¿Qué sabe hacer el Estado mexicano?

Depende a quién se le pregunte. A la élite política le proporciona muchas cosas. Le paga generosamente sus gastos para poder competir electoralmente. Organiza elecciones y como hoy gana el que más votos obtiene, ya no hay que arriesgar la vida para asegurar que no se roban las urnas, aunque lo sucedido en el Estado de México muestra que este logro se está degradando.

También abastece al político afortunado, de todo tipo de privilegios, desde chofer, asistentes y guaruras, hasta avión privado. En muchos países los jefes de Estado vuelan en avión comercial, mientras que en México casi todos los gobernadores tienen su propio avión. Los altos funcionarios públicos no tienen que ir al ISSSTE, eso es para la raza. Ellos tienen seguro médico privado.

El Estado también sabe pagar puntualmente las pensiones, y las más generosas son de quienes trabajaron en el gobierno y consumen la mayor tajada de este gasto. Hace también todo tipo de transferencias a quienes están en sus padrones de beneficiarios.

El Estado mexicano ha mejorado en el cobro de impuestos, aunque no detectó los desvíos millonarios en favor de exgobernadores como Javier Duarte o Roberto Borge, los cuales tuvieron seguramente un trato VIP a la hora de abrir la infinidad de empresas fantasma con las que ordeñaron el presupuesto de sus estados. En general, es un Estado bueno para perdonar a los “amigos leales”. Ha sido un Estado eficaz para transferir riqueza a empresarios amigos o a los propios gobernantes.

El ciudadano común y corriente no recibe del Estado gran cosa. Más allá de tener un Estado que emite billetes y monedas de una forma responsable y hace ciertas tareas como emitir pasaportes o credenciales de elector, no garantiza lo más básico, como la seguridad pública. En amplias zonas del país manda el crimen, con la colusión de las policías o con el silencio cómplice de éstas. Ni en un territorio delimitado como es una prisión logra el Estado hacer que sus reglas se cumplan.

Es un Estado incompetente para proveer servicios públicos decentes y suficientes, como salud y educación. El transporte público es malo, el usuario va apretado, el tiempo de desplazamiento es largo y, para colmo, es inseguro.

Los privilegiados no solemos aquilatar las implicaciones de esto: los millones de vidas que se desarrollan muy por debajo de su potencial por no haber tenido una buena educación o por haber sufrido un problema médico mal atendido. Yo tuve el privilegio de ir a escuela privada hasta la preparatoria. Hice la carrera en una institución pública de élite, El Colegio de México, gracias al subsidio de todos los mexicanos. Si no hubiera tenido acceso a la salud privada, es muy probable que hoy sufriría serios problemas de movilidad, dada una poco común enfermedad que tuve a los 18 años, pero que fue bien atendida por un médico privado. Si para mi desarrollo hubiera dependido de los servicios públicos, no estaría escribiendo este artículo.

El Estado mexicano es tan incompetente que no puede proveer cosas elementales, como mantener las calles ni el mobiliario urbano en buenas condiciones. No logra ni pavimentar vías primarias como el Periférico. Hace poco estuve en Canadá, es tan parejo el pavimento que para un mexicano como yo al transitar la sensación es de ir levitando.

Ciertamente el Estado mexicano no puede hacer plantas industriales ni líneas de trenes, basta ver el retraso del tren de pasajeros de México-Toluca. Si una planta industrial en manos del gobierno no opera bien, o no vende su producto, o lo tiene que ofrecer por debajo de su costo, perderá durante su operación el dinero de todos los mexicanos.

Tampoco es bueno para construir segundos pisos, aunque en estos casos no hay pérdida operativa que tengamos que subsidiar. En el caso del tramo inicial del segundo piso del Periférico, no tenemos idea de cuánto se pagó por esa obra, es información “reservada”. En todo caso, su costo lo pagamos los contribuyentes y su mala calidad se distribuye entre todos los usuarios, aunque para éstos es mejor usarlo que no, dado que el primer piso de esa vialidad suele estar en peores condiciones.

No puede hacer bien lo básico, pero es ambicioso en sus objetivos. Cada vez promete que va a hacer nuevas tareas, como compensar a las víctimas de la violencia o a los familiares de un asesinado. Otros Estados no lo hacen, mejor evitan tener víctimas.

José Woldenberg escribía hace algunos meses que es falso que el dilema sea entre liberalismos y populismos antiglobalización. Nos recuerda que también existe el proyecto socialdemócrata. Tiene razón. Para ello se necesita un Estado fuerte y competente. Mucho más incluso que el liberal, por definición con tareas más limitadas. La izquierda en México nunca ha querido enfrentar lo que implica tener un Estado competente, como limitar los derechos de los trabajadores al servicio del Estado. El populismo parece la salida fácil y rápida. Se arregla todo eligiendo al líder que dice entender las pulsiones del pueblo.

Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey

Twitter: @carloselizondom

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