Reformas en educación: mi posición

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Carlos Ornelas 08/01/2014 01:29
Reformas en educación: mi posición

Tanto en la página de Excélsior, como en mi buzón, recibí mensajes de lectores en 2013; algunos se muestran desconcertados, otros molestos porque, arguyen, no encuentran una postura clara de mi parte respecto a las reformas en educación. Unos me juzgan porque no la critico con fuerza ni denuncio su carácter “privatizador”, piensan que soy un palero del Presidente. Otros me dicen que no valoro los esfuerzos del gobierno.

En efecto, no tengo una visión en blanco y negro. En mis análisis utilizo los tonos grises, aunque tal vez predomine el lado crítico, pero no por estar en contra de la reforma, sino porque el gobierno no procede con la profundidad requerida.

Aunque sea difícil resumir en unas líneas 25 años de investigación sobre el asunto, haré el intento. En la educación hay reformas profundas y de superficie. Las primeras afectan al sistema en su conjunto, modifican las reglas y las rutinas, también alteran en el plazo largo la cultura de los actores principales. Las segundas sólo causan modificaciones leves en esos mismos atributos, aunque algunas puedan ser importantes. Es temprano para juzgar si la reforma de Peña Nieto alcanzará cierta hondura; abogo porque sí lo haga, en una dirección democrática y equitativa.

Examino al sistema educativo mexicano con base en las pugnas políticas de larga data entre tres formas de gobernar la educación. El primero, el dominante, producto del régimen de la Revolución Mexicana, es el corporativo, que se fortaleció aún más en los 12 años del PAN. Los otros dos, al mismo tiempo que tratan de trasformar al dominante, luchan entre sí por la conducción de la metamorfosis: el programa neoliberal y el proyecto democrático y equitativo (PDE).

La alteración de las normas que rigen al sistema educativo mexicano, que promovió el gobierno de Peña Nieto y que el Congreso aprobó con ciertas enmiendas, apuntan a un cambio en las reglas del juego político. Si bien el SNTE y sus camarillas siguen siendo la fuerza política que gobierna en la educación básica, las reformas a la Constitución y a la Ley General de Educación, así como las leyes secundarias, le arrebatan el control de las plazas y sientan las bases para que los docentes se liberen de los controles sindicales. Ese es un paso en la dirección correcta, abona al PDE.

Esto explica la oposición de las camarillas del SNTE a la reforma. La CNTE se opone a todo con todo, en tanto que las que comanda Díaz de la Torre presionan por diferentes vías a los gobiernos y congresos estatales para que suavicen las consignas en las leyes locales. Ninguna camarilla quiere perder privilegios. Las embestidas del secretario Chuayffet contra los comisionados (claro, él usa el lenguaje de la transparencia) atenta contra esos fueros.

Mi crítica es porque los gobernantes no se atreven —tal vez ni siquiera lo hayan pensado— a desmantelar al aparato corporativo y sustituirlo por sindicatos libres. Parece que el ADN priista les dicta que por medio del SNTE podrán controlar a los maestros. Ese es un error estratégico. La permanencia del SNTE es un antídoto contra los cambios; si sobrevive el sindicato, la rectoría del Estado en la educación será como una ilusión.

También me parece que elevar el mérito como principio rector del ingreso y las promoción en el servicio profesional docente es un acierto. Aquí se cuela una rendija neoliberal, el énfasis en la evaluación estandarizada.

Las reformas tienen un cariz centralista innegable. La recentralización del pago a los docentes por el gobierno federal tiene dos vertientes. Primera, aliena a los gobernadores de las reformas (no tienen incentivos para apoyar al presidente Peña Nieto). Pero, en sentido contrario, le facilita a la SEP tomar el control de los recursos financieros, la fuente primigenia del poder, según Maquiavelo. Desde allí se podrá poner orden en las nóminas, limpiar el sistema de “comisionados” y dirigir los proceso de cambio.

El PDE contempla en sus puntos programáticos una transición de largo y corto plazos donde se instaure un centralismo democrático y desmantele la centralización burocrática. Pero el gobierno no lo hará solo. Requiere del apoyo (y de la presión) de los segmentos democráticos que aspiramos una educación mejor para el mayor número de mexicanos.

                *Académico de la Universidad Autónoma Metropolitana

                Carlos.Ornelas10@gmail.com

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