Los desaparecidos: la hecatombe

La masacre de la región de Allende y el persistente silencio que la rodea es sólo un elemento, quizás el más terrible por sus dimensiones, de la cadena de hechos vinculada al fenómeno de los desaparecidos.

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Cecilia Soto 23/06/2014 02:03
Los desaparecidos: la hecatombe

A la memoria de Gerardo Heath Sánchez y, con él, a la de los más de 300 desaparecidos de Los Cinco Manantiales, Coahuila

 

El 26 de marzo de 2011, un periódico digital de la frontera coahuilense, Borderland Beat, informaba de las oraciones y mensajes de solidaridad que llegaban a la madre de Gerardo Heath Sánchez, un adolescente de 14 años que tuvo la mala suerte de visitar a un amigo y vecino el viernes 18 en Allende, uno de los pueblos conocidos como Los Cinco Manantiales, en Coahuila. La publicación especializada en temas de seguridad describía —a una semana de los hechos— que cientos de habitantes de ese poblado habían sido secuestrados por Los Zetas: no volvieron jamás. Pero la noticia del secuestro y desaparición de por lo menos 300 personas no salió de esa zona asolada por el terror de Los Zetas sino hasta dos años después en la revista Proceso, gracias a declaraciones vertidas en un tribunal de Houston en el juicio seguido contra José Treviño Morales, hermano de El Z-40.

En febrero de este año, tres años después de la masacre que exterminó a entre 300 y 400 personas, la procuraduría estatal inició una investigación y encontró evidencia de que los cuerpos fueron disueltos o incinerados con diésel. Esta masacre, que supera las cifras fatales de las dos de San Fernando, en 2010 y 2011, no llegó a las páginas de la prensa internacional; sólo The Economist la mencionó el mes pasado. En 2013, Damien Cave, corresponsal de The New York Times, publicó un extenso reportaje sobre el trabajo de un sacerdote en las prisiones de Coahuila, con numerosas menciones a Los Zetas, pero ninguna a la masacre de Los Cinco Manantiales. Me pregunto cómo fue posible que un secreto así fuese guardado por cientos, miles de personas.

El evento que permitió iniciar el rescate de Michoacán fue el surgimiento de las autodefensas. Este hecho obligó al nuevo gobierno a cambiar de discurso y de estrategia. Y según versión de los fundadores de las autodefensas, éstas surgieron cuando Los Templarios pasaron de extorsionar y secuestrar a amenazar con llevarse a esposas e hijas. Un ambiente más rural que en la frontera norte, con un fenómeno de crimen organizado mucho más reciente —menos tiempo sojuzgados y vencidos—, permitió una vital reacción de supervivencia de la sociedad.

El silencio en torno a la masacre de Allende y demás manantiales nos habla de una situación inmensamente más complicada. La frontera noreste del país está habituada a la presencia del crimen organizado desde hace por lo menos tres décadas. La convivencia o connivencia de las autoridades con los delincuentes es proverbial. ¿Cómo explicar que el 18 de marzo de 2011 llegaran 40 camionetas a Allende, todas con hombres fuertemente armados, y nadie les cerrara el paso? En una semana secuestraron y desaparecieron a entre 300 y 400 personas, sin que nadie lo impidiera, a pesar de que publicaciones locales, como Borderland Beat, lo denunciaran a tiempo. Para demoler e incendiar 37 residencias y siete ranchos, se utilizaron vehículos pesados y granadas, ¿y nadie oyó, nadie vio? En Michoacán, el terror no había llegado a donde ha llegado en Coahuila y Tamaulipas.

Las autoridades federales tienen prisa, también, precisamente porque esa región del noreste es potencialmente rica en gas de esquisto. Después de haber hecho prospectiva y un plan de negocios, una compañía alemana abandonó este año el proyecto de inversión, citando a la inseguridad como causa. En abril, un hotel en Ciudad Mier, en el que se alojaban técnicos e ingenieros, fue balaceado.

Pero antes de poder ofrecer seguridad a los inversionistas está la prioridad de hacerlo para los traumatizados habitantes de esa región. Su silencio me recuerda La vida secreta de las palabras, la película de Isabel Coixet en la que la protagonista pierde la voz por la experiencia traumática de la guerra de Bosnia. Y encuentro más elementos comunes con aquella guerra: el abandono absoluto de la autoridad, que no se presenta sino hasta que ha terminado el exterminio; el dominio del terreno por parte de un ejército paralelo ilegítimo y una población traumatizada y victimizada.

La masacre de la región de Allende y el persistente silencio que la rodea es sólo un elemento, quizás el más terrible por sus dimensiones, de la cadena de hechos vinculada al fenómeno de los desaparecidos. No hay semana que no se descubran fosas clandestinas, como las encontradas en Veracruz con más de 30 cuerpos hace unos días, con víctimas que llevan años, meses o días enterradas. En lo que va del año, se han exhumado en el país 192 cadáveres; desde 2010, cerca de dos mil, sin contar los cuerpos disueltos o incinerados. La Secretaría de Gobernación ha actualizado a 16 mil el número de desaparecidos: es una tragedia de dimensiones épicas. Cincuenta por ciento más que las víctimas del desembarco en Normandía el Día D; cuatro veces el número de víctimas de las dictaduras brasileña y chilena, la mitad de las víctimas de la feroz dictadura argentina. Que para los familiares de las víctimas haya el consuelo de la verdad, de una mínima justicia y del fin a la impunidad, y una estrategia de cuidados, acompañamiento y apoyo económico para las familias y, en especial, para los menores.

Nos vemos en Twitter: @ceciliasotog para celebrar el triunfo de #miseleccionmx.

                *Analista política

                ceciliasotog@gmail.com

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