Los otros Chicago boys

El papel que juega la formación de la opinión pública es tan determinante que en Estados Unidos, al integrarse un jurado, se exige a los ciudadanos elegidos no leer prensa ni seguir programas de televisión que puedan influir su juicio sobre la culpabilidad o inocencia del acusado.

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Cecilia Soto 10/03/2014 02:17
Los otros Chicago boys

“No recibimos presiones ni nos amenazaron, lo digo categóricamente”. Esta fue la respuesta políticamente correcta de Gabriel Contreras, presidente del Instituto Federal de Telecomunicaciones, IFT, a una pregunta fácil de batear en la conferencia de prensa ofrecida sobre las resoluciones de preponderancia. En realidad pocas veces se ha visto una campaña de presiones y amenazas tan abierta como la que atestiguamos en las semanas que precedieron a la declaración de preponderancia emitida por el IFT el pasado 6 de marzo. No se trata de amenazas y presiones abiertas sino del método de influencia ejemplificado de forma maestra en Chicago, el musical de Broadway llevado posteriormente a la pantalla con gran éxito y que le valió un Oscar como actriz de reparto a Catherine Zeta-Jones.

El musical de John Kander, Fred Ebb y Bob Fosse, está ambientado en el Chicago de los años de la prohibición, finales de la segunda década del siglo pasado. Dos actrices de cabaret, Roxie Hart y Velma Kelly, cometen sendos asesinatos y buscan a un defensor que las salve de la horca. Encuentran al abogado Billy Flynn que sólo defiende a mujeres y quien “nunca ha perdido un  caso”. Billy les explica el principio de su éxito: “Cuando vayamos a juicio, al jurado y al juez les importa un bledo cuál será el argumento de tu defensa, a menos que tú les importes. Lo primero que tenemos que hacer es conseguir la simpatía de la prensa”. (Aunque esta primera parte del argumento es relevante para el tema de la Reforma en Telecomunicaciones, un segundo argumento de Billy Flynn me permitió impedir que Gloria Trevi y compañía obtuvieran el refugio político en Brasil en 2003. Flynn le dice a Roxy y Velma: “Algo que los jurados no pueden resistir es a una pecadora arrepentida”).

Billy Flynn no descubre el agua tibia: el uso y manipulación de la opinión pública para influir en los juzgadores tiene una larga historia. En 1894, una despiadada campaña para desprestigiar al oficial Alfred Dreyfus, emprendida por la prensa francesa antisemita, permitió que se le declarara injustamente culpable de traición a la patria. A pesar de haberse encontrado al verdadero culpable, la reivindicación de Dreyfus fue extremadamente difícil, pues su fama pública había sido destruida. Se requirió de una intervención altamente mediática del escritor Émile Zola para lograrla.

Pero no tenemos que recurrir a ejemplos tan lejanos y tan antiguos. En la historia de la transición mexicana, la participación de Televisa para bloquear cualquier información respecto a la exitosa campaña presidencial del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas en 1988 y en cambio para desprestigiar a su familia, jugó un papel importante para darle credibilidad al fraude electoral de ese año; el mismo papel jugó la cadena brasileña Globo para desprestigiar a Lula en su primera campaña por la presidencia, en la que contendió contra Fernando Collor de Mello.

El papel que juega la formación de la opinión pública es tan determinante que en Estados Unidos, al integrarse un jurado, se exige a los ciudadanos elegidos no leer prensa ni seguir programas de televisión que puedan influir su juicio sobre la culpabilidad o inocencia del acusado.

El IFT preparó a la opinión pública desde hace semanas; tanto Televisa como América Móvil serían declarados agentes económicos preponderantes. La televisora había intentado evitar la regulación desde el primer momento de la reforma. El 2 de diciembre de 2012, cuando por primera vez se presentó el Pacto por México junto con los 95 compromisos acordados, una mano non sancta había eliminado el compromiso de impulsar el must offer/must carry. Ello se corrigió en el proyecto de reforma constitucional aprobado por la Cámara de Diputados. Pero otra mano non sancta o el conjunto de manos de la telebancada, logró que en los criterios para determinar la preponderancia no se incluyera ninguno que pudiera aplicarse en radiodifusión. No fue sino hasta que el proyecto de reforma llegó al Senado donde gracias a la presión de organismos de la sociedad civil y de senadores ajenos a la influencia del duopolio, que se pudo incluir el concepto de audiencias.

La más reciente campaña para enredar a los medios y a la opinión pública en torno a dos non facts, es decir, dos hechos no existentes: la inventada escisión de Telmex y la supuesta participación accionaria de esa empresa en Dish, es un caso maestro que debe estudiarse en toda escuela de comunicación que se precie de seria. Revela la gran cantidad de activos con los que cuenta el duopolio en medios de comunicación: periódicos completos, consultorías especializadas, columnas financieras y de telecomunicaciones, opinadores en radio, prensa escrita y tv, una telebancada mayor de lo que se pensaba que incluye a integrantes de los tres principales partidos y sus aliados. Más importante, revela el método de la escuela de Billy Flynn: cómo crear tal presión mediática en torno al nuevo IFT que si no consigue influir definitivamente en sus decisiones, sí logra crear un ambiente en el que si el regulador no se pliega a los deseos del duopolio, entonces puede ser acusado de haberse dejado “capturar”.

Las acciones anunciadas por el IFT parecen librar esa primera trampa: impone condiciones rigurosas a ambos agentes preponderantes. Pero la opinión pública sale confundida de esta primera batalla. Una saludable dosis de desconfianza y de escepticismo hacia todas las opiniones —incluyendo ésta que usted lee— y cierto esfuerzo para documentarse y entender un tema complejo, le hará invulnerable a las travesuras de los nuevos discípulos de Billy Flynn. Nos encontramos en Twitter: @ceciliasotog

                *Analista política

                ceciliasotog@gmail.com

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