60 años sin burka

La “primera revolución social del siglo XX”, como clasifican tantos historiadores a la Revolución Mexicana, no reconocía un estatus ciudadano completo nada más y nada menos que a la mitad de su población. La acuciosa investigadora Gabriela Cano sugiere todo octubre ...

La “primera revolución social del siglo XX”, como clasifican tantos historiadores a la Revolución Mexicana, no reconocía un estatus ciudadano completo nada más y nada menos que a la mitad de su población. La acuciosa investigadora Gabriela Cano sugiere todo octubre para la celebración de esta efeméride, pues el 6 de octubre de 1953 el Congreso aprobó las reformas, el 13 de ese mes el presidente Adolfo Ruiz Cortines emitió el decreto y el 17 se publicó en el Diario Oficial. En su imprescindible artículo en Nexos de octubre, “Paradojas del Sufragio Femenino”, Cano termina con una conclusión inquietante: “La igualdad de derechos para las mujeres tuvo sobre todo un peso simbólico, pero cambió poco la vida de las mayorías femeninas del país”.

¿Pero puede ser el símbolo apenas un conjunto de letras en la Constitución, una etiqueta que se quita y se pone sin afectar al sujeto que le atañe? ¿O viene el “símbolo” a constituir parte de nuestro ser, a afectar profundamente el sentido de identidad, de nuestro quehacer, a formar parte de nuestro deber ser? ¿La burka que usan obligatoriamente muchas mujeres islámicas es apenas una vestimenta que se quitan y ponen sin dejar huella alguna? ¿O refuerza el carácter de personajes secundarios, casi invisibles, tuteladas por una autoridad masculina que tienen las mujeres en esas sociedades?

Pero se habla casi indistintamente de símbolo y poder simbólico porque el símbolo puede tener más fuerza que un ejército. El símbolo se encarna en quien lo adopta, influye en las respuestas íntimas sobre sí, da poder o lo quita. Las mujeres árabes que se quitan el velo en el momento en que salen del espacio aéreo de su país y ordenan un whisky a la sobrecargo, no sólo prescinden de un pedazo de tela, dejan con el pedazo de lienzo una forma de sometimiento y se beben con el whisky algo más que un símbolo, un pequeño gran acto de libertad y empoderamiento.

No poder votar en el México de antes de 1953 era equivalente a una especie de burka cívica, una en la que la mitad de la población en edad de votar o una ligera mayoría de 52%, no era precisamente invisible sino oscura. Y no era invisible porque su existencia se reconocía precisamente por temerle a su poder de influencia. En las diversas investigaciones sobre el voto femenino, entre las que destaco las de la propia Gabriela Cano y las de Enriqueta Tuñón, se mencionan numerosos debates, causas, avances, retrocesos, etcétera, pero sobresale una justificación para no darle el voto a las mujeres: la de tutelar a un conjunto de seres débiles e inmaduros, con proclividad a ser manipulado por la Iglesia y las fuerzas conservadoras. Casi podemos oír un “Por tu bien y el de la República”.

Por ejemplo, el argumento de que “la política es demasiado sucia como para que esos seres angelicales portadores del don divino de la maternidad se ensucien”, o aquel usado incluso por feministas de la época de que “la política nos resta energías que debemos usar para transformar áreas que sólo nosotros podemos ver, como la educación”, son todos argumentos hacia menores de edad cívica. O el cálculo político que hizo que el presidente Lázaro Cárdenas no publicara en 1938 en el Diario Oficial la reforma al artículo 34 constitucional que otorgaba el derecho a votar a las mujeres, porque pensaba que ello arriesgaba la elección de Manuel Ávila Camacho, habla también de que más allá de la retórica y de las buenas intenciones, posponer el derecho al voto a las mujeres era un asunto menor.

Hubo elecciones en la vida de mi madre y de mi abuela en las que no pudieron votar. Para mí es impensable no hacerlo como lo es, por ejemplo, usar la burka. El hecho de que para las generaciones actuales el derecho al voto no sea materia de debate porque han crecido amparadas por el principio de igualdad ante la ley es un cambio enorme. Es lo que permitió que Eufrosina Cruz desafiara los usos y costumbres de su comunidad indígena, se lanzara como candidata, retara la negativa de las autoridades de su pueblo a reconocer su triunfo y posteriormente llegara a diputada local, presidenta del Congreso de Oaxaca y diputada federal.

La vida de las mujeres en México es profundamente diferente a la de hace 60 años, pero lo es no en forma cataclísmica sino a través de logros acumulativos y graduales. Se trata sobre todo de cambios en la forma en cómo se conciben las mujeres, las herramientas que tienen a su disposición para hacer uso de oportunidades y desafiar barreras y muchas de estas herramientas las tienen gracias a mujeres que han llegado al Poder Legislativo, gracias al voto de la mujer.

También podemos aceptar que la vida de las mujeres no ha cambiado o mejorado lo suficiente a pesar de seis décadas de voto femenino. Pero tampoco lo ha hecho la vida de los hombres; contra éstos se alza ahora el ensañamiento de la violencia criminal. Pues la mayoría de víctimas y victimarios son hombres y hasta se comienzan a insinuar discriminaciones de género producto de medidas que se tomaron para beneficiar a las mujeres.

Los cambios que se han obtenido gracias al derecho al voto femenino reflejan también el estilo de la lucha sufragista en México y en la mayoría de los países pioneros en la lucha por el voto de la mujer: una batalla larga, paciente, acumulativa, con avances y retrocesos, búsquedas de alianzas, aprendizajes y retrocesos. De todo, menos violencia.

En los países pioneros del voto femenino, aquellos que iniciaron a finales del siglo XIX y principios del XX, como Australia, Nueva Zelanda, Finlandia y otros países nórdicos, ya empieza a ser común que las principales candidaturas sean protagonizadas por mujeres, así como lo “natural” ha sido que dos hombres contiendan y se enfrenten por la presidencia o la primer magistratura de su país. Ahora tendremos en Chile una contienda así, con dos candidatas presidenciales. El valor simbólico es enorme como lo es su poder transformador. Para las niñas y jóvenes el mensaje parece natural hoy día, pero es revolucionario comparado con el de hace 60 años: no hay campos vedados para ellas. Felicidades a todo y todas. Y para celebrarlo nos vemos en Twitter: @ceciliasotog

                *Analista política

                ceciliasotog@gmail.com

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