: la presidencia de un partido en crisis de credibilidad externa y de desgaste interno. Quien crea que se trata de una seducción por el protagonismo político no lo conoce.
En la batalla entre las letras y las armas vencieron estas últimas. Se puede escribir cómodamente sobre la democracia y sobre la Cuarta Socialdemocracia y sobre la necesidad de una nueva Constitución. Se puede elaborar teóricamente sobre lo que debe de ser y sobre el camino que debe seguir México y la izquierda. Pero si te ofrecen la posibilidad de llevar esas ideas al terreno de la realidad, si te ofrecen usar tus letras como armas para mejorar a México, como instrumentos para levantar nuevamente a millones de militantes —cuatro millones exactamente—para luchar por un México más justo, menos desigual y más próspero, no había forma de decir
que no. Felicidades al PRD. Nos vemos en twitter:@ceciliasotog
