No había Twitter en 1994 y decíamos “Chapas”

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Cecilia Soto 13/01/2014 02:06
No había Twitter en 1994  y decíamos “Chapas”

No había Twitter en 1994, los celulares eran apenas teléfonos móviles, no vehículos de noticias, y, por ser temprano, en la mañana del primer día del año, no  había revisado el periódico. Recibí una llamada del responsable de mi campaña por parte del Partido del Trabajo, Marcos Cruz: “Si te hablan  periodistas por lo de Chiapas es importante que les digas que se hará una declaración formal por parte del partido y de la campaña”. ¿Qué pasó en Chiapas?, le dije. Una rebelión armada, me respondió.

Fue así como me enteré del levantamiento del EZLN. Me sentí totalmente inadecuada como candidata: en casa, en medio del desorden hogareño que sigue a una celebración, con niños qué levantar y vestir, sin información al minuto. ¿Cómo habrían recibido la noticia los otros candidatos? Yo quería correr al aeropuerto, viajar a la sede de la campaña en el DF y conocer todo sobre el EZLN.

Había elegido tener el primer mitin de la campaña presidencial precisamente en Chiapas, como señal de una candidatura que tendría como tema principal la denuncia de la escandalosa desigualdad en México y el combate a la pobreza. En las semanas que habían antecedido a mi toma de posesión como candidata, había podido conocer a numerosos dirigentes regionales del PT. El partido no tenía una presencia nacional homogénea, pero tenía un trabajo serio y comprometido entre comunidades muy pobres de varias regiones y estados, con propuestas de autoempleo, autoconstrucción y sobre todo auto organización.

El PT tenía una importante presencia en varias regiones de Chiapas por su cercanía al magisterio disidente y su participación en movimientos campesinos y sociales. Así que, la primera semana de diciembre de 1993, tuvimos los primeros mítines y la primera gira en Chiapas. Fue una gira reveladora. Mi experiencia campesina se limitaba a los ejidos del sur de Sonora, con ejidatarios pobres, pero a los que no faltaba comida. Faltaba el agua que abundaba en el vecino estado de Sinaloa, pero llegaba muy escasa a Sonora. Pero allá los campesinos tenían la opción de la pesca cooperativista, proyectos productivos con ganadería e iban y venían a Estados Unidos.

En contraste con el desierto al que estaba acostumbrada, Chiapas era un mar verde. La naturaleza abrumaba y hacía más incomprensible la pobreza de las comunidades, varias de ellas indígenas. Pensar que había estado en San Cristóbal de las Casas apenas tres semanas antes del levantamiento y ni yo ni los dirigentes del partido habíamos detectado siquiera algún síntoma de lo que estaba por venir.

La rebelión del EZLN cambió a México y lo cambió para bien. No porque Chiapas —que ahora pronuncio sin obviar la “i”, como hacíamos antes del 1994 en casi todo el país— esté mejor que antes del 1 de enero de 1994. No lo sé. Pero el EZLN descorrió el velo de desinformación sobre la verdadera situación de las etnias indígenas en México. Sin duda, propició un empoderamiento de éstas como no se había logrado quizá en siglos y cuestionó la legitimidad de los llamados usos y costumbres, en especial en cuanto a su trato indigno y humillante hacia las mujeres. El EZLN inició el empoderamiento de las mujeres indígenas de Chiapas, les dio voz e inició un movimiento que ahora ha salido fuera de Chiapas y se extiende a las mujeres indígenas de muchas etnias. La rebelión del EZLN volcó las energías de la izquierda en México, y aun de corrientes centristas y de derecha, a la polémica sobre los derechos de los indígenas y sobre el hecho incontrovertible de que la Revolución Mexicana, el movimiento nacionalista, todos los movimientos sociales con representación nacional, habían ignorado las necesidades y las reivindicaciones de los pueblos originarios de México.

El 11 de enero de 1994, hace 20 años, se organizó una manifestación con decenas de miles de personas que abarrotaron el Zócalo,  a la que asistimos varios candidatos presidenciales. La demanda fundamental que reiteró en su discurso Cuauhtémoc Cárdenas era no reprimir militarmente a los zapatistas e iniciar el diálogo, como sucedió. Ahora sabemos que el entonces presidente Salinas había sido informado por el Ejército  desde el verano de 1993 sobre la presencia de campamentos armados en Chiapas y que había decidido actuar —probablemente, militarmente— después de dar a conocer o “destapar” —como se decía antes—  la candidatura de Colosio. Y que después del destape, la acción se pospuso nuevamente para “después de Año Nuevo”. Pero lo impredecible se adelantó.

Pocos hechos, como los que definen a 1994 como el año trágico que marcó el fin y la inoperancia de un sistema y la necesidad de nuevas reglas para la convivencia mexicana, muestran tan insoslayablemente el papel del individuo en la historia. Las decisiones u omisiones de unos que pagan cientos de miles, millones. Las fantasías y obsesiones de otros, inadecuadas, políticamente incorrectas, saturadas de narcisismo y que, sin embargo, producen una discontinuidad insalvable, imposible de obviar pero a la vez fértil.  En la primavera de 1994, el PT me propuso visitar a Marcos. Él acababa de recibir al ingeniero Cárdenas. Decliné la propuesta: mi candidatura quería demostrar, entre otras cosas, que una mujer podía ser Presidente. No me sometería al maltrato que el comandante zapatista había dado al candidato del PRD.

Después del descanso decembrino vuelvo a las páginas de Excélsior con renovadas energías. Escribiré sobre los temas que acostumbro y, esporádicamente,con respecto a mi testimonio sobre 1994, y las tragedias que lo marcaron. Nos encontramos en Twitter: @ceciliasotog.

                *Analista política

                ceciliasotog@gmail.com

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