La influenza nuestra de cada día

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Cecilia Soto 03/02/2014 01:49
La influenza nuestra de cada día

La Secretaría de Salud informa que cada dos años vuelve el virus A H1N1, que la cantidad de contagios está dentro de las estadísticas previstas y que las víctimas fueron responsables de su deceso: se atendieron demasiado tarde y la mayoría de ellas padecía otra precondición (obesidad y diabetes) que los hacía vulnerables. Pero yo digo que después de la experiencia de 2009, 300 muertos por influenza en enero de 2014 son demasiados. Si una Secretaría no ejerció a plenitud su presupuesto en 2013 y tiene 300 muertos y más de dos mil contagios por influenza en el primer mes del año, es probable que las hipótesis que guían su planeación sean erróneas. Es posible que planifique y programe sus recursos para una población ideal, no para la población real, que es pobre y no acude a consultas, que se automedica, en la que abundan la obesidad y diabetes, y cuya confianza en el gobierno se ha visto muy mermada.

De tanto en tanto, la naturaleza nos hace saber en forma contundente que quien manda es ella. Y que la historia contada sin ella es cuento de hadas. Por ejemplo, la historia contemporánea es inexplicable sin la epidemia de influenza de 1918-1919 y sus consecuencias. De hecho, todavía vivimos los efectos políticos y sociales de esa epidemia que cobró más de 50 millones de muertos en el mundo y que sólo en Estados Unidos causó más muertes que la Primera y la Segunda Guerras Mundiales, que la  Guerra de Corea, la de Vietnam, las dos de Irak y la de Afganistán. Entre septiembre de 1918 y junio de 1919, murieron 675 mil norteamericanos. En las guerras mencionadas murieron 570 mil.

Durante la epidemia de 2009, se confirmó la asociación entre algunos casos especialmente graves de influenza causados por el virus A H1N1 y alteraciones mentales profundas, casos más frecuentes en niños, pero también en adultos, que ahora pudieron documentarse con imagenología del cerebro.  En 1919, en ausencia de esas herramientas tecnológicas, abundan los testimonios de que el presidente norteamericano Woodrow Wilson, probablemente bajo los efectos de la influenza, sufrió cambios profundos de conducta, pérdida de memoria y de agudeza mental y manifestación de fobias y paranoias, que lo llevaron a firmar el Tratado de Versalles en los términos propuestos por el primer ministro francés Clemenceau, los cuales habían sido repudiados por él.

El 18 de enero de 1918, Wilson pronunció ante el Congreso de su país el famoso discurso de los “14 puntos”, en el que planteó un programa para la paz, pues la derrota de Alemania parecía inminente. Propuso la formación de la Liga de las Naciones —el antecedente de la Organización de las Naciones Unidas— y, por tanto, usar la diplomacia como herramienta fundamental para dirimir conflictos, además de la libertad de comercio y la devolución de los territorios invadidos. En el último párrafo se dirigió en forma magnánima a Alemania: “No tenemos celos de la grandeza alemana y no hay nada en este programa que la perjudique... No queremos combatirla con las armas o con acuerdos de comercio hostiles si acepta unirse con nosotros y otras naciones amantes de la paz en acuerdos de justicia, respeto a la ley y trato justo. Sólo queremos que acepte su lugar como igual entre los pueblos del mundo —el mundo nuevo en el que vivimos ahora— en vez de una posición de dominio.”

El 5 de octubre, Alemania envió una nota al presidente Wilson aceptando sus 14 puntos. Pero las negociaciones entre los aliados para detallar las exigencias a los vencidos iniciaron en París, en enero de 1919. Wilson rechazó una y otra vez el espíritu vengativo que permeaba la propuesta francesa, tan contraria a su programa de los 14 puntos, al que llamó “el único programa posible para lograr la paz duradera”. El 3 de abril de ese año, Wilson enfermó gravemente con 39.5 de temperatura, vómito, tos violenta y los demás síntomas que hoy se asocian a la influenza. El quinto día insistió en reiniciar las negociaciones en su recámara, pues continuaba en cama. El cambio de conducta fue tan abrupto que en su equipo surgió la sospecha de que había sido envenenado. Tenía episodios de euforia, de manías, pérdidas de memoria y una actitud social desinhibida desconocida en él

A cambio de que aceptaran su propuesta de la Liga de las Naciones, Wilson cedió a todo lo que pidieron Clemenceau, Italia y Japón, y así se firmó el tristemente célebre Tratado de Versalles, origen del posterior ascenso del nazismo. En su brillante ensayo Las consecuencias Económicas de la Paz, John Maynard Keynes demuestra que el cumplimiento de las exigencias económicas impuestas sobre Alemania en materia de reparación de daños a Francia y otras naciones, haría inviable su reconstrucción económica y crearía el caldo de cultivo  para revueltas sociales y revoluciones. Keynes escribió premonitoriamente: “Bajo la privación económica... la vida continúa hasta el límite de la resistencia y las voces a favor de la desesperanza y la locura liberan al hombre del letargo que precede a la crisis. Entonces, se libera y los lazos de la costumbre se aflojan. Reina el poder de las ideas y entonces presta oídos a cualquier palabra de esperanza o ilusión que flote en el ambiente”.

Aprendimos mucho en 2009 bajo la presión de la pandemia, pero no lo suficiente, como lo demuestran las altas cifras de contagios y defunciones en enero. Hay que tratar a la influenza con la humildad y el respeto de quien enfrenta a un enemigo poderoso capaz de cambiar la historia del mundo, de evolucionar y aprender de nuestras armas. El primer error es pensar que ya se sabe todo de este bicho. Nos encontramos en Twitter: @ceciliasotog.

                *Analista política

                ceciliasotog@gmail.com

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