El aeropuerto y los debates absurdos
De ganar la Presidencia, López Obrador ha prometido cancelar el nuevo aeropuerto capitalino, el NAICM. Dice tener un plan mejor: transformar la base militar de Santa Lucía como segundo aeropuerto y seguir utilizando el actual. No es una bandera de campaña para mostrar cuán diferente es al PRI y al PAN. Está convencido sobre la conveniencia de parar la obra y transferir los contratos existentes para la construcción del aeropuerto en Santa Lucía
La politización de una obra tan avanzada es reflejo de nuestra incapacidad para pensar a largo plazo. Es difícil hacer obras de infraestructura grandes y pertinentes. Éstas generan actividad económica mientras se construyen y aumentan el potencial de crecimiento.
En nuestro país, la restricción central para tener más inversión pública en infraestructura no ha sido recientemente la falta de dinero. Las obras pertinentes se pagan solas, como es el caso del NAICM, el cual será costeado fundamentalmente por quienes lo usan.
Con las bajas tasas de interés de los últimos diez años no hubiera sido complicado obtener créditos para buenos proyectos, hasta los malos los obtuvieron. Lo increíble es no haber aprovechado esa década para hacer un programa de infraestructura de largo plazo guiado por criterios técnicos.
Varias razones explican la poca obra pública pertinente. La primera, al gobernante le gusta tomarse la foto al inaugurar lo que construye. Las obras importantes no se pueden terminar bien en seis años, basta recordar la Línea 12 del Metro, relevante para la zona oriente de la ciudad, pero que, por las prisas, quedó disfuncional.
Una excepción es el NAICM. No será inaugurado por Peña Nieto, aunque alguna ceremonia hará en los siguientes meses en medio de la construcción. Le tocaría hacerlo a López Obrador, si no lo deja sin terminar, como un monumento a la estupidez y a la politización absurda.
En contraste, hacer un museo, como el Internacional del Barroco en Puebla, es fácil. Puede ser un buen museo (el edificio lo es, la colección es bastante pobre), pero nunca se pagará con los ingresos que genera. Sirve para lucir al gobernador en una ceremonia. Muchas de las obras que se inauguran con bombo y platillos luego se abandonan. Las decenas de hospitales públicos en esa situación son una desgracia para los mexicanos sin acceso a la salud.
Las grandes obras de infraestructura son complicadas porque requieren derechos de vías, grandes extensiones de tierra e impactan mucho su entorno. Los afectados suelen tener más capacidad de pataleo que los futuros usuarios, quienes no saben de sus potenciales beneficios. Si el presidente Fox hubiera manejado bien las cuestiones políticas vinculadas a la construcción del aeropuerto en San Salvador Atenco, hoy estaría funcionando. Unos campesinos, comprensiblemente enojados por una compensación baja a las tierras que se les pretendía expropiar, se lo frenaron. Ese aeropuerto estaría hoy generando cientos de miles de empleos para la ciudad y el viejo aeropuerto podría haber generado un entorno urbano mejor en la zona. López Obrador ayudó a entorpecerlo.
Lo segundo es que, cuando finalmente se logra arrancar una obra importante, siempre hay la sospecha de que se hizo por algún interés económico. El tren México-Toluca, atrasado en su construcción que, para ser exactos, debería ser México-Zinacantepec, dado que un buen segmento del tren va por una zona poco poblada para terminar en Zinacantepec, no tiene sentido económico alguno, salvo si el Presidente es originario de Toluca o se han comprado tierras por Zinacantepec. Ni al aeropuerto de Toluca conectaron con esta obra absurda.
La mala planeación y los intereses económicos de más de un funcionario relacionado incrementan los costos de la obra o se hace de mala calidad. Estas sospechas llevan al tercer problema. Un nuevo gobierno con frecuencia cuestiona la obra heredada y la suspende.
El nuevo presidente deberá revisar los contratos asignados y castigar cualquier indicio de corrupción en el NAICM. Sin embargo, discutir hoy dónde hacer el aeropuerto es absurdo. Tres administraciones lo han analizado y concluido que Texcoco es la mejor opción. El nuevo gobierno no sólo debería de terminar el NAICM, sino hacer todas las obras viales, hidráulicas y de mitigación social que éste requiere. Es una obra cara, pero lo es más no hacerla y no tener tráfico de gente y mercancía que generan riqueza en la capital y sus alrededores. Para financiar el NAICM se han emitido bonos que se pagan con los derechos de uso del aeropuerto actual y del futuro cuando se inaugure. Si se cancelara, el compromiso financiero se mantendría, atando esos pagos sin tener la obra.
Uno de los rasgos de casi todos los gobiernos de América Latina (Chile es le excepción), independientemente de si siguen políticas económicas liberales o estatistas, es el rezago en infraestructura. Sus disfuncionales arreglos políticos y altos niveles de corrupción, no la falta de acceso al financiamiento, explican este freno al desarrollo.
