Paridad: un aniversario inolvidable

Las conquistas a favor de las mujeres y de la equidad de género en México, a partir del derecho al voto obtenido hace 60 años en octubre de 1953, describen una perfecta curva asintótica. Las primeras décadas apenas si despega del eje horizontal y corre paralela a ...

Las conquistas a favor de las mujeres y de la equidad de género en México, a partir del derecho al voto obtenido hace 60 años en octubre de 1953, describen una perfecta curva asintótica. Las primeras décadas apenas si despega del eje horizontal y corre paralela a éste, elevándose discretamente a partir de la cuarta o quinta década. Pero ciertos eventos aceleran la tendencia vertical de la curva y la disparan hacia arriba. Estos eventos coinciden con la celebración de la V Conferencia Mundial sobre la Mujer y el claro mandato para utilizar las herramientas de la discriminación positiva como instrumentos para acelerar la igualdad de oportunidades para las mujeres. Entre las herramientas que se derivan de la propuesta de la discriminación positiva, destaca como reina la propuesta de las cuotas de género, que permite remediar el desequilibrio de la representación de uno u otro sexo en los distintos foros de representación de los países.

El concepto de discriminación positiva es anterior a todas las demandas para la igualación de derechos de las mujeres, anterior incluso a la lucha de las sufragistas de finales del siglo XIX y principios del XX. Asociado a catástrofes y guerras, buscaba proteger a niños, mujeres y ancianos al discriminarlos para su defensa y cuidado, es decir, positivamente. Todos recordamos que en caso del hundimiento de un barco, mujeres y niños tienen la prioridad de subir a los botes salvavidas, es decir, son discriminados positivamente. En México recordamos el lema de los años 60: “si la leche es poca, al niño le toca”. En el caso del servicio militar y de la participación en el frente de batalla, hasta hace poco se discriminaba positivamente a las mujeres, prohibiendo su presencia directa en la línea de fuego. No comparto del todo la lucha de las mujeres estadunidenses por estar como iguales en el frente.

Pero quien o quienes hayan extendido el concepto de discriminación positiva a la lucha por igualar la representación y participación de las mujeres en el gobierno, la vida política, profesional, laboral, cultural, económica, etcétera, merece(n) el Premio Nobel de la Paz, pues no ha habido una iniciativa que pueda presumir de un encadenamiento de logros tan prodigioso como el que se ha venido tejiendo desde 1995: que las mujeres del mundo dejen de ser invisibles, dejen de ser mantenidas en la ignorancia, dejen de ser gobernadas, dejen de ser interpretadas para ser ellas mismas a veces paulatinamente, a veces en forma vertiginosa, quienes hablen por sí, quienes hagan saber sus necesidades y aspiraciones, quienes se gobiernen y gobiernen, quienes protagonicen el cambio y quienes mejoren al mundo.

En la ceremonia del 60 aniversario del voto a las mujeres, encabezada por el presidente Enrique Peña Nieto en Palacio Nacional, la curva asintótica de los avances de la igualdad en México tomó por asalto el cielo, pues fue el marco para el envío a la Cámara de Senadores de la iniciativa de ley para reformar el Código Federal de Instituciones Electorales, Cofipe, para incorporar en éste la obligatoriedad de la paridad de género en todas las candidaturas federales. La iniciativa va firmada por todas las senadoras, pertenecientes a todos los partidos, y por el Presidente de la República. Una ceremonia inolvidable, un logro que no pensé que llegaría tan pronto.

Quizá nada ejemplifique mejor la bondad de las cuotas de género como herramienta temporal y correctora, que la llegada a la LXII legislatura de un número sin precedente de mujeres, tanto a la Cámara de Diputados, con 187 legisladoras, como a la Cámara de Senadoras, con 42 senadoras. Esta representación tan numerosa ya constituye una masa crítica que no sólo no puede ignorarse, sino que constituye una corriente poderosa a favor del cambio y más cuando la naturaleza de la demanda favorece la inclusión y el empoderamiento de las mujeres, disuelve diferencias políticas y unifica a las representantes de todos los partidos. Con 37.4% en la Cámara de Diputados y 32.8% en el Senado, las legisladoras hicieron la diferencia y promovieron la iniciativa mencionada. Un claro ejemplo de empoderamiento. Hizo bien el Presidente en sumarse y mandar un claro mensaje a los legisladores de su partido y a toda la nación, pero el mérito principal recae en las legisladoras, muy particularmente en la senadora Diva Gastélum, que preside la Comisión de Equidad y Género; en mi paisana Patricia Mercado, líder de la iniciativa Suma, que promueve la participación política de las mujeres; en Clara Scherer, de Suma y del colectivo Mujeres en Plural; en muchas dirigentes y ex dirigentes de institutos de la mujer estatales, en académicas y en una larga lista de hombres y mujeres convencidos de la bondad de la representación paritaria de hombres y mujeres.

Este círculo virtuoso de mujeres que llegan a los puestos de toma de decisiones, promueven cambios que a su vez llevan a más cambios que corrigen y mejoran a la sociedad, no hubiera sido posible si a la vez el principio de discriminación positiva, el concepto de género, el convencimiento de que una sociedad en la que cualquiera de los sexos esté discriminado y subrepresentado es una sociedad que reprime sus talentos, no hubiera permeado ampliamente en hombres y mujeres que ya están en los órganos de máxima representación. Así interpreto la firma presidencial en la ceremonia del 11 de octubre. Pero mucho de esto no se hubiera logrado sin el activo papel del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación y su histórico dictamen 126224 de noviembre de 2011, en el que hace prevalecer la importancia del cumplimiento de las cuotas de género en las candidaturas federales por sobre una interpretación que permitía que los partidos políticos no las cumplieran. Mucho le debemos a la magistrada del TEPJF, María del Carmen Alanís y a los demás magistrados y a las promoventes María de los Ángeles Moreno, Martha Tagle, Silvia Hernández, María Elena Chapa y otras colegas y amigas.

Una vez que se aprueben las modificaciones a favor de la paridad en el Cofipe, que entre otras obliga a los partidos políticos a tener igual número de candidatos hombres y mujeres, es decir, 50% para cada sexo, se generarán nuevos círculos virtuosos: los partidos políticos milagrosamente encontrarán mujeres candidatas ahí donde decían que no las había; utilizarán hasta agotarlo el fondo de 2% de sus prerrogativas para la capacitación política de las mujeres; tendrán que cumplir con la cuota de género en sus órganos internos y ello llevará a la formación de más mujeres dirigentes, etcétera. En el electorado será cada vez más natural votar por mujeres no sólo para los puestos en los que ellas son parte de un colectivo, como el Congreso, sino para la titularidad del Ejecutivo, como gubernaturas y, claro está, la Presidencia de la República. Los 60 años del voto de las mujeres, un gran aniversario, un gran logro. Nos vemos en Twitter: síganme así @ceciliasotog.

                *Analista política

                ceciliasoto@gmail.com

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