A 20 años de Pekín: osadía y prudencia
En tiempos de paz no ha habido un proceso de diálogo entre naciones y sociedad que haya cambiado para bien la vida de tantos seres humanos como la IV Conferencia Mundial sobre las Mujeres, organizada por las Naciones Unidas, ONU, en Pekín hace exactamente 20 años.
Dado que las mujeres representamos la mitad de la población mundial, cambiar su estatus y reconocer sus derechos, constituye el cambio cultural más amplio que haya experimentado la humanidad. El proceso de deliberación hacia Pekín, incluyendo la conferencia preparatoria de Mar del Plata en septiembre de 94, me transformó de alguien simplonamente pro mujer en parte del equipo de conspiradoras de dentro y fuera del gobierno, decididas a implementar la Plataforma de Acción de Pekín. No hay nada más poderoso para la acción que las ideas y la IV Conferencia nos dio ideas, herramientas, agenda, metas medibles, prioridades, estrategias, rutas críticas y el sentimiento tan bien expresado en el Enrique V de Shakespeare de pertenecer a una hermandad sin fronteras, a una “banda de hermanas” unidas por el compromiso con el bien y con la meta común de empoderar a las mujeres y niñas del mundo entero. ¿Por qué tuvo tanto éxito la IV Conferencia y lo tuvieron menos antecedentes como las tres ediciones que la precedieron en 1975 en México, 1980 en Copenhage y 1985 en Nairobi? No tengo una respuesta completa. Parte está en el cambio acumulativo, en el “contagio” de conceptos avanzados de derechos humanos e igualdad, de las élites que los formularon en documentos como la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948 hasta asimilarse por capas amplias de ciudadanos en numerosos países, a través de experiencias masivas, positivas o negativas, en el ejercicio de estos derechos. El fin de la Segunda Guerra y los juicios por crímenes contra la humanidad que se prolongaron hasta los años 60. La caída del Muro de Berlín y el encuentro de millones de ciudadanos con nuevas libertades. Y las revoluciones en la vida de las mujeres generadas a partir del conocimiento científico sobre su biología y su ciclo reproductivo
(sí, Enrique VIII, tú eras y no tus esposas, el que determinaba el sexo de tus hijos), los métodos anticonceptivos, la entrada masiva al trabajo y a la educación superior. Con todo, como escribió la demócrata estadunidense Geraldine Ferraro en un artículo previo a la IV Conferencia de Pekín, los derechos humanos se asociaban en el imaginario colectivo con hombres torturados, encarcelados o exiliados, rara vez se asociaban con mujeres. La guerra en la antigua Yugoslavia cambió esa imagen: a la violencia cotidiana que sufrían millones de mujeres en la intimidad de su hogar o en las calles del mundo entero y que apenas merecían alguna nota en la página roja de los periódicos, se sumó la evidencia incontestable del uso de las mujeres como botín de guerra y la violación a sus cuerpos como sistema y arma de venganza. La Conferencia sobre Derechos Humanos, celebrada en Viena en junio de 1993, avanzó al plantear que los derechos humanos no pueden interpretarse bajo la óptica del relativismo cultural y permitir aquí lo que se prohíbe allá. La declaración de Viena reconoce a los derechos humanos como indivisibles, interdependientes e interrelacionados. Mejor aún, reconoce a los derechos de mujeres y niñas como derechos humanos universales, irrenunciables e inalienables y avanza en una agenda en contra de la violencia contra las mujeres. La Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo, celebrada en El Cairo en septiembre de 1994, aporta un avance más al reconocer el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo, su sexualidad y sus derechos reproductivos. Al año siguiente, en Pekín, la IV Conferencia Mundial sobre las Mujeres incorpora esos logros en la Plataforma de Acción con metas de educación básica universal, igualdad entre hombres y mujeres en la economía, el respeto a los derechos humanos y sobre todo la participación igualitaria en la toma de decisiones, que potencia el cambio en todas las esferas de la vida diaria. Este viernes pasado, el 20 aniversario de la conferencia de Pekín se celebró de manera discreta, casi en secreto, en la sede las Naciones Unidas; no mereció una sesión especial de la Asamblea General. El miedo a los fundamentalismos expresados en movimientos como Boko Haram en África y el Estado Islámico y la justificación del sometimiento violento de las mujeres hizo que la ONU se replegara. Es cierto que la tercera ley de Newton (“a toda acción sigue una reacción igual pero en sentido contrario”) se aplica no sólo al mundo físico sino también al social. Por ello, en México debemos cuidar los logros que hemos conseguido, como el principio de paridad entre hombres y mujeres, inscrito en la Constitución, con prudencia y madurez sin dejar la osadía para seguir avanzando. Y nos encontramos en Twitter: @ceciliasotog.
