La tarde que conocí a Colosio

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Cecilia Soto 17/03/2014 01:39
La tarde que conocí a Colosio

Conocí a Luis Donaldo Colosio alguna tarde durante la campaña de 1988. Tiene que haber sido de tarde porque fue en Hermosillo y las campañas electorales en mi estado y en general en el norte del país, se desarrollan a 35 grados muy de mañana, 45 e incluso 50 grados desde el mediodía hasta como a las cuatro y abajo de 40 conforme avanza la tarde. Recuerdo los colores con tintes de tarde, debe haber sido de tarde.Yo volanteaba en la plaza enfrente de la Universidad de Sonora para aprovechar un crucero congestionado que reunía a gran cantidad de automóviles gracias a un semáforo con un alto prolongado.  

Una Suburban nueva e impecable había quedado en la primera fila, un chofer conducía a dos jóvenes. Eran demasiado jóvenes para poder tener una Suburban, seguro que eran políticos priistas e identifiqué a Manlio Fabio Beltrones, a quien conocía de años atrás y con quien me unía (y une) una relación de simpatía y paisanaje. Reconocí de inmediato a Luis Donaldo Colosio. Él y Manlio integraban, respectivamente, la primera y segunda  fórmula del PRI para el Senado. Ellos en la Suburban y yo a pie. Yo competía por un escaño al Congreso local por el primer partido que se había atrevido a nominar el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas a la Presidencia de la República, el improbable Partido Auténtico de la Revolución Mexicana, PARM.

El PARM había nominado a Cuauhtémoc Cárdenas a la Presidencia en octubre de 1987. Mi esposo, Patricio Estévez, que había hecho campaña para que ese partido no tuviera a un priista de candidato presidencial, renunció como precandidato para nominar al ingeniero Cárdenas. Los dos teníamos una larga historia de antipriismo y recelábamos de la corriente critica del PRI. Era claro que la candidatura del hijo de Lázaro Cárdenas tendría gran repercusión política nacional, pero no nos convencía el dicho aquel de que “para que la cuña apriete tiene que ser del mismo palo”. Con su bonhomía y congruencia Cárdenas nos ganó durante la campaña presidencial. Casi dos meses después vinieron las nominaciones por parte del Partido Popular Socialista, PPS, y del Partido del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional, PFCRN. Estos tres partidos, la excorriente crítica del PRI, expulsada de ese partido después de la XIII Asamblea en la que pidieron el fin del dedazo y reglas democráticas para elegir al candidato presidencial, algunos partidos sin registro, el PMS y numerosas organizaciones sociales integrarían más tarde el Frente Democrático Nacional que impulsó la candidatura de Cárdenas.

Pero vuelvo a esa tarde. No hubo mucho tiempo para presentaciones, Manlio me reconoció y bajó el cristal y yo, con el gustillo de afirmar simbólicamente que no, no era seguro el triunfo del PRI, les entregué el volante promoviendo la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas. Oí la voz de Colosio, barítono, me dije.

En realidad, antes del apoteósico mitin de La Laguna a favor del ingeniero Cárdenas en la primavera de 1988, todavía no teníamos una idea clara de que participábamos en una campaña que marcaría un antes y un después en la vida política del país. Si las encuestas se equivocan ahora, más se equivocaban en ese entonces. Dudo que Manlio y Donaldo en la Suburban negra reluciente, estuvieran conscientes de la próxima debacle del PRI. Ambos estaban convencidos de que llegaba una nueva generación al poder, mensaje que se contradecía con las manifestaciones externas de una campaña federal priista típica: el derroche de recursos, el maridaje abierto de gobierno y partido, la prensa y los medios dedicando grandes espacios a la campaña del PRI e ignorando la campaña del Frente Democrático Nacional.

La mancuerna priista ganó con relativa facilidad su acceso al Senado. En general, aun habiendo ganado en Sonora, los candidatos a senadores y diputados priistas tuvieron que aumentar sus votos fraudulentamente para poder justificar los votos al candidato Salinas que en muchos distritos había recibido menos votos que las otras candidaturas federales. El PRI perdió por primera vez oficialmente el distrito II de Hermosillo. Ya lo había ganado anteriormente el PAN, pero el fraude no se pudo comprobar.

No volví a encontrarme con Luis Donaldo sino hasta en la LV Legislatura, cuando fui secretaria de la Comisión de Ecología y él titular de la Secretaría que llevaba el tema. Entre la campaña del 88 y la Cumbre de Río de Janeiro sobre Medio Ambiente en 1992, cuando presidió la delegación mexicana, él intentaba reformar el poder desde el poder mismo y otros queríamos terminar el monopolio del poder del PRI e iniciar la normalización de México como un país con alternancia en todos los puestos políticos y elecciones limpias y confiables. Nuestras historias siguieron vías un tanto paralelas: él en las grandes ligas de la política, yo asomándome a la historia desde un balcón lateral, a veces asaltando el escenario central.

Luis Donaldo llegó al Senado por Sonora y yo, gracias al cataclismo de las elecciones del 88, a la diputación local. Él asumió la presidencia nacional del PRI y yo, que quería comerme el mundo, inicié el aprendizaje de ser legisladora local. El país estaba conmocionado por las elecciones de 1988 y, sobre todo, porque había emergido al escenario político nacional, con voz, voto y candidatos, un amplio movimiento de base. Una parte importante había sido del PRI y nunca regresaría a él.

En mayo de 1989, Cuauhtémoc Cárdenas fundó el Partido de la Revolución Democrática. En julio, en su carácter de presidente del PRI, Colosio reconoció por primera vez la derrota en una gubernatura y enfrentó las críticas de quienes justificaban el “fraude patriótico” contra el PAN. En agosto, el presidente Salinas envió a cuatro mil soldados apoyados por helicópteros a Cananea con motivo de la quiebra de la Compañía Minera. La cercanía me permitió ser la primer figura de oposición en llegar a apoyar a los lugareños y a los trabajadores. También llegó Cuauhtémoc Cárdenas. Tres días después llegó Luis Donaldo con una difícil doble representación: senador por Sonora y presidente del partido que se decía heredero de la revolución nacida en Cananea. Negoció el retiro de la mayor parte de las tropas. Sentí envidia: eso es estar en las grandes ligas.

Luis Donaldo y yo debimos conocernos antes de 1988. Los dos ganamos el mismo año en nuestras respectivas zonas escolares el concurso para los niños más aplicados de México. Seríamos recibidos por el Presidente y haríamos un viaje por la Ruta de la Independencia. Donaldo está en la foto con el presidente Adolfo López Mateos. Yo no pude ir por razones familiares. O nos pudimos haber conocido en uno de mis múltiples viajes a Magdalena de Kino, de donde es mi familia política. A veces es difícil aceptar que grandes sucesos históricos tejieron sus orígenes en pueblos pequeños, que un joven salió de Magdalena para intentar cambiar a México. Que un saludo en una tarde calurosa daría origen a un diálogo que tendría al amor a México como tema principal: cómo cambiarlo, cómo mejorarlo, qué conservar, qué transformar. Recuerdo a Luis Donaldo con afecto, admiración y nostalgia. Nos vemos en @twitter: @ceciliasotog

                *Analista político

                ceciliasotog@gmail.com

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